YO QUE TÚ NO LO HARÍA, FORASTERO
Un palo. El día después del cajonazo la depre me tuvo en la cama hasta por la tarde, que llegaron a mi casa el Yuyu y El Libi, que también se habían quedado fuera de la final, con media botella de anís.
Siempre he tenido la consigna de que, para que un tipo tenga éxito -especialmente en chirigotas- debe representar personajes con los que el mayor número posible de personas se sienta de algún modo identificado, por obra u omisión. Y si se hace evocando los grandes mitos de la infancia, mejor. Y eso es lo que me propuse cuando diseñé el tipo de ‘Kadi City, Ciudad sin Ley’. Los duros pistoleros de los clásicos westerns han formado parte de la memoria cinematográfica de casi todo el mundo. Y yo tenía especial predilección por el más duro, noble y legendario de todos: Wyatt Earp. En un principio, como se trataba de una chirigota, pensé en orientar el tipo en la dirección del duro cómico de las versiones “spaghetti”, a lo Terence Hill o Bud Spencer, y la titulé ‘Le disían Trinidad’. Pero como estos personajes eran excesivamente mamarrachos y ya parodiaban a los legendarios, entendí que tendría más efecto parodiar a los propiamente legendarios; y así, el contraste entre el tipo implacable y duro y su versión chirigotera podía resultar más interesante, más si tenemos en cuenta que la mayoría de los miembros de aquel grupo solían llevar siempre tal cara de carajo que daba hasta miedo. Y eso hice y así salió de bien.
Aunque a todo el grupo le gustaba mucho la caracterización del tipo y lo que fui trayendo de repertorio, la verdad es que, hasta bien poco antes del concurso, no estábamos muy animados, precisamente. Una noche, llegó al ensayo por sorpresa una caterva de entendíos, encabezada por El Melli, que nos había grabado el año anterior. La chirigota, en vez de intimidar a los entendíos como Wyatt Earp, se sintió intimidada por los entendíos, y cantó sin confianza. Entonces, los entendíos aconsejaron a El Melli que no nos ofreciera más de dos pesetas por grabar, “que esto no era Los Guiris”. No hubo acuerdo, y nos quedamos con la cara un poco rota. Creo que El Melli se arrepintió más que nosotros de no haber hecho la grabación, y que, a partir de ese año, cambió a su Delegación Carnavalesca de Entendíos.
Pero otra noche, llegaron las cámaras de Canal Sur, con Barragán y Casal, para realizar una previa de la retransmisión de las semifinales. Y se rieron tanto que hasta nos lo creímos (falta nos hacía, la verdad). Entre eso y el pelotazo que dimos en el ensayo general del Club Náutico, que era el termómetro de la parrilla de salida durante aquellos años, llegamos al Falla con la confianza suficiente y necesaria en estos casos.
El pasacalles hacia el Teatro ya olía muy bien. Y solamente con aquella presentación, el público se nos entregó por completo y ya no nos abandonó durante todo el año. El éxito iba siendo tan rotundo que prácticamente nadie dudaba de nuestra presencia en la final, como mínimo. Pero yo, para bien o para mal, siempre he tenido gatitos en la barriga. Y cuando, la noche de los cuchillos largos de aquel 1997, llegamos a la escalera de la Facultad para escuchar los que pasaban a la final, le dije al colega que llevaba el coche que siguiera un poquito más pa’llá, que no nos quedáramos ahí, que no quería que la gente nos viera llorar. Y menos mal. Cuando el jurado dio su veredicto se nos paralizó el cuerpo y alma. No dijimos nada. Ni siquiera el lógico suputamadre. Nos fuimos. Me acosté. Confieso que derramé lágrimas de impotencia, sobre todo porque a mi Wyatt Earp gaditano le había cogido un especial cariño.
