Archivo de la Categoría 'El Antifaz'Pag 2 de 9

Cierra cortinas

Dicen de los viejos de Cádiz que tienen más secretos que las cortinas del Falla. Mientras se apaga la luz y la garganta, la cortina pesa como si fuera una piedra de once meses. Baja despacio como el trío de los pasodobles bien cantaos, y definitiva como acaban los letristas que siempre se recuerdan. No te das cuenta pero te estás abrazando a ti mismo cada vez que abrazas a uno de los tuyos. El trabajo está hecho. La gente está repleta (aunque nunca llena) de nuevas canciones de carnaval. Hay un instante en que no se oye nada, en que no piensas nada. Debe ser la magia o la visita del Dios Momo que se le adelantó el reloj o se le cayó la ceniza. Después… ya sabéis todos lo que viene después. El carnaval de verdad empieza. La calle es la casa. La calle es el teatro. La calle es el público. La calle es todo. El pueblo, ese montón de gente a los que algunos les molestan sus modales pueblerinos, es el dueño de la fiesta. Y el comparsista – cada vez menos – y el chirigotero son unos privilegiados por poner en la voz del pueblo el son de sus coplas. La gente se empuja por ver las agrupaciones. Hay más ruido que en la final de una eurocopa. Lo que vimos por la tele, o lo que fuimos a ver al Falla, ahora lo tenemos delante de nuestros ojos, disfraz con disfraz. Y todo porque se cerró la cortina.

Cerrar la cortina es el principio y el fin del carnaval. La sentencia del concurso y el chupinazo para la Viña. Estamos a tu merced, cortina. Si me tapas los ojos me voy a la calle, donde no hay cortinas. Y ahí te quedas tú esperando a ver quien viene el próximo año. Masticando secretos que a nadie cuentas sobre un cambio en el repertorio, un arreglo en la puntuación, un fracaso, una decepción, un error, y hasta esos sueños que se tienen cuando estás bajando mientras nadie dice nada por ninguno de los dos lados de la cortina. Eres aliada indecisa del tiempo, emborrachas casi como el vino. Provocas recuerdos del pasado, emociones presentes, falsos futuros sólo imaginados. La semana pasada eras hermana bastarda de la justicia, La semana que viene ya nadie pensará en ti. Nos vamos a la calle. Cierra cortinas.

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José Castillo.

Abre cortinas

Dicen de los viejos de Cádiz que saben más pasodobles que las cortinas del Falla. Como si una letra fuera, están teñidas de la sangre de los que hacen del miedo de sus tripas una armadura para subir a las tablas a cantar lo que sienten, pero sin cantar lo que pasa antes de abrir las cortinas. Ahora entiendo que la fuerza del latido empieza en el forillo y acaba en las cortinas. Hay un instante en el que pasa por la cabeza todo el año, todo lo que se gana, todo lo que se pierde, de lo que te arrepientes, de lo que te sientes satisfecho, lo que has castigado la garganta que te puede costar un premio, todo lo que se quiere y se escribe, todo lo que se odia y no se puede escribir; es el instante en que se empiezan a abrir las cortinas. El ateo reza, el nervioso se paraliza, carraspean las voces, vibra la caja, con una mano haces temblar las cuerdas y con la otra le tapas la boca, la memoria se hace la sorda, sin querer adelantas con la imaginación el futuro, al menos 20 minutos. El aplauso inicial no se oye, se oirá el triunfo del aplauso final. Todo está perfecto, justo de una manera distinta a como lo habías imaginado. Nadie se calla, alguien da órdenes a destiempo. Abre las cortinas.

Sabes que mientras suben te vas quitando el antifaz aunque no se te vea la cara. No te estorban las cuerdas que estorban, no aprecias los detalles de la tramoya, no se calla el gaditano porque habla la voz de Cádiz. La cortina es hermana bastarda de la justicia, antes de subir trata a todos igual, y después les deja ante el pueblo sin fiscal ni leyes. La cortina no aguanta el peso de cinco meses de ensayos, ni se acobarda porque estés sudando en medio del invierno. La cortina bebe agua justo antes de encender los focos, y es indiferente a tus dedicatorias porque sabe que a ella no le dedicas ni un reglón de tus miedos, ni un verso de tu coraje, ni un piropo, ni un reproche. La cortina te enseña donde te has subido por un agujero y luego levanta el horizonte hasta el cielo y te mareas, y se te seca la boca, y se cuelgan las coplas de los flecos de la cortina. La cortina es tan importante que a veces le llaman telón. Sin cortina no hay magia. Con cortina no hay química ni ‘oles’, Sin cortina no hay sorpresa. Con cortina no hay miedo. Sin cortina no hay latidos. Con cortina no hay carnaval, ni unión, ni regalo, ni fracaso, ni ganas de mejorar, ni orgullo del gallinero, ni aire fresco de la bahía, ni amor por ti, ni punteo, ni flamenco desgarrao, ni metáforas en las conchas de cal, ni pobreza en las conchas de la playa, ni sueños, ni ganas de soñar, ni risas, ni ganas de reír, ni la piel echa astillas; por no haber no hay ni comparsa. Con cortinas no hay carnaval. Abre cortinas.

