De nuevo cruzamos el puente con su paisaje incomprensible y falsamente industrial, después de un viaje en el que el cielo no abrió su boca azul hasta que no pasamos Jerez. El sol estaba de chirigota con nosotros porque se nos ocultó detrás de las nubes dejando ciegas las cámaras de fotos antes de acostarse en la Caleta. Pescao frito, café, siesta, ducha y ganas de chinchimpun. Llegamos a los alrededores del teatro como sabuesos del carnaval, olisqueando los preparativos del concurso, algún pasacalles prematuro, como mariscando algún tipo entre las piedras de la plaza. Encontramos a un novato, que llegó allí desde Jaén como nosotros, al que conocimos sin saber quien era porque tenía la boca más abierta que las luces de sus ojos, y en el corazón se oía un bombo de carnaval. Tenía una entrada en el bolsillo que decía: “Gran Teatro Falla. Donde la mitad de tus sueños se hacen realidad.” Nos dimos la mano y algo me dijo que volveríamos a vernos. Quizá Momo.
Nervios en la puerta de entrada, como de bulla viñera en las cercanías de un tablao el Domingo de Carnaval. Acomodo en la silla. Palmas al compás. Cuando empiezas a creerte que la fantasía y la realidad pasean de la mano en Cádiz, sale un coro a pie e interpreta una función a la que llamaron “El maravilloso mundo de Cadilandia”. Empezó con ellos el viaje, en cuento, el imposible en la garganta, la metáfora, la pena muerta, el paro epidémico, la enorme sensación de decir lo que se siente; no, rectifico: Yo, por ejemplo, tengo la enorme sensación de decir lo que siento, ellos tienen la suerte de cantarlo. Después de alguna chirigota el billete que tenemos nos lleva a África con la comparsa de Tino Tovar; quien sabe si la abuela de Obama está viendo Onda Cádiz. No sabría decir si las letras de los pasodobles son plumas con forma de cuchillo o cuchillos con forma de plumas, pero acarician y se clavan; las dos cosas.
En el descanso subimos a la barra a tomar algo y allí encontramos algunos personajes del carnaval de Cádiz, interpretando su propio personaje, y nos llenó de salud la envidia, no al contrario. Luego explotó la comparsa de Antonio Martín, con su elegancia, con su tipismo, con sus sentencias, que enterró en arena de la playa al resto de las voces del concurso. La verdad, ninguno me levantó de la silla, pero no dejé de flotar en ningún momento.
Al acabar la función, Cádiz se duerme bajo la lluvia de plata que la hacer ser más tacita y más brillante. Todo está preparado para descansar; el faro vigila el sueño de las mojarras, las plazas acunan a las palomas, los patios vecinos atrancan la puerta por dentro; todo el mundo a dormir, a soñar con Cádiz dentro de Cádiz. Otro milagro. Al día siguiente cruzaremos el puente otra vez buscando un paisaje de olivos donde las emociones beben de otra botella menos salada. Jaén no te enfades porque quiera a otra, que si hay amores que matan, hay otros que solamente enamoran.
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José Castillo.
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