Archivos del Mes para abril, 2009Pag 2 de 2

Yo parí a Juan Carlos Aragón (XVII)

Y SEGUÍ HACIENDO EL PARIA

‘Los parias’. Después del resultado en escena entiendo que a mucha gente ‘Los parias’ le entrara por los oídos pero no por los ojos. No me vi con argumentos para pedir más que aquel 4º premio.

Tras la represión de El Golfo -represión consentida por mi falta de calzones, conste-, me poseían unas tremendas ganas de liberarme y de liberar todas las inquietudes y adrenalinas acalladas. Y, de pronto, fui poseído por el espíritu del Ché y su pasión por redimir a la humanidad, pero no por la vía cristiana, sino por la civil, por la marxista, por la que apuesta por la violencia como palanca definitiva para una revolución que cristalice en la transformación definitiva de la sociedad. Por eso me metí en la piel del estamento más bajo del extrarradio social, el del paria, el del que no le teme ni a Dios ni al Diablo, porque nada tiene y, por tanto, nada tiene que perder.

Algunos aficionados o así, han apedillado a este tipo de comparsa como comparsa oscura. Y yo no estoy de acuerdo con esa calificación, pero tengo que admitirla, porque cuando vi la puesta en escena… ¡Joder! Aquello no tenía nada que ver con lo que yo había preconcebido. Yo diseñé sin diseño gráfico -porque no sé hacer la O con un canuto- un paria mucho más apátrida y atemporal, más sucio y desmelenao, más violento y callejero. Y al final, me encontré con un forillo de fondo que era una pobre reproducción de la carátula de la película ‘El Pianista’, y con 15 tíos vestíos como si fueran una especie de monjes ambulantes del siglo XIII. El atún y el betún tienen más que ver que el tipo de ‘Los Parias’ con el repertorio que iban cantando.

Si los artesanos del carnaval fueran gente altruista entregada a esta noble causa, probablemente callaría esto que estoy diciendo. Pero si se trata de gente que te cobra un millón de pesetas por un churro mal copiado que te entregan el último día y que distorsiona el sentido de tu obra, entonces, primo, no tengo más remedio que sacar de la memoria lo que la propia memoria me dicta, tal cual. Y lo peor es que la mayoría están cortados por el mismo patrón. El día que esta gente cobre en función del resultado de su trabajo y de su diligencia a la hora de la entrega de los tipos, entonces puede que su institución cambie sustancialmente o se hunda. Y es que, manda huevos, que después de todo un curro de cuatro meses y 120 noches de ensayo, es raro el año que no te quedas con las carnes abiertas esperando que el artesano de turno te dé el tipo el mismo día del debut -sin opciones ya para rectificar nada, te guste o no-, y te plantes en las tablas del Falla sin saber qué coño llevas detrás.

A más de uno ya lo he escuchado justificándose así: “Qué quiere, cohone, que llevo 40 agrupasione, picha”. Si yo llevara 40 repertorios cada año, dudo que entregara alguno a tiempo y sin fisuras. Ahora, los 40 millones que me iba a llevar por los 40 repertorios me iban a sacar de pobre, seguro. Después, que dijeran lo que fuera que, como se dice en el chiste del operao de cirugía, me iba a entrar por un huevo y me iba a salir por el otro. Y, si por ese motivo, perdiese algún cliente, me daría igual: seguro que en cola hay 40 pringaos más.

Y el caso es que, después del resultado en escena, entiendo que, a mucha gente, ‘Los Parias’ le entrara por los oídos, pero no por los ojos. Y por eso no me vi con argumentos para pedir más que aquel cuarto premio cagao que nos dio el jurado de aquel año.

A mí, lo del cuarto premio no me supuso ningún trauma. Pero a muchos jóvenes del grupo, sí. La mayoría de esos chavales habían entrado en esta comparsa con la seguridad, si no un año el siguiente, conseguirían el sueño de un gran premio; y llevábamos ya tres años seguidos sin ese premio, con lo cual, algunos de ellos empezaron a desesperarse, a aburrirse, a desilusionarse y a desconfiar. No sólo querían cantar repertorios brillantes y trascendentes (máxime, cuando más de uno no sabía ni lo que estaba cantando). Querían los premios de la Academia. Y ese deseo es muy legítimo. Por eso, desde Semana Santa hubo gente a la que se le fue yendo un poquito la olla y, con excusas novelescas, fue pasándose a comparsas de la competencia con las que creían que iban a conseguir los premios que aquí no estaban consiguiendo… El Tato, El Pellejo… hasta el postulante y tó. Se equivocaron, pero vaya, su decisión era comprensible.