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José Castillo.

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Tierra de todos

Peña de MartosEl carnaval depende de la gente que lo hace, y la gente depende de sí misma; echar la culpa de ser como eres a la tierra donde has nacido es un error enorme. Otra cosa es apoyarse en la tierra para escribir con sangre mil letras al año. Y de ahí nace el malentendido integrismo gaditano. No es integrismo, es defensa. No es aire de superioridad, es poner la justicia en la boca, ya que no llega al estómago. Por eso escupen coplas al político, al cura, al banquero, al empresario, al periodista vendido, al sevillano, al nuevo rico y a todos los que no les dejan ni lamer la bandeja de la tarta. Pero también se dejan la garganta en la brisa caletera, en Lola la piconera, en pasodobles quimeras, en la morada bandera, en el agua oxigenada chirigotera, en los pasodobles que dicen “quisiera…”, en derribar las fronteras. No es integrismo. Si lo fuera nadie hubiera dicho que el gaditano nace donde le da gana.

En mi tierra, que es más exclusiva y más chica que la mentalidad de los cofrades, hay una peña que además de ser montaña es sombra, escondite de la luna, abanico que refresca el aire, balcón y torre, gafas de sol, horizonte, imán de la niebla mañanera, espejo del atardecer, cueva de besos a escondidas, empedrado de poemas, pan duro para los alcaldes embusteros, perfume de paseos en el recuerdo, madrina en todos los bautizos, cuadro en las paredes de los pisos baratos de Getafe, faro de caminantes perdidos, imaginaria sin televisor, alfombra de las estrellas, testigo de todos los secretos que no pueden vocear las lenguas sueltas, enciclopedia de historia y capítulos de sangre, carrete de fotos en blanco y negro, falda de lunares verdes, de rayas grises, de cuadros amarillos, de puntos blancos, de más colores que estados de ánimo; por poner un ejemplo. Y pensar que desde Juan Torres nadie mueve una guitarra por la peña, me da un poco de… yo qué sé de qué (debe haber alguna, pero deja la cuenta en el “debe”). Será que aquí el integrismo lo dejamos para el mes de Abril.

Si alguna vez canto a mi pueblo dejaré atrás la bandera y los olivos sudorosos, la cal de las paredes y los geranios de labios rojos, incluso dejaré de reírme para que os riáis vosotros, pero no dejaré a la peña atrás. Mi tierra empieza ahí, aunque le sobre el posesivo. Si alguna vez canto a mi pueblo no lo haré como marteño, porque no me da la gana. Yo he nacido donde a mi madre le vinieron los dolores, pero el sentimiento es otra cosa, y las coplas, y la gente. Preguntad en Cádiz si queréis saber lo que es un piropo sin fronteras.

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José Castillo.

Luna llena

Si no hubiera luna de qué sería la tacita. La luna evoca y provoca, enreda y desordena, pinta de color de luna, piensa para ti, alimenta los sueños, hace de la marea un espejo, juega con las olas a difuminarse, juega con los olivos a esconderse, la luna no es la letra de mil coplas, ella sola es una copla, escúchala; una mujer de mentira, un anhelo de verdad, un desvelo menos, una gaditana más.

Si no hubiera luna no habría insinuación suficiente para que la chirigota “Los hijos del Lama” hubieran escrito aquel pasodoble que hoy recuerdo, habría faltado una cuarteta en el popurrí de los Calabaza, y si quieres ser feliz, dónde te vienes conmigo, dónde Antonio Martín, rumbea con el paraíso.

Si no hubiera luna habría coplas preciosas a la caleta, pero quién me alumbra entonces después que al atardecer se ahoga el sol al final de mi paisaje. Si no hubiera luna la mujer de Cádiz tendría la lluvia de pasodobles que ahora tiene, el trono de diosa, el palco de ninfa, el pensamiento a solas puesto en el ensayo, el tango en las manos, el beso en la boca, el barrio en el bolso; pero con qué te comparo, hasta dónde te elevo niña, si no hubiera luna.

Si no hubiera luna quién te saldría al encuentro en las madrugadas de farolas pobres de Sagasta; quién te aplaudiría cuando subes al tablao de la luna de febrero en San Francisco. Si no hubiera luna no habría un tipo de lunático, ni letras que se dejan arrasar por la locura, ni el levante nos ataría las manos, ni el poniente se pondría a enamorarnos de la luna, y la pesca nocturna sería un canto a la oscuridad, y se me olvidarían los besos que te di aprovechando la penumbra de la luna, y tus ojos no brillarían los reflejos de un te quiero.

