Yo parí a Juan Carlos Aragón (XVII)

Y SEGUÍ HACIENDO EL PARIA

‘Los parias’. Después del resultado en escena entiendo que a mucha gente ‘Los parias’ le entrara por los oídos pero no por los ojos. No me vi con argumentos para pedir más que aquel 4º premio.

Tras la represión de El Golfo -represión consentida por mi falta de calzones, conste-, me poseían unas tremendas ganas de liberarme y de liberar todas las inquietudes y adrenalinas acalladas. Y, de pronto, fui poseído por el espíritu del Ché y su pasión por redimir a la humanidad, pero no por la vía cristiana, sino por la civil, por la marxista, por la que apuesta por la violencia como palanca definitiva para una revolución que cristalice en la transformación definitiva de la sociedad. Por eso me metí en la piel del estamento más bajo del extrarradio social, el del paria, el del que no le teme ni a Dios ni al Diablo, porque nada tiene y, por tanto, nada tiene que perder.

Algunos aficionados o así, han apedillado a este tipo de comparsa como comparsa oscura. Y yo no estoy de acuerdo con esa calificación, pero tengo que admitirla, porque cuando vi la puesta en escena… ¡Joder! Aquello no tenía nada que ver con lo que yo había preconcebido. Yo diseñé sin diseño gráfico -porque no sé hacer la O con un canuto- un paria mucho más apátrida y atemporal, más sucio y desmelenao, más violento y callejero. Y al final, me encontré con un forillo de fondo que era una pobre reproducción de la carátula de la película ‘El Pianista’, y con 15 tíos vestíos como si fueran una especie de monjes ambulantes del siglo XIII. El atún y el betún tienen más que ver que el tipo de ‘Los Parias’ con el repertorio que iban cantando.

Si los artesanos del carnaval fueran gente altruista entregada a esta noble causa, probablemente callaría esto que estoy diciendo. Pero si se trata de gente que te cobra un millón de pesetas por un churro mal copiado que te entregan el último día y que distorsiona el sentido de tu obra, entonces, primo, no tengo más remedio que sacar de la memoria lo que la propia memoria me dicta, tal cual. Y lo peor es que la mayoría están cortados por el mismo patrón. El día que esta gente cobre en función del resultado de su trabajo y de su diligencia a la hora de la entrega de los tipos, entonces puede que su institución cambie sustancialmente o se hunda. Y es que, manda huevos, que después de todo un curro de cuatro meses y 120 noches de ensayo, es raro el año que no te quedas con las carnes abiertas esperando que el artesano de turno te dé el tipo el mismo día del debut -sin opciones ya para rectificar nada, te guste o no-, y te plantes en las tablas del Falla sin saber qué coño llevas detrás.

A más de uno ya lo he escuchado justificándose así: “Qué quiere, cohone, que llevo 40 agrupasione, picha”. Si yo llevara 40 repertorios cada año, dudo que entregara alguno a tiempo y sin fisuras. Ahora, los 40 millones que me iba a llevar por los 40 repertorios me iban a sacar de pobre, seguro. Después, que dijeran lo que fuera que, como se dice en el chiste del operao de cirugía, me iba a entrar por un huevo y me iba a salir por el otro. Y, si por ese motivo, perdiese algún cliente, me daría igual: seguro que en cola hay 40 pringaos más.

Y el caso es que, después del resultado en escena, entiendo que, a mucha gente, ‘Los Parias’ le entrara por los oídos, pero no por los ojos. Y por eso no me vi con argumentos para pedir más que aquel cuarto premio cagao que nos dio el jurado de aquel año.

A mí, lo del cuarto premio no me supuso ningún trauma. Pero a muchos jóvenes del grupo, sí. La mayoría de esos chavales habían entrado en esta comparsa con la seguridad, si no un año el siguiente, conseguirían el sueño de un gran premio; y llevábamos ya tres años seguidos sin ese premio, con lo cual, algunos de ellos empezaron a desesperarse, a aburrirse, a desilusionarse y a desconfiar. No sólo querían cantar repertorios brillantes y trascendentes (máxime, cuando más de uno no sabía ni lo que estaba cantando). Querían los premios de la Academia. Y ese deseo es muy legítimo. Por eso, desde Semana Santa hubo gente a la que se le fue yendo un poquito la olla y, con excusas novelescas, fue pasándose a comparsas de la competencia con las que creían que iban a conseguir los premios que aquí no estaban consiguiendo… El Tato, El Pellejo… hasta el postulante y tó. Se equivocaron, pero vaya, su decisión era comprensible.

Lo peor fue que a mi gran amigo y director, Javier Bohórquez, por un motivo similar, también fue empezando a írsele la pinza. Se puso a echar gente y a fichar por detrás antes de que se enteraran los afectados. Se puede imaginar, mi querido lector, las pajarracas que se formaron y las desbandadas que se iban liando por fin de semana. Hasta tal punto que, en una de las últimas actuaciones, la comparsa se coló con nueve tíos, con la consiguiente decepción del público y la puesta en cuestión de mi propio nombre -que no me había metido aún en nada-. Y viendo que mi nave iba inexorablemente a la deriva, no tuve más remedio que retomar personalmente el timón y asumir la decisión más dura y dolorosa de mis 21 años de carnaval. Imagínate. Llamé a Javi y le dije que, por favor, se bajara de la nave, que la tripulación se estaba amotinando y que, si esto seguía tan a la deriva, me hundía irremisiblemente en la misma Fosa de Las Marianas.

Afortunadamente, Javi sigue estando hoy por hoy entre mis mejores amigos, y es y será una de las personas a las que más cosas tengo que agradecerle en esta vida, porque dentro del mundo del carnaval fue mi amigo; pero fuera de él, fue un hermano, de distintos padres, pero un hermano.

Con la música de la chirigota ‘Robinsón de la Isla’ también conseguí un cuarto premio de la modalidad. Pero, no obstante, ese año de ‘Los parias’ me hice una pregunta muy seria: ¿de verdad que esto es un concurso de repertorios?

Diario de Cádiz

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