Lo peor fue que a mi gran amigo y director, Javier Bohórquez, por un motivo similar, también fue empezando a írsele la pinza. Se puso a echar gente y a fichar por detrás antes de que se enteraran los afectados. Se puede imaginar, mi querido lector, las pajarracas que se formaron y las desbandadas que se iban liando por fin de semana. Hasta tal punto que, en una de las últimas actuaciones, la comparsa se coló con nueve tíos, con la consiguiente decepción del público y la puesta en cuestión de mi propio nombre -que no me había metido aún en nada-. Y viendo que mi nave iba inexorablemente a la deriva, no tuve más remedio que retomar personalmente el timón y asumir la decisión más dura y dolorosa de mis 21 años de carnaval. Imagínate. Llamé a Javi y le dije que, por favor, se bajara de la nave, que la tripulación se estaba amotinando y que, si esto seguía tan a la deriva, me hundía irremisiblemente en la misma Fosa de Las Marianas.

Afortunadamente, Javi sigue estando hoy por hoy entre mis mejores amigos, y es y será una de las personas a las que más cosas tengo que agradecerle en esta vida, porque dentro del mundo del carnaval fue mi amigo; pero fuera de él, fue un hermano, de distintos padres, pero un hermano.

Con la música de la chirigota ‘Robinsón de la Isla’ también conseguí un cuarto premio de la modalidad. Pero, no obstante, ese año de ‘Los parias’ me hice una pregunta muy seria: ¿de verdad que esto es un concurso de repertorios?

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (XVI)

EL MÁS GOLFO DE CÁDIZ

‘El golfo de Cádiz’. Al Teatro ese año no iba nervioso, sino agobiao de saber que tendría que estar 25 minutos en bambalinas sin fumarme un cigarro y sin poderme ir por respeto al grupo.

