Archivos del Mes para abril, 2009

Lo que debe tener una comparsa

Cantar afinada, buena música, buena letra, buenas voces… Y por supuesto y lo más importante que conecte con el público y que el público se vuelque con la comparsa. Esto es lo más importante, el reconocimiento del público y para muestra estos vídeos de “Los trasnochadores”, comparsa de Jesús Bienvenido.

Esto es mejor que cualquier premio.

Un voto

El tema no tiene nada que ver con carnaval ni con nuestra comparsa, ¿o sí? La verdad, no lo sé, lo cierto es que un gran aficionado al carnaval y buen amigo de nuestra comparsa y colaborador necesita un voto. No, no es Rajoy, ni Zapatero ni nada por el estilo, porque ni son amigos de la comparsa y dudo que les guste el carnaval.

El tema es que El Antifaz (si digo José Castillo lo mismo tardáis un poco más en conocerlo) ha presentado un libro a un concurso de una web, en la que el premio es la edición y promoción del susodicho, y como el premio lo dan al que más votos obtenga pues la cosa está en que hay que pasar por la urna. No hay que presentar D.N.I. ni nada por el estilo, sólo registrarse en la web Book and You. El enlace del libro está pinchando aquí. Se puede emitir un voto a la semana y el plazo acaba el 10 de Mayo.

Pues nada, a votar.

Sé que el autor me dará un tirón de orejas porque no quería darse publicidad con este asunto en nuestra web, ya que no es un tema de carnaval, pero pienso que es una forma de devolver el favor de sus colaboraciones, aunque el favor no esté a la altura de sus palabras.

Suerte.

El COAC 2010 de Cádiz podría comenzar el 15 de enero

Salvo que la junta ejecutiva del COAC decida hacer trapecismo para elaborar el calendario del Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas (COAC) de 2010 y en unas condiciones parecidas a las de la pasada edición en cuanto al número de agrupaciones inscritas, la más importante cita de las coplas con el Gran Teatro Falla del año que viene comenzaría el viernes 15 de enero. Una edición nuevamente casi, casi con los polvorones en la boca.

En consecuencia, la primera fase del concurso (preliminares o clasificatorias), que en el COAC-2009 precisó de quince jornadas, para el año que viene tendría lugar desde el citado viernes 15 de enero hasta el viernes 29 del mismo mes. El sábado 30 sería jornada de descanso (siempre en referencia a la categoría de adultos) y el domingo 31 daría comienzo la segunda fase (cuartos de final), que se desarrollaría en seis jornadas hasta el viernes 5 de febrero.

El sábado 6 y el domingo 7 no habría concurso y el lunes 8 tendría lugar la primera de las tres sesiones de la penúltima fase: semifinales; la noche del miércoles 10 de febrero (ya metida de lleno en la madrugada del jueves), acabarían las semifinales y el jurado daría a conocer la relación de las agrupaciones finalistas.

La gran noche del próximo Carnaval gaditano, la final del COAC-2010 sería el viernes 12 de febrero.

Actos previos

Como consecuencia de este calendario, una vez más las fiestas navideñas y los Carnavales de Cádiz se darán la mano en los almanaques, pues si la jornada del 6 de enero es festiva de Reyes Magos sólo tres días después tendría lugar la Pestiñada Popular (el sábado 9), que abre la veda de las citas gastronómicas previas a las fiestas y que tendrían su momento culminante con la Erizada y la Ostionada el domingo 10.

De otra parte, las agrupaciones podrían llevar a cabo sus ensayos generales desde el mismo día 5 de enero si se da cumplimiento a lo que el reglamento del concurso establece cuando prevé para estos ensayos con público un período de diez días.

Resto del calendario

La fecha oficial del Carnaval de Cádiz sería del jueves 11 al domingo 21 de febrero, por lo que el Carnaval Chiquito o de Los Jartibles coincidiría con la celebración del Día de Andalucía, el domingo 28 de febrero.

carnavaldecadiz.com

Yo parí a Juan Carlos Aragón (y XX)

CERRADO POR VACACIONES

Balance. ¿Mereció la pena dejar la chirigota por la comparsa? Y después de hacer balance, ¿ahora qué?, ¿qué me queda?, ¿sigo? Y en caso de seguir, ¿cómo? La comparsa me tiene un poco hastiado.

