Yo parí a Juan Carlos Aragón (XIX)

SI CAMINITO DEL FALLA…

‘La banda del capitán Veneno’. El pasodoble parecía una joya, pero a las primeras de cambio se convirtió en la puta más barata que ha rulado por los móviles de tercera generación.

Araka rima con resaca. La dejó y bien. Los turbios sucesos internos de los que ayer os hablé provocaron unos inicios titubeantes en ‘La Banda del Capitán Veneno’. Puse de director a Paco Catalán. Menos mal que la pájara me duró poco más de un día y reconsideré a Rubén en su cargo. Invité al Soleta a que se llevara otro primer premio… pero con los Carapapa, por ejemplo (me alegro por él y, sobre todo, por mí). Chusky -el punteao- se fue a la vendimia yugoslava a contar mejillones vacíos. El pasodoble parecía una joya, pero a las primeras de cambio se convirtió en la puta más barata que ha rulado por los móviles de tercera generación… Todo este cúmulo de circunstancias desató una psicosis en el grupo que tocó fondo cuando, una noche, llegué al ensayo y me encontré al grupo literalmente escondido, acojonado, en la minibiblioteca del colegio, por miedo a que la conserje supiese taquigrafía y le pasase al presidente del AMPA la cuarteta que estábamos montando.

Para colmo, ese año curraba en un instituto de Barbate. Y el jefe de estudios me puso un horario imposible para atender los ensayos. El tío era madrileño, pero si vieseis el horario que me puso juraríais que era de Xerez. Luego, cuando llegaba al ensayo, sin ganas de ná, me conformaba con lo primero que escuchaba, y me faltaba aliento para rectificar. A todo esto, se sumó la habitual formalidad de costureras y artesanos. Nos entregaron la ropa el último día y, encima, echando cojones. Si no digo aquí lo que costó cada disfraz de la Banda, es sólo porque me da vergüenza haber sido tan carajote de haberlo pagado (si al menos el pantalón hubiera tenido un solo bolsillo donde meter las llaves…). Y tuve la suerte de poder ver el forillo completo en Onda Cádiz el día después de actuar. Pero lo vi porque Onda Cádiz repite la función hasta que te la aprendes, que si no…

Ahora, querido lector; lo mejor fue mi vuelta a los escenarios. Una baja de última hora por enfermedad (eso hay que decir, ¿no?), dejó un hueco para que yo lo cubriera, porque, según el grupo era el más indicado. No sé si el grupo estaba peor que yo por proponérmelo o yo peor que el grupo por aceptarlo. Ni había ensayado, ni me sabía las letras. Salí, es cierto; pero Javi Marín fue el que cantó por los dos -y por el libro, como suele hacerlo-. Chupé tela de cámaras. Pero cualquiera que sepa una mijita del rollo, se da cuenta de que estoy poniendo la posturita, pero el que en verdad canta es el que está a mi lao, como en Flamenkito.

Ahora, eso sí. La atronadora ovación que nos llevamos el día del debut, para nosotros se queda. Nos pudo, lo confieso. Entre la presentación y el primer pasodoble creo que conté 311 cuezcos, nada más que de la fila de alante. El de las luces se creía que le estábamos haciendo señas para que bajara el cañón, pero, que va, eran los nervios. No íbamos todo lo bien preparados que debíamos. Lo sabíamos. No habíamos podido conseguir más. Y éramos conscientes de que no estábamos a la altura del recibimiento del público. Yo, cuando iban acabando los pasodobles, miraba a mi derecha y veía ya a Lolo el Pingüino y a José Otero casi encima del foso, y yo todavía iba por la calle Benjumeda. Un desastre. Con lo chulillo que he sío siempre yo pa eso de salir cantando…

Bueno, tampoco hay que dramatizar. Creo que es mejor tomárselo así. Ese año, me conformaba con cumplir de la manera más digna. Y creo que se hizo. Pero, vaya, que olía a maera más que en la nave de Polanco. Pero como yo no soy supersticioso, cuando llegó el taxi que llamé para que me llevara a la segunda semifinal, la definitiva, en la que decían los que pasaban a la final, le dije al taxista que me esperara un momento, que iba a subir a mi casa porque se me había olvidado algo. Y encendí la luz de la cocina, que siempre me trae suerte en momentos así. Y me la trajo. Cuando, poco después de cantar, el secretario del jurado dijo ‘La Band…’ di saltos como si me hubieran dado un trabajo de conserje en el colegio de abajo de mi casa, iguá. Y menos mal que dejé encendida la luz de la cocina, porque al llegar me hizo falta: veía menos que un gato de escayola. No obstante, reconozco que el día de la final dejé encendida hasta las luces de avería del coche de mi vecino. Pero, qué va. No pasamos del tercero. Po ira, po güeno. Hay veces que un bronce te sabe a oro, y a mí esa noche me supo así.

Evidentemente, después de la final no canté más (antes de la final, tampoco canté mucho, todo sea dicho). Pero me quedé con ese puntito artistilla con el que soñaba de chico: “Salgo en comparsa, de puntajurado, y voy a la final; qué arte, Juan”.

Ese mismo verano, el hueco que dejé en la comparsa lo ocupó Ramoni. Pero como el hueco era un poco más estrecho que Ramoni, este año en la comparsa sólo caben cinco en la fila de adelante. El de Paco Catalán lo ocupó Careca. Y, ¿por qué se fue Paco Catalán? Ya os lo contará él cuando publique sus memorias. Estas son las mías y, de su explicación, no me acuerdo, porque ni siquiera me la dio a mí.

Y, querido lector, cuando esta página vea la luz, tú ya habrás oído a mi última comparsa -última hasta ahora-; y probablemente te preguntes ¿cuándo va a volver a la chirigota? Un día hicimos un ensayito a puerta cerrada con la chirigota de Selu; y al día siguiente me hice la misma pregunta desde que me levanté hasta que volví al ensayo de mi comparsa. Mañana, para despedirme, quiero contar todo lo que se me ha quedado en el tintero. Pero te adelanto que, si te fijas en la mayoría de mis repertorios, terminan tal como empiezan.

Diario de Cádiz

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