Noche de frío; la última del año del pasado carnaval. La que abre la puerta del siguiente Febrero, que siempre es el segundo mes pero este año es el primero. El niño me dijo que sí, que venía conmigo a ver el ensayo, que le gustaba “el Selu”. Y entre luces de navidad, llegamos a una nave entre naves para ver el ensayo de la comparsa entre olivares. Y entre copla y copla se iban estampando las letras en las paredes de aquella habitación que no tenía más estufa que dos guitarras. De tapeo se tomaron un plato de vamos a controlar la garganta, un poco de venga niños que esto es nuestro, hay que mejorar, y una última ración de dónde está fulanito. Cantaron la presentación a dos micrófonos que llegaron antes que yo y que seguramente se aficionaron al carnaval después de aquello. Algunas correcciones, exigencias del guión que impone buscar la perfección, aunque la perfección no es la meta, sino el camino; quedan más recuerdos de cómo se ha hecho algo que de lo que resulta al final.
Luego de algún chiste efervescente, repaso de pasodobles. Fui un afortunado por tener mis oídos en ese sitio y en ese momento porque hubo uno de ellos que me puso alas (no sé si blancas o negras) y me hizo pensar en lo interminable de un piropo, en que no hay límite por arriba para escribir, que de verdad la batalla es eterna, incluso para mí o para quien quiera heredarme.
Yo miraba al niño, escondido detrás de la mesa. El niño me miraba a mí y sonreía. Me escondí con él para hacerles creer que no había más público que una chimenea apagada. Se les reconoce el estilo; ya está marcado desde las primeras notas, desde los primeros golpes de garganta. Son ellos. Lo mismo que Manolito Santander es único. Ajustaban o intentaban ajustar el número – eso es exactamente un ensayo – para tratar el más difícil todavía. Nos salimos justo después de la última copla, y ya iba yo masticando el artículo éste, mientras el niño se fue sonriendo y recordando su chirigota favorita y el nombre de una comparsa en la prehistoria de su vida a Juanfer. Nos subimos al coche y yo tarareaba algo que me quedó revoloteando en el antifaz; y el niño me dice: pon calabaza muñeco tonto. Y yo: comandante de los harapos. Porque sino le contesto puede pensar que su padre no es capaz de aprender las cosas que me enseña.
http://elantifazz.blogspot.com
José Castillo.






Comentarios Recientes