Hubo una época, una época de esas en las que te parece que el mundo se va a acabar, en la que me bebía la vida de un trago; por si se cumplían las profecías de Nostradamus, que me cogiera confesao y hartito de tó lo güeno. Y los fines de semana echábamos campeonatos de golfo, pa ver quién era el más golfo de Cádiz. Pero confieso que, por mucho que me lo curraba, nunca pasaba de la medalla de bronce, porque tenía siempre al lado a dos rivales invencibles: a Manolo el Largo y a Miguelito el de Los Pabellones que, cada vez que salía, ganaba la medalla de oro y batía el récord de Cádiz en pista “cubierta”. Con él no podía nadie. Pero vaya, que yo siempre hacía un papel más que digno en esos torneos. Y de ahí surgió el estribillo de esta comparsa:”Parece mentira que yo/ con tó lo golfo que he sío/ niña de mi corazón/ en tus redes he caío”.
Pero también quería hacerle un homenaje a la infinita inmensidad casi divina que siempre vi reflejada en las violentas y tibias aguas del Golfo de Cádiz, y al valiente marinero que pasó la vida bregando con ellas. Y pa inspirarme, cojo y me voy a vivir a Chiclana…., a un chalé donde lo más marinero que tenía era la Quilla que le puse de nombre a mi perrita labradora. Seré cabrón… un año que salgo de marinero… Y cuando cogía el papel y la guitarra na más que veía moscas, terruños y fango; y en vez de calmar mis ansias con el ruido de las olas, me cabreaba oyendo ladridos, camiones, martillazos y alaridos agrónomos. Reconozco que, para inspirarme, de vez en cuando me venía a la Punta San Felipe y aparcaba el coche a la altura de la estatua de Gades, que tiene dos cachas como mi parienta, pero con un brochazo de sal. Y ni aún así.
Ese año comprendí el estribillo de aquel cuarteto del Libi que decía “yo salgo delante, nunca detrás… Cadiiiiiiiii: qué de tontería pa salí en er cannavá”, porque el montador de ese año, Miguel Ángel García Cossío, el Búho, puso detrás al Soleta y al Piojo, y ambos se fueron con Bustelo: menos mal que el Pillo se conformó con tocar el bombo en su sitio de siempre, porque si no…
Ensayábamos en una casa vacía. El único mueble que había allí era el Búho, que afinaba mu bien, pero aburría hasta al que pasaba por la calle. Un día, denunciaron al dueño de la finca, pero no por el ruido, sino por el coñazo que era escuchar 125 veces seguidas el mismo pasodoble. Yo na más que iba al ensayo un día a la semana porque, además de estar viviendo en Chiclana, trabajaba en Ubrique. Y el día que iba no aguantaba más de medio ensayo. Confieso que cuando empezaba el punteao, yo me iba a la Barraca a comprar gusanitos y, cuando volvía, todavía no habían llegado al trío. Y al Teatro ese año no iba nervioso, sino agobiao, de saber que iba a tener que estar 25 minutos entre bambalinas sin fumarme un cigarro y sin poderme ir por respeto al grupo. Y, por cierto, el repertorio que compuse no tenía nada que ver con lo que salía de las gargantas de los marineros. Y eso que ya por aquel entonces había dejado la droga. Pero por momentos creía que había acabado de tomar LSD.
Como verás, querido lector, no estoy muy orgulloso de aquella comparsa. Menos mal que el insufrible tedio de aquel año lo alivió el pregonero, un tal Alejandro Sanz que era coleguita mío y que me había paseado dos canciones por los cinco continentes. Que sepa el Ayuntamiento de Cádiz, que si algún día me quiere convencer para ser pregonero, yo no voy a cobrar en metálico. Solamente le voy a pedir que me pongan, para inspirarme y trabajar concentrado, el mismo chalé que le pusieron en Roche a mi coleguita. Si con uno de afuera tienen el punto, con más razón lo tendrán conmigo, que soy de aquí, ¿no?
Qué detalle tuvo el tío. Sólo apareció por el Teatro para presenciar el debut de mi comparsa. Y encima tuvo el gesto de meterse entre bambalinas para escuchar conmigo el popurrí. Qué arte. La verdad es que me hizo un hombre en 8 minutos. Al director del Instituto de Ubrique le dije que iba a faltar un par de días porque estaba de “mudanza”. Pero cuando el gachó vio las fotos del Diario, me llamó y me dijo que le hiciera el favor de llevarle algún documento que lo acreditara. Menos mal que en Mudanzas Aparicio tengo buenas relaciones y me arreglaron la papela.
Yo no quería que llegara el pregón, porque todas las tardes nos íbamos al chalé de Roche para “ayudar” a Alejandro. Y Alejandro también nos ayudaba a nosotros, sobre todo a la Paqui, que estaba embarazada, y para que no tuviera que andar, la subía en su Jaguar negro descapotable y nos daba unas vueltecitas por aquellos parajes que valen más que todo lo que escribí aquel año. Es un tío cojonudo, en serio. Lástima que no tuve todo el tiempo para él, porque también tenía que ir al Teatro cuando cantaba mi comparsa. Y tó, pa pasar a la final de prestao y llevarme un churro de quinto premio, que no lo sentí ni mío. Cuando el jurado dio su veredicto, me sentí igual que cuando veo en la tele el sorteo de la bonoloto. Ya ves.
De aquel año recuerdo que también se jodió la cabalgata –ya iban dos seguidas, y esa vez no había sido mi suegra–. Recuerdo también que me juré que nunca más dejaría el montaje del repertorio en manos de nadie. Pero si me quedo con algo, por supuesto, fue con el placer que me causaron las tardes en el chalé de Roche “preparando el pregón” con Alejandro. Estimado concejal de Fiestas y amigo Vicente Sánchez. Si, como se rumorea, un año de estos me ofrecéis el pregón, al lado de aquél chalé hay otro más apañaíto y que tiene la playa más cerca. Y no necesito ni cocinero, que la Paqui hace unos chocos con papas que no te veas.

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (XV)

LA ÚNICA SANGRE QUE BEBO

‘Los inmortales’. Había dos prendas en el jurado que estaban convencidos de que sabían mucho de Carnaval. Y mandaron a por tabaco a una de mis comparsas más emblemáticas y que más caló.

Hoy empieza una nueva era. Era que puedo denominar con todo derecho la de mi comparsa, propiamente dicha. De la anterior, salí con la sensación de haber sido sólo un contribuyente, un mercenario contratado para disparar letras y músicas, tal vez grandes repertorios, -repertorios que siempre serán de mi propiedad, que no se le olvide a ningún chalao- pero a aquella comparsa nunca la consideré mía, por eso nunca utilicé el posesivo mi al hablar de ella. Y por eso tampoco me dolió dejarla. Hay quienes me identifican con los cambios de grupo, como si yo fuese el único autor que lo hace, o como si no hubiera grupos que cambian de autor como de gallumbos. Y esto creo que, además, es bueno. Así no te encasillas eternamente en el mismo timbre, los mismos acentos, las mismas caras… La variedad y el cambio enriquecen las obras, y el público inquieto lo agradece.

Durante el verano de 2003 se pone en marcha mi comparsa con gente de mi antigua chirigota, Javi, Carlitos, el Largo, Carmelo, Ismael, y los ya famosos Tato, Rubén, Javi Marín, Soleta, Paco Pellejo, el Piojo, etc., que venían de la comparsa de Jesús Monge quien, junto a Juan Fernández, ha parido una de las mejores canteras del carnaval en los últimos tiempos.

Para variar, el grupo rodó montando una antología de coplas de mis últimas chirigotas y comparsas. No sonó demasiado bien porque se grabó en tiempo récord (había que aprovechar el verano, ya que partíamos de cero), pero sirvió para conjuntar al grupo.

Con este grupo, la única dificultad que tuve fue intentarlos hacer cantar como yo quería, como siempre se cantó en Cádiz: rapidito, a contratiempo y sin meter la voz. Lo que ocurría es que, desde hacía dos décadas, en carnaval se había introducido una corriente rociera que puso de moda el cante lento, a compás, espeso y chillado, y, para estos chavales, era el único referente que había. Tanto fue así que, el pulso entre el estilo que yo quería imponer y el que ellos traían arrastrando, sumado a su juventud y a los nervios del debut, provocó una pájara mental en el grupo que se tradujo en diarrea: no controlaron la velocidad y tiraron el repertorio, como se dice en el vulgar argot, “a carajosacao”. Por tanto, la reacción del público quedó por debajo de las expectativas al principio (creo que no se enteró de ná; y el jurado, menos)

Pero ese año yo estrenaba amores inmortales y corrientes de aire fresco que despejaron mis azoteas. Y eso es lo mejor que te puede pasar a la hora de escribir; que no tengas que inventarte a las musas, sino que existan en realidad, y coman y duerman a tu lado. La Paqui, en verdad, no tiene nombre de musa, pero su tremendo rostro me inspiró el repertorio más romántico que he compuesto y escrito para el carnaval. Y todo él, dentro del contexto de aquellos inmortales borrachos de sangre, es una alegoría de mi experiencia erótica y mística con ella. Pero no te confundas, querido lector. Cuando, en vez de borracho de sangre, llego borracho de manzanilla, la Paqui deja de ser la musa de ‘Los Inmortales’ para convertirse en la parienta del Cabesa, y eso ya no es lo mismo.

Tan fuerte fue lo de la Paqui que, preso del delirio, cometí las dos mayores tonterías que he hecho alrededor del Falla. Una, pagarle 600 pavos por un palco a un sinvergüenza de reventa. Y otra peor, regalarle el palco a sus padres. Era la segunda semifinal y caía en sábado (Un lujo). Y yo quería, a través de un pasodoble, decirle a su padre que no necesitaba pedirle la mano de su hija porque ya la tenía; y, a través de un cuplé, decirle a su madre que, como suegra, era peor que la otra. Y ¿qué conseguí con eso? Llevarme un cajonazo de los de época y quedarme con tó la cara partía. Además, la maldición de mi suegra provocó una tormenta que se cargó la cabalgata de aquel año, con las consabidas pérdidas de ventas, que es para lo único que hacemos el idiota en la cabalgata (que se entere Fiestas de una vez).

Pero lo de quedarnos fuera de la final no fue ninguna broma. Había dos prendas en el jurado de comparsas que estaban convencidos de que sabían mucho de carnaval. Cuando entraban por el Teatro, huían hasta las palomas de las cornisas. Dos tipos duros que, en tipo, nos dieron 3 puntos y mandaron a por tabaco a una de mis comparsas más emblemáticas y que más caló, sobre todo entre la gente joven. Cuando actuamos, aún nos piden que cantemos ‘Los Inmortales’ como plato estrella. Creo que estamos todos de acuerdo en que había que acabar con la reventa; pero, ¿sólo con la reventa?, ¿y con esto no? Hay años en los que las filtraciones del jurado llegan hasta los oídos de las paredes. Y cuando, al día siguiente, en Diario de Cádiz, me preguntaron al respecto, yo respondí algo así como “ya lo sabía, igual que sabía Valdivia que su comparsa iba a la final, que para eso él había puesto al jurado”. Y desde entonces Valdivia no me habla. Una pena.