El día después fue el primero en que falté al trabajo. La depre me tuvo en la cama hasta bien entrada la tarde, que llegaron a mi casa el Yuyu y el Libi, con media botella de anís y mejor ánimo que yo. Ellos también se habían quedado fuera con ‘De plaza en plaza’ y ‘Sevilla tuvo que ser’. Como los dos son dos tíos con bastante humor y podía compartir con ellos el desconsuelo, me fui tomando el palo de otra forma. Eso no evitó que mis declaraciones a la prensa aquella tarde fueran explosivas, especialmente contra El Bambi, el mismo que dejó fuera a ‘Los tintos’. Con el tiempo comprendí que debía controlar ese tipo de declaraciones porque, aunque fueran sinceras, no son políticamente correctas ni carnavalescamente convenientes. Hay que fingir indiferencia para que tus rivales y enemigos no celebren tu derrota más aún.
Ni que decir tiene que el éxito en la calle curó por completo mi herida. Recuerdo el lunes de carnaval que, subiendo Javier de Burgos en dirección Torre Tavira, me dijo Lali: “Quillo, mira patrás”. Nos seguía una marea humana que ni las primeras manifestaciones de Astilleros. Dicen que los premios que te da la calle valen más que los que te dan en el Falla. Yo puedo asegurar que eso es cierto. Pero no debe enterarse nadie, porque si un año el jurado tiene dudas, puede agarrarse a esta confesión y decidir así: “Po entonces, yo le doy el premio a esta gente y la calle que te lo dé a ti, picha”. Y tampoco es eso, que el reconocimiento oficial de la academia también lo queremos todos.
Ese verano fue el primero que nos tiramos de gira casi por entero. Lo pasábamos igual de bien con el éxito de nuestras actuaciones como con el cahondeíto del autobús. Y cuando llegábamos a Cádiz a las tantas de la madrugá, nos íbamos al Telescopio a hartarnos de alitas de pollo y a tomarnos dos o tres vasos más, con lo cual empecé a plantearme que si mi afición al carnaval era real o si mi afición real era más bien escaquearme de mi parienta el mayor tiempo posible.
El único gran parche de aquella temporada fue el final del grupo, aunque me resultó tan chungo que no sé si sacarlo a la luz. Mejor me lo pienso y, si acaso, lo cuento mañana.
Diario de Cádiz
Cuando empecé a tomarme el carnaval más en serio, creí que debí tomarme también mi vida más en serio, porque lo que se hace en carnaval es un reflejo de lo que se hace en la vida personal, y lo de intentar pegarle al Bambi fue un bochorno. Se lo merecía -aún lo sigo pensando-, pero no está bien dar un escándalo por un tío que parecía la versión viñera del de en medio de Los Chichos. Lo malo era que yo no sabía cómo se tomaba la vida en serio. Y opté por lo tradicional. Me casé -qué concepto más cutre de la seriedad-. Y decidí que mis repertorios los debía afinar y dirigir un tío en condiciones, no como er Juaki. Y entonces me acordé del otro peasso de coro, el que formaban Cintado, Lampi, Carlos, Fali… , gente formal: no como Carmelito, Lolo, Calixto, Chico, Moi & company. Y eché mano de uno de los hombres que canta, toca, dirige y manda mejor en Cádiz: Vicente Lázaro (el Lali). Era la inauguración oficial de mis cambios de grupo, pero con una sustancial diferencia. De la poca gente de la que puedo presumir de haber conocido y haber mantenido una amistad real, más allá del carnaval, es de Juaki. Yo creo que incluso le hice un favor, porque Susana es mu buena tía y, lo que vino después, creo que no lo hubiese querido para su marido (ni para ella).
Yo tengo un primo surfero que es mú gracioso hablando. Y en un contagio gramatical, de pronto me vi en una noche de Conil, antes de que pusieran las horribles carpas, en un bar de copas, aporreando dos barriles que había en la puerta, con las venas de la garganta henchidas de no poder reír más, y con mi novia mirándome como si yo fuera un higo chumbo; y me gritaba -”pero, quillo, ¿qué te pasa?”.
Y aquí aparece ya el juