El carnaval depende de la gente que lo hace, y la gente depende de sí misma; echar la culpa de ser como eres a la tierra donde has nacido es un error enorme. Otra cosa es apoyarse en la tierra para escribir con sangre mil letras al año. Y de ahí nace el malentendido integrismo gaditano. No es integrismo, es defensa. No es aire de superioridad, es poner la justicia en la boca, ya que no llega al estómago. Por eso escupen coplas al político, al cura, al banquero, al empresario, al periodista vendido, al sevillano, al nuevo rico y a todos los que no les dejan ni lamer la bandeja de la tarta. Pero también se dejan la garganta en la brisa caletera, en Lola la piconera, en pasodobles quimeras, en la morada bandera, en el agua oxigenada chirigotera, en los pasodobles que dicen “quisiera…”, en derribar las fronteras. No es integrismo. Si lo fuera nadie hubiera dicho que el gaditano nace donde le da gana.
En mi tierra, que es más exclusiva y más chica que la mentalidad de los cofrades, hay una peña que además de ser montaña es sombra, escondite de la luna, abanico que refresca el aire, balcón y torre, gafas de sol, horizonte, imán de la niebla mañanera, espejo del atardecer, cueva de besos a escondidas, empedrado de poemas, pan duro para los alcaldes embusteros, perfume de paseos en el recuerdo, madrina en todos los bautizos, cuadro en las paredes de los pisos baratos de Getafe, faro de caminantes perdidos, imaginaria sin televisor, alfombra de las estrellas, testigo de todos los secretos que no pueden vocear las lenguas sueltas, enciclopedia de historia y capítulos de sangre, carrete de fotos en blanco y negro, falda de lunares verdes, de rayas grises, de cuadros amarillos, de puntos blancos, de más colores que estados de ánimo; por poner un ejemplo. Y pensar que desde Juan Torres nadie mueve una guitarra por la peña, me da un poco de… yo qué sé de qué (debe haber alguna, pero deja la cuenta en el “debe”). Será que aquí el integrismo lo dejamos para el mes de Abril.
Si alguna vez canto a mi pueblo dejaré atrás la bandera y los olivos sudorosos, la cal de las paredes y los geranios de labios rojos, incluso dejaré de reírme para que os riáis vosotros, pero no dejaré a la peña atrás. Mi tierra empieza ahí, aunque le sobre el posesivo. Si alguna vez canto a mi pueblo no lo haré como marteño, porque no me da la gana. Yo he nacido donde a mi madre le vinieron los dolores, pero el sentimiento es otra cosa, y las coplas, y la gente. Preguntad en Cádiz si queréis saber lo que es un piropo sin fronteras.
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José Castillo.
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