Confieso que me fastidió tener que ver la final por la tele (había perdido la costumbre), pero al menos me consolé con ‘Los Veteranos del Vietnam’, chirigota a la que le había hecho la música ese año. Y al día siguiente nos fuimos a cantar a la Plaza San Francisco de Sevilla, paralelamente al Festival de Pardo & Milikito. Y el éxito con el público fue tal que Don Julio ha prohibido que una agrupación mía pise Sevilla mientras él organice la merienda. Dos cojones, Gordo.

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (XIV)

MI PIEL ES MI TIERRA

‘Los americanos’. La falta de sintonía de aquel año quedó patente desde el principio, aunque al final el amor propio de todos nos hizo sacar una comparsa que fue primera hasta la última función.

Como dije ayer, al final decidí comprometerme un año más con la comparsa. Pero confieso que yo ya no tenía las ganas ni la ilusión de cuando empecé con ellos. Los motivos ya los he contado en los capítulos anteriores. Y aunque el grupo confiaba en que mi dedicación exclusiva sería un potente ardid, esto no garantizaba nada. En ese sentido, el grupo era -o pretendía ser- muy posesivo, algo que nunca entendí, ya que ellos me ficharon con la condición de que yo pudiese seguir compartiendo repertorio con la chirigota.

Y de hecho, la falta de sintonía de aquel año empezó a quedar patente desde el principio. Me costó la misma vida que vieran el tipo de ‘Los Americanos’, otro tipo mítico, repleto de elementos líricos y legendarios para confeccionar un repertorio de los que yo denomino trascendentes. Y, sinceramente, creo que unos cuantos nunca llegaron a ver dicho tipo. Más aún, conociendo el pasodoble desde el mes de junio y llevando más de un mes de ensayo, quisieron que les trajera otro pasodoble. Me resultó extraño y caprichoso (después supe el motivo). Y yo, un poco calzonazos, empecé a hacer otro. Menos mal que al final se quedó el original que, aunque no era un pasodoble -era una canción adaptada-, era de las mejores melodías que había traído a la comparsa.

El ambiente estaba enrarecido. Yo pasaba otra época crítica en lo personal, y ello me provocaba desmotivación y alejamiento del grupo. Pero no sólo era lo personal. Tampoco estaba ya lo suficientemente a gusto en la comparsa. Mi actitud les afectaba, obvio, y se iba traduciendo en una tácita acritud mutua, que no era la mejor forma de encarar una comparsa con aspiraciones. Recuerdo, especialmente, que me pedían más cuplés y más cuplés. Y yo ya, un poco en plan patoso, decía que, de momento, no; que le metieran mano a los que había, que los cuplés no hacen reír por sí solos: había que currárselos e interpretarlos (y los comparsistas, los de este grupo y los de la mayoría, reconozcamos que le tememos al cuplé como a una vara verde).

Pero esta anécdota, en sí poco importante, reflejaba ya un común y evidente malestar. Lo que ocurre es que el amor propio de ambos salió a relucir al final, y creo que entre todos conseguimos presentar en el Concurso una comparsa muy bien vestida y plantada y mejor cantada, y con un repertorio muy completo. De hecho, el debut fue un éxito que certificamos en semifinales.

No obstante, yo observaba que ese año el director estaba más atacao que de costumbre (que ya es decir). No sé si es que el autor lo tenía hasta los huevos por sus continuas desobediencias, o es que estaba recibiendo información confidencial del jurado que no auguraban el triunfo (siempre no se puede ganar). A la liga particular con los otros grupos favoritos se habían sumado otras comparsas que al principio no contaban, como ‘Guadalupe’, que sería la ganadora aquel año.

Y si el cabreo del director era por lo segundo (por lo primero, seguro que también), tenía fundamento. Nos dieron el cuarto premio. Hasta ahí, vale. Lo extraño es que cuando publicaron las puntuaciones del jurado oficial, resultó que habíamos ido primeros durante todo el concurso, y que entramos en la final como primeros. Y, paradójicamente, en la final, que fue el día que mejor se cantó, nos hundimos desde el primer puesto hasta el cuarto. A este respecto sólo quiero aprovechar para solicitar la modificación de este innecesario cachondeo que nadie se cree. A una agrupación de carnaval no se la puede calificar como si estuviese haciendo un examen de matemáticas.

Supriman ya la aritmética del concurso y aproxímense al veredicto consensuado en función de valoraciones cualitativas, no cuantitativas; que en carnaval, como en fútbol o en medicina, dos y dos no tienen por qué ser cuatro. Y el sistema infonumérico de sobre cerrao y pamplina de la plazamina no hace más que destapar absurdos y levantar desconfianzas.