Si no hubiera luna, no menguaría lo que estás leyendo, ni crecería lo que estoy escribiendo. Quién va a estar más llena de coplas que la luna llena. Quien empieza cada año el carnaval si no es la luna nueva. Quién me une a Cádiz. Quién me ata. Quién me da la vida mientras me mata. Si no hubiera luna, Cádiz sería la tacita, pero no de plata.

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José Castillo.

Héroes

Los héroes son esos personajes que visten de una manera particular que les hace parecer hijos de dioses; una camiseta del ‘mercaillo’ en su heroico cuerpo luce como la armadura del Cid, y nos distancia su mirada, nos paraliza su carcajada, su presencia nos acelera el corazón, el recuerdo de su nombre nos hace mirarnos en el espejo como si fuéramos más parecidos a ellos. En carnaval, un héroe es otra cosa. Es alguien tan cercano que sonríe detrás de las cámaras de fotos, que canta con los zapatos sucios de construir escenarios a la altura de un adoquín, que se emociona más cuando menos lo prepara, que no se cubre con antifaz, que sus armas son coloretes, que se equivoca con la naturalidad con la que te equivocas tú, que canta cuplés mientras se enfría la cerveza y pasodobles mientras se calienta el corazón.

La primavera estuvo tardía, casi burlona, más llorona que florera, pero siempre coplera. Estuvo escondida como si llevara la intención de alargar el pasado Febrero y que Marzo se durmiera, y que Abril pasara descalzo y que Mayo explotara tormentas de coplas aquella noche en Torredonjimeno, y que Junio nos recordara, y que Julio nos inspirara, y que Agosto nos ahogara en la distancia, y que Septiembre nos envenenara, y que Octubre nos invitara, y que Noviembre se muera oscuro, y que Diciembre pase rápido mientras escriben los héroes, y que Enero nos emborrache para el siguiente Febrero. Qué intenciones le damos a las coplas que ni la primavera nos sirve para enamorarnos a los que ya veníamos con la sangre tintada de las letras de un libreto.

No sé qué puede hacer un héroe del carnaval en primavera excepto subirse a un escenario con la humildad de un mendigo y la elegancia de un noble a cantar la sencillez de las cosas que nos pasan, y a demostrar que no es tanto tiempo un año de coplas cuando llevas cuarenta inventando adornos para la misma plaza, para el mismo pueblo, para la misma playa. Así es un héroe, un integrista que no excluye a nadie, un enamorado que aliña con pasión las coplas, un loco que dice lo que piensa, que siente lo que dice, que escribe con el hambre de sus tripas.

Y como siempre hay una letra de carnaval que habla por ti, cantaba Antonio Martín: “… Carnaval que me haces reír, que me haces llorar, que me haces sentir. No tengo fuerzas para abandonarte, y aunque pesan los años al cantarte, tras la máscara hoy vuelvo a ti…”. Cantaba Antonio Martín, cantaba mi héroe antes de que yo pudiera saber que lo era. Aquí está mi antifaz, ‘pa ti ‘pa siempre.

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José Castillo.

Difícil

LaberintoDifícil escribir cuando no sabes qué decir. Difícil si es la mente la que blanquea el papel. Difícil si ningún capitán te envenena, si ninguna procesión te inspira, si el viento no arrastra papelillos. Difícil escribir en esta época de pasodobles sin letra.

La primavera es un estallido de colores, de amores, y un invierno para el carnaval. Es la miel que suaviza las voces altas. Es el letargo donde reposan los sueños hechos realidad. Es el alcanfor de los tipos, y entre alcanfores es difícil oler a Febrero; más bien a conserva.

Difícil hablar de libertades cuando la anorexia devora la alegría y nos alimenta de monotonía. Nos queda rumiar coplas mirando las maratones de CD’s, enmarcar las fotos de este año y colgarlas en el pasillo interminable de nuestras ganas, casi diría yo, deseo. Difícil decir nada desde que Doña Cuaresma abusa de un pito de caña superlativo en la terraza de la iglesia. Difícil desde que el incienso inunda el aire que olía a tres por cuatro.

Difícil como enhebrar un popurrí de 8 minutos, como llevar 8 pasodobles buenos, como esperar 8 meses los ensayos, como hacer gracia en los cuplés 8 veces, como imitar un octavilla, como encontrar 8 que canten, como poner 8 notas a una escala, como contar el lunes de carnaval para el octavo día de la semana, como querer que la plaza de las flores sea la octava maravilla del mundo, como tumbar el 8 y que parezca infinita tu vuelta. Es difícil pero aquí seguimos.

Aquí está mi menda lerenda, un rey sin corona aclarando lo difícil, atado de manos y antifaz. Ahora si es de verdad:


Soy un caletero sin playa
Una garganta sin canto,
Un gaditano sin muralla,
Un tango sin batea,
Y una batea sin tango.
El luto de los canallas,
La llave del teatro Falla.

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José Castillo.