Bueno, ya está bien por este año. Ahora me toca pasarme unos diítas descansando en los coniles de mi frontera, en amor y compaña, disfrutar de lo que me queda de paro y regar con viento fresco mis neuronas, que ya empiezan a estar un poquito cansadas de carnaval. Y más cansadas esta vez, por sacar de la memoria todo lo que os he contado -y todo lo que no-, que era más de lo que yo esperaba. Al destapar el tarro, de algún modo he revivido veinte años de carnaval en veinte días, y eso te deja como si hubieras corrido una especie de Tour mental.

Cuando Alicia me hizo la entrevista que precedió a estas entregas, me dijo que ahora tenía la oportunidad de redimirme; pero creo que más bien he hecho todo lo contrario. Una de las mayores miserias del carnaval es que, cuanto más tiempo estás arriba, más riesgo corres de aumentar tu legión de seguidores, pero también de detractores y enemigos. Cuando yo estaba abajito del todo, no entendía por qué los que ganaban los concursos tenían a tanta gente en contra. Ahora ya si lo entiendo, pero no me va esa marcha. Vamos al Falla como a la guerra. Si dices lo políticamente correcto sin mojarte ni hacer pupa, la gente dice que no has dicho nada y pasa de ti. Si dices lo que te sale del alma tal y como te sale, la gente te convierte en un héroe y un villano a la vez. Si estás abajo, quieren verte arriba. Pero cuando te ven arriba, quieren verte abajo. Y yo, que tengo muchos defectos -pero no incluyo la egolatría- no quiero que la gente me vea, ni arriba ni abajo: por eso, cierro por vacaciones.

De hecho, cuando he ido escribiendo estas memorias, he disfrutado tanto como he sufrido. Y os confieso que lo malo que he contado -que es mucho menos de lo que en realidad ha habido-, lo he contado del modo más suavito posible, sobre todo por hacerme un favor a mí mismo. Cada vez que llegaba la hora de narrar un episodio áspero o desagradable, reconozco que me invadía una sensación de arrepentimiento por haberme metido en este mundo. El único sentido del carnaval es disfrutarlo; sufrirlo y padecerlo, me parece de idiotas, sinceramente. Y aunque todos los que estamos metidos hasta el gorro en esta cruzada tenemos algo de idiota, yo quiero tener lo menos posible.

Y ya puesto a hacer balance, tengo que decir que, entre mis experiencias negativas en carnaval, las peores son las relacionadas con el mundo de la comparsa. Por mucho que quieras cuidarte y retirarte, los malos rollos te terminan salpicando. Y lo peor no son los malos rollos en sí, sino los motivos que los provocan. Esto es un símil en miniatura de La Hoguera de las Vanidades. En vez de comparsas, parecemos bandas rivales al estilo de The Warriors. Cuando ganamos, no hay quien nos soportes: nos sentimos dioses y nos reímos de nuestros rivales. Cuando perdemos, arremetemos contra el público, el jurado, la prensa y las ninfas, si hace falta. Ponemos vestido de limpio al primero que se nos pone enfrente, pero al año siguiente nos estamos comiendo el piquito con él. Muchas veces, es el propio público -el sector fanático, el enfermo- el que provoca los enfrentamientos entre los grupos y los autores, como si fueran los hooligans del Liverpool pero con una diferencia: estos nunca se cambian la camiseta. Y todo esta vorágine de malos rollos es absurda, no tiene sentido (o al menos yo no se lo veo).

Pero no todo ha sido malo. Tengo que decir que con las chirigotas he disfrutado mucho, y de ese reino y de esos años es de donde guardo y conservo lo mejor de mi memoria. Los años de Un peasso coro y Los Tintos, fueron inolvidables. Hacíamos un carnaval sano, cachondo, gamberro, desinhibido, callejero… como entiendo que debe hacerse el auténtico carnaval. Los tres años siguientes también fueron muy positivos en ese sentido, pero reconozco que ya sufría más porque me había empezado a picar por conseguir finales y premios. Pero aun en los malos momentos, la amargura no era tanta, y se pasaba pronto. La modalidad de chirigotas es la más noble y sana, y eso facilita mucho la superación de los sinsabores.