Y al final, pasó lo que tenía que pasar. Yo terminé ese año más quemao que la pipa de un indio (por lo del tipo). Ellos, seguramente también. No se veía la cosa muy clara para el año siguiente por ninguna de las dos partes. Y una mañana de primavera, recibí una llamada de mi amigo Javi Bohórquez que me cogió en mal momento (o bueno, según se mire), proponiéndome lo que yo propuse un año antes: recuperar a parte del grupo de la chirigota para sacar una comparsa. Y ese fue el principio del final de un romance de tres años que, como el de Lola Flores y Manolo Caracol, empezó con una luna de miel y acabó como el Rosario de la Aurora.

Yo reconozco que no lo hice bien. Quería asegurarme de que la quimera de Javi tenía buena infraestructura. Seguía valorando todo lo bueno que tenía aquel grupo, que era mucho (aunque los malos rollos ya me pesaban más que lo bueno). No es que estuviese jugando a dos barajas, aunque pudo parecerlo. Es cierto que estaba loco por volver a casa, pero tampoco quería precipitarme tomando una decisión de la que luego tuviese que arrepentirme.

Pero como Cádiz es mu chico, se enteraron del proyecto por una boca que no fue la mía. Me faltaba poco para tomar la decisión, y la violenta decisión de parte del grupo me la puso en bandeja: prefiero quedarme en la calle con mi gente que ganar diez primeros premios más con vosotros. Ha sido un placer. Nos vemos. Lo gracioso fue que, al año siguiente, con mi gente… me quedé en la calle.

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (XIII)

VOLVER AL PARAÍSO

‘Los ángeles caídos’. Todas las inquietudes teológicas que me han acompañado desde siempre quedaron reflejadas en un repertorio que, a veces, no entendíamos ni los que cantaban ni yo mismo.

Recuerdo que la primavera de 2001 fue una de las épocas más críticas de mi vida a nivel personal. Pasé varios meses viviendo al sol pero, a la vez, a la sombra de mí mismo. Escepticismo profesional, sentimental y existencial. Pérdida de valores. Enemistad con el mundo y sus animales. Estuve a punto de comprarme una isla desierta, pero fui por la mañana y el tío no tenía cambio. Por tanto, volví a la Costa de la Luz y, producto de aquellos espantos y decadencias, me sumergí en la confección de la comparsa más compleja y profunda que he hecho: ‘Los Ángeles Caídos’ (el título ya lo dice todo al respecto).

Aunque a algún lector le parezca coña, yo siempre he sido una persona muy religiosa. Religioso, no es aquel que va todos los domingos a misa, se casa en la Iglesia del Carmen, bautiza a los hijos, se gasta una fortuna en sus comuniones y sale de varilla en la Santa Cena. Religioso es aquel que no para de preguntarse por lo divino y su realidad, y se desvive y se atormenta ante la falta de respuestas. Y esas inquietudes teológicas que me han acompañado siempre, fueron las que proyecté en el repertorio de aquella comparsa, especialmente en la presentación y el popurrí. No sé cómo mi grupo, que ni mucho menos compartía esas inquietudes conmigo -era gente más elemental-, aceptó dicho repertorio (aunque me consta que, a veces, algunos no sabían ni lo que estaban cantando; normal por otra parte, ya que yo muchas veces tampoco sabía ni lo que estaba escribiendo… pero sonaba de puta madre).

Desde que empezamos a montar los primeros compases, vi claro que aquella comparsa iba a ser primer premio. Tan claro lo vi, que a tres semanas del inicio del concurso, cerré el repertorio y me dediqué ya nada más que a la chirigota, que estaba más desasistida, mientras los celos mutuos seguían creciendo. Pero lo que no imaginaba era que un primer premio se pudiera rodear de tantas turbulencias y episodios amargos.

Mi grupo seguía teniendo una liga -una guerra- particular con la otra comparsa. Y las cosas empezaron a complicarse cuando se enteraron que Antonio le había hecho un pasodoble al recién fallecido Piru, nombrándolos a todos ellos. La indignación es gratuita y cada cual tiene derecho a molestarse. De hecho, hay quienes se molestan porque los nombran, pero si no los nombran se molestan más. Se acordó en responder a esa letra de Antonio con otra que, finalmente, fue el famosito cuplé. Y para colmo, el sorteo nos emparejó en el debut de preliminares, con lo cual, el morbo estaba servido.