Pero los cuatro años siguientes, con Los Yesterday, Flamenkito, Los Panteras y Vota PICHA, fueron sin duda los mejores. Por aquella gente y aquellos años mereció la pena lo vivido y parte de lo por vivir. Y cuanto más tiempo pasa, más me repito la misma pregunta: ¿Me mereció la pena ir dejando la chirigota en favor de la comparsa? Quizás, si hubiera seguido con la chirigota, me habría quemado antes, porque el humor quema con más rapidez que la prosa. Y, además, si no hubiera catado la comparsa en toda su esencia, puede que me hubiese quedado algo-bastante frustrado de mi andadura por el carnaval. Así que la respuesta no la tengo clara. Lo único que tengo claro es que siento mucha nostalgia de las últimas chirigotas nombradas, y de los ratitos vividos con la gente que formó parte de aquellos grupos, sin desmerecer en absoluto mucho de lo aún presente.

Pero en estos momentos la pregunta obligada es otra. Una vez repasada mi historia carnavalesca, ¿ahora qué?, ¿qué me queda?, ¿sigo? Y en caso de seguir, ¿cómo? La comparsa -su mundo en general- me tiene un poco hastiado. Con el cuarteto no me atrevo, lo reconozco. Al coro, seguro que no vuelvo. El romancero me encanta, pero el ambiente de la calle, no tanto. Me siento aún muy joven para pregones y antifaces. La chirigota siempre estará ahí; pero no sé si segundas partes van a ser buenas. Total, que más vale que despeje mi congestionada mente y decida cuando el aire cálido de la primavera haya secado mi propia laguna. Un beso, querido lector. Nos vemos.

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (XIX)

SI CAMINITO DEL FALLA…

‘La banda del capitán Veneno’. El pasodoble parecía una joya, pero a las primeras de cambio se convirtió en la puta más barata que ha rulado por los móviles de tercera generación.

Araka rima con resaca. La dejó y bien. Los turbios sucesos internos de los que ayer os hablé provocaron unos inicios titubeantes en ‘La Banda del Capitán Veneno’. Puse de director a Paco Catalán. Menos mal que la pájara me duró poco más de un día y reconsideré a Rubén en su cargo. Invité al Soleta a que se llevara otro primer premio… pero con los Carapapa, por ejemplo (me alegro por él y, sobre todo, por mí). Chusky -el punteao- se fue a la vendimia yugoslava a contar mejillones vacíos. El pasodoble parecía una joya, pero a las primeras de cambio se convirtió en la puta más barata que ha rulado por los móviles de tercera generación… Todo este cúmulo de circunstancias desató una psicosis en el grupo que tocó fondo cuando, una noche, llegué al ensayo y me encontré al grupo literalmente escondido, acojonado, en la minibiblioteca del colegio, por miedo a que la conserje supiese taquigrafía y le pasase al presidente del AMPA la cuarteta que estábamos montando.

Para colmo, ese año curraba en un instituto de Barbate. Y el jefe de estudios me puso un horario imposible para atender los ensayos. El tío era madrileño, pero si vieseis el horario que me puso juraríais que era de Xerez. Luego, cuando llegaba al ensayo, sin ganas de ná, me conformaba con lo primero que escuchaba, y me faltaba aliento para rectificar. A todo esto, se sumó la habitual formalidad de costureras y artesanos. Nos entregaron la ropa el último día y, encima, echando cojones. Si no digo aquí lo que costó cada disfraz de la Banda, es sólo porque me da vergüenza haber sido tan carajote de haberlo pagado (si al menos el pantalón hubiera tenido un solo bolsillo donde meter las llaves…). Y tuve la suerte de poder ver el forillo completo en Onda Cádiz el día después de actuar. Pero lo vi porque Onda Cádiz repite la función hasta que te la aprendes, que si no…

Ahora, querido lector; lo mejor fue mi vuelta a los escenarios. Una baja de última hora por enfermedad (eso hay que decir, ¿no?), dejó un hueco para que yo lo cubriera, porque, según el grupo era el más indicado. No sé si el grupo estaba peor que yo por proponérmelo o yo peor que el grupo por aceptarlo. Ni había ensayado, ni me sabía las letras. Salí, es cierto; pero Javi Marín fue el que cantó por los dos -y por el libro, como suele hacerlo-. Chupé tela de cámaras. Pero cualquiera que sepa una mijita del rollo, se da cuenta de que estoy poniendo la posturita, pero el que en verdad canta es el que está a mi lao, como en Flamenkito.