Y cantaron ellos el pasodoble… y cantamos nosotros el cuplé. ¡Joder! No daba crédito. Qué bochorno. Me avergoncé de ser carnavalero, tanto por haber entrado al trapo de una guerra que no era mía, como por la reacción del público. Salimos escoltados por 20 policías (ni que fuésemos Obama). Portada en todos los periódicos. Noticia en todos los telediarios. Es cierto que a mí me va la marcha, pero no esa, precisamente. Pedí disculpas a Antonio en público y en privado varias veces (no sirvió pa ná). No pretendía hacer daño, pero por lo visto debí hacerlo, y mucho… Hay gente tan soberbia que está por encima del bien y del mal, y nunca se arrepiente de lo que hace. Yo no soy de esos. Yo sí me arrepiento de aquel cuplé, entre otras cosas, porque ya se me había quedado jodido el concurso. Y, además, reconozco que, desde aquel día, mi actitud hacia el grupo empezó a dar un giro considerable. Comencé a sentirme utilizado y a recordar una frase que me dijo Antonio cuando yo le comuniqué que iba a aceptar la oferta de su antiguo grupo: -”se van contigo porque quieren hacerme sangre en el ano”-.

El concurso de agrupaciones acabó bien y mal a la vez. Ganamos el primer premio, pero yo no lo celebré por dos motivos: uno, porque aquel bochornoso episodio me quitó las ganas de celebrar nada -aparte de lo que acabo de comentar-; dos, porque mi chirigota, en parte, pagó los platos rotos de aquella mala movida sin comerlo ni beberlo.

Tanto fue así que, promovido por mis fundados cargos de conciencia en todos los sentidos, el domingo de piñata le hice a la chirigota una oferta: el año que viene, dejo la comparsa ésta, y hacemos una comparsa nosotros. Y aunque esto ya os lo cuento en el próximo capítulo, os adelanto que no salió.

Y al grupo de la comparsa, de comunicarle que el año siguiente no escribiría para ellos, de pronto pasé a decirles que el año siguiente me tendrían a su disposición exclusiva.

A ellos, eso de la dedicación exclusiva creo que les hizo mucha ilusión. Ya habían ganado dos batallas: una, la particular con Antonio; otra, la de no tener que compartirme con la chirigota. Pero yo no estaba tan contento ni las tenía ya todas conmigo. El follón del concurso me iría pasando factura cada vez más. Empecé a observar cuestiones de régimen interno con las que no comulgaba en absoluto. La gran víctima de todo esto había sido mi chirigota. Y si la víctima era nada más y nada menos que mi chirigota, la víctima también era yo.

También aquel año comencé a darme cuenta que, en carnaval, el fin no justifica los medios. Dicho de otra forma: el grupo cantó formidablemente lo que les compuse, y me dieron mi primer premio en comparsas, de la misma manera que yo les di otro primer premio más a ellos. Pero no me había compensado. Hoy puedo decir que hay valores y satisfacciones más gratas y auténticas que conseguir un primer premio al precio que sea en el Coliseo gaditano. Y habrá quien piense lo contrario. Lo respeto, por supuesto; pero no me obliguen a que lo comparta, por favor.

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (XII)

P.I.CH.A. ES DE CÁDIZ

Rivalidad. La guerra de celos con la comparsa prosiguió, más aún después de que un cuplé de esta última provocara una helada acogida a la chirigota, que se metió en la final para ser quinta.

Mientras la guerra de celos entre ambos grupos seguía creciendo, yo buscaba para la chirigota un tipo de fauna humana que, como ya he comentado en alguna ocasión, comparto con mi admirado Selu Cossío, son los mejores para representar en chirigota ya que, por adhesión o rechazo, una gran masa de público se puede sentir identificado con ellos.

Llevaba años queriendo salir de cura, de cura de los de verdad, de los que van con sotana y alzacuellos (no los curas modernos, estos que tocan la guitarra y tienen barbas: eso no vale ná). Pero si en ‘Los Ángeles Caídos’ iba a plantear una declaración de ateísmo, y en la chirigota, otra declaración de anticlericalismo, podía quedar excesivamente redundante. Entonces, de pronto vi un filón en el cura laico, el cura que, en vez de prometer la felicidad en el cielo, la promete en la tierra; el cura que, en vez de aprovecharse del humano miedo a la muerte, se ocupa del humano miedo a la vida. Y ése no era otro que el político, el político sin más, al margen de ideologías o partidos. Fauna humana por derecho, alta y tristemente parodiable.

Y ahora, teníamos que pasar de parodiar la autenticidad de un pantera -del que poca parodia hacía falta- a parodiar el cinismo y la hipocresía de nuestra clase política. Pero se consiguió. Tenía a grandes intérpretes en aquel formidable grupo, en el que ese año no estuvieron Carlitos y Antonio (sustituidos por Geni y Sito), y el resultado fue superior al que yo esperaba. De hecho, puedo asegurar que en los pocos ensayos generales que dimos, la reacción del público había sido igual o mejor que con ‘Los Yesterday’ y, como se dice en términos automovilísticos, habíamos cogido la pole. Otra cosa fue lo que pasó en el Teatro (el Teatro tiene una magia y un enigma encerrado que te impide saber, para bien o para mal, que va a pasar cuando se abran las cortinas, vengas con la aureola que vengas).

Y una de las grandes facturas que le pagó mi chirigota a la comparsa, fue, precisamente, el debut en la preselección de aquel año. Hacía unos días que había sucedido lo del cuplecito de los cojones y su consiguiente follón y resaca. Todavía ardían rescoldos. Y ya nos habían avisado de un más que probable conjuro de un sector del público contra mi chirigota (aristas y afines, claro). Así, cuando se abrieron las cortinas, y tras la interpretación de la presentación y los dos pasodobles, padecimos la reacción más fría y distante que habíamos recibido en todos nuestros años de chirigota. No había indiferencia, pues tal frialdad era intencionada. El público es muy dueño de reaccionar como quiera. Pero lo que me dolía era que le estuviese haciendo pagar a 12 inocentes lo que yo había escrito para otros 15 (que, por cierto, en su momento, también se llevaron uno de los abucheos más largos de la historia del concurso).

El grupo, con mucho coraje y amor propio, fue tragando saliva. Y llegaron los cuplés. Yo iba de figurante, de escolta, vestido con traje negro, el de mi boda (no tenía otro). Y en el primer cuplé, el grupo me venía a decir, más o menos, que si me ponía tan nervioso en bambalinas, “po ponte ahí de figurante y de pamplina…pero quítate ese traje, ¡que es el traje de tu boda y nos va a traer ruina!”. La gente, al fin, rompió a reír. Pero el vaticinio del cuplé estaba por llegar. De hecho, cuando ya habíamos encandilado al público, se habían relajado las tensiones, y se nos estaba entregando por completo en el popurrí, en la última cuarteta, alguien adelantó una frase y tuvo a la chirigota en fuera de juego durante 6 ó 7 interminables segundos. Qué mal rato, joder. Con el trabajito que había costado levantar la hostilidad inicial, y con lo bien encarrilado que iba todo…

Evidentemente, muchos se alegraron. Ese día, San Judas Tadeo tenía muchas velas encendidas. Y yo, para qué mentir, cuando llegué a mi casa, tiré el traje de mi boda directamente al contenedor de la basura. Ya nunca más una agrupación mía se ha equivocado en el Teatro (al menos de esa forma). Y yo tampoco me he equivocado más: no me he vuelto a casar (al menos de esa forma). Y si algún día me caso otra vez , será en chándal.

El jurado nos dijo en privado que no nos preocupásemos, que no pasaba nada, que había sido un fallo de poca importancia. Pero sí pasó. Vernos en la final fue una sorpresa, sinceramente. Pero, aunque el aplausímetro de la final dio el registro más alto durante nuestra actuación, el jurado nos dio el quinto premio -porque no había menos- y gracias. Este quinto premio, sumado al primero que obtuvo la comparsa, fue el detonante definitivo para que mi chirigota me planteara que, si yo seguía escribiéndole a la comparsa, ellos no salían conmigo: estaban un poco hastalosgüevos de ser segundones para, además, tener que pagar facturas que no eran suyas. Y yo estaba de acuerdo con ellos, con la razón y con el corazón. Obsérvese que siempre digo mi chirigota y la comparsa. Por eso, les propuse hacer para el 2003 una comparsa nuestra: los 12 de la chirigota y 3 más. Pero no hubo acuerdo. Yo quería descansar de chirigota y seguir en comparsa porque el humor quema antes. Pero varios de ellos no querían saber nada de comparsa. Así que, como buenos amigos y sin el menor mosqueo, cada uno tiró por su lado. Unos descansaron, otros se fueron con el Petra, otros con Vera Luque (para no cambiar de estilo) y yo me comprometí un año más con la comparsa. Qué pena. Fin de una época y fin de un grupo que no volverá (aunque yo sí volveré sobre el grupo en estas páginas). Forever.

Diario de Cádiz