Ahora, eso sí. La atronadora ovación que nos llevamos el día del debut, para nosotros se queda. Nos pudo, lo confieso. Entre la presentación y el primer pasodoble creo que conté 311 cuezcos, nada más que de la fila de alante. El de las luces se creía que le estábamos haciendo señas para que bajara el cañón, pero, que va, eran los nervios. No íbamos todo lo bien preparados que debíamos. Lo sabíamos. No habíamos podido conseguir más. Y éramos conscientes de que no estábamos a la altura del recibimiento del público. Yo, cuando iban acabando los pasodobles, miraba a mi derecha y veía ya a Lolo el Pingüino y a José Otero casi encima del foso, y yo todavía iba por la calle Benjumeda. Un desastre. Con lo chulillo que he sío siempre yo pa eso de salir cantando…

Bueno, tampoco hay que dramatizar. Creo que es mejor tomárselo así. Ese año, me conformaba con cumplir de la manera más digna. Y creo que se hizo. Pero, vaya, que olía a maera más que en la nave de Polanco. Pero como yo no soy supersticioso, cuando llegó el taxi que llamé para que me llevara a la segunda semifinal, la definitiva, en la que decían los que pasaban a la final, le dije al taxista que me esperara un momento, que iba a subir a mi casa porque se me había olvidado algo. Y encendí la luz de la cocina, que siempre me trae suerte en momentos así. Y me la trajo. Cuando, poco después de cantar, el secretario del jurado dijo ‘La Band…’ di saltos como si me hubieran dado un trabajo de conserje en el colegio de abajo de mi casa, iguá. Y menos mal que dejé encendida la luz de la cocina, porque al llegar me hizo falta: veía menos que un gato de escayola. No obstante, reconozco que el día de la final dejé encendida hasta las luces de avería del coche de mi vecino. Pero, qué va. No pasamos del tercero. Po ira, po güeno. Hay veces que un bronce te sabe a oro, y a mí esa noche me supo así.

Evidentemente, después de la final no canté más (antes de la final, tampoco canté mucho, todo sea dicho). Pero me quedé con ese puntito artistilla con el que soñaba de chico: “Salgo en comparsa, de puntajurado, y voy a la final; qué arte, Juan”.

Ese mismo verano, el hueco que dejé en la comparsa lo ocupó Ramoni. Pero como el hueco era un poco más estrecho que Ramoni, este año en la comparsa sólo caben cinco en la fila de adelante. El de Paco Catalán lo ocupó Careca. Y, ¿por qué se fue Paco Catalán? Ya os lo contará él cuando publique sus memorias. Estas son las mías y, de su explicación, no me acuerdo, porque ni siquiera me la dio a mí.

Y, querido lector, cuando esta página vea la luz, tú ya habrás oído a mi última comparsa -última hasta ahora-; y probablemente te preguntes ¿cuándo va a volver a la chirigota? Un día hicimos un ensayito a puerta cerrada con la chirigota de Selu; y al día siguiente me hice la misma pregunta desde que me levanté hasta que volví al ensayo de mi comparsa. Mañana, para despedirme, quiero contar todo lo que se me ha quedado en el tintero. Pero te adelanto que, si te fijas en la mayoría de mis repertorios, terminan tal como empiezan.

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (XVIII)

GRACIAS, AMÉRICA

‘Araka la Kana’. Solamente por la sensación de sobrevolar en avión tierras charrúas frente al Mar del Plata cobró sentido definitivo todo el tiempo que en mi vida le había dedicado al Carnaval.

Un poco harto ya de comparsas oscuras y necesitado de darme un giro en dirección a la alegría, atendí la petición de algunos de mi grupo que me proponían “sacar algo por Sudamérica”, agua en la que me movía como un pez, gracias a todo el folklore sudamericano que mamé en casa de mis padres desde pequeño, además de lo que fui conociendo de pibe. Lo musical me seducía mucho; pero lo social me seducía aún más, ya que siempre fui un fervoroso defensor de la unidad latinoamericana, tanto como por la explotación histórica de los colonizadores de nuestra patria como por el imperialismo yanki del último siglo. Y vi en el carnaval uruguayo el contexto ideal en el que ubicar mi comparsa para reproducir todas estas inquietudes estéticas y sociales.

De entre todas las murgas uruguayas que ya conocía desde hacía tiempo, me llamaba la atención de modo especial La Bruta, que es como en Montevideo sobrenombran a Araca la Cana -Al loro, la policía- por su manera combativa y directa de plantear y denunciar las injusticias. Y, para colmo, cantaban con un soniquete que siempre he perseguido para el timbre de mi grupo, y que me recordaba a mis divinas comparsas de los años 70.

Así que creo que di en la tecla. De hecho, reconozco que fue la comparsa que menos trabajo me costó hacer. Me limité a desabrocharme la piel a la altura del esternón y a volcar sobre la mesa todo lo que guardaba debajo. Por lo novedoso del planteamiento, había quien no “veía” la comparsa, ni la vio hasta el final -incluso hubo quien abandonó a las primeras de cambio por este motivo-. Me daba igual. Yo sabía muy bien lo que estaba haciendo, y sabía que aquella comparsa, o se quedaba en la calle o la calle se quedaba con ella. Y pasó lo segundo. La final me recordó mucho a la del año de ‘Los Yesterday’, por la conexión con el público y su incondicional entrega. El estremecedor y espontáneo cántico del Teatro de “campeones, campeones” a las siete de la madrugada, fue una de las más emotivas sensaciones de toda mi historia carnavalesca. No se me olvidará nunca el veredicto del jurado bajo el arco de San Rafael, mi llanto contenido y el abrazo con Catusa, el arquitecto de la Araca uruguaya que cruzó el charco para apadrinar durante el concurso a su gaditana hija gemela.

Cuando, por una cuestión de Estado -digámoslo así-, cruzamos el charco nosotros para contribuir al hermanamiento de Cádiz con Montevideo a través del intercambio de nuestras Arakas, recibí un honor y una responsabilidad que jamás pensé que me adviniese de la mano del carnaval -pero no pudo venir de mejor mano-. La mañana que desperté en un avión sobrevolando tierras charrúas frente al Mar del Plata, la emoción incontenible se me escapó por los mismos alerones de la nave. Por aquella sensación cobró sentido definitivo todo el tiempo que en mi vida le había dedicado al carnaval.

El pueblo uruguayo nos recibió con los brazos abiertos, en lo artístico y en lo humano. Confieso que me sobraron ganas de quedarme allí para siempre y no volver más. Sus valores, su educación y su cultura me confirmaron que hay mundo más allá de nuestra pobretona y materialista cosmovisión occidental. Volví porque en Cádiz tengo historias que aún no han acabado y otras que están aún naciendo, si no… Incluso vi personalmente a través de los cristales del bus a mi sublime maestro de la poesía social: al mismísimo Mario Benedetti. El cicerone paró el bus para que me bajase y lo saludara. Pero yo preferí conformarme con haberlo visto, allí, en su barrio, en su calle, viejecito y entrañable, y conservarlo dentro de la mítica burbuja en la que siempre lo tuve.

Pero no todo el año de Araka fue tan idílico. En algunos bares hay colgada una inscripción en un cuadrito de porcelana que dice algo así como: “hoy es un día maravilloso; pues verás como viene algún mamón y lo jode”. Y así fue. Hubo gente en aquel grupo que no supo estar a la altura histórica de Araka la Kana, gente que no tiene la cabeza lo suficientemente bien amueblada como para digerir y disfrutar determinados éxitos en su justa dimensión, gente que no entiende que su aportación a la causa debe estar por encima del egoísta y alocado vuelo de su ego. Pero la pena no fue solamente que se fastidiaron ellos, sino que también fastidiaron a los que sí lo habíamos entendido. Vanidades, egolatrías, competiciones desleales, falso compañerismo y abuso de la gloria, provocaron que el verano de Araka fuera una retahíla de malos rollos y actuaciones decepcionantes. Quizás otro autor no contaría en sus memorias estas miserias. Pero yo no voy a engañarme a mí mismo, ni tampoco voy a engañar al sufrido lector que ha seguido todas estas entregas. Lo de Araka, si hubiese acabado en el momento en que aterrizamos de vuelta en ese pueblecito llamado Jerez, habría quedado redondo. Pero casi todo lo que vino después empañó una cruzada que sólo podía ser gloriosa, por derecho propio. Y no se me malentienda. No estoy renegando de Araka. Araka adornará el cauce de mi femoral para siempre. Pero sigo golpeándome la tez mientras me pregunto por qué hubo gente tan torpe que se empeñó en agriar aquella experiencia, a sí mismos y a los compañeros que contribuyeron en hacerla posible.

Antes de acabar este capítulo, prefiero darme el placer de devolver a mi memoria aquel concurso, aquel viaje, aquel país, aquellas calles, aquellos teatros, aquella gente, aquellas noches y aquellas mañanas de paz devorando con mis pies el asfalto americano, oyendo a dos voces la presentación de Araka y el grito de los corazones desaparecidos durante la dictadura. Gracias, América (del Sur).

Diario de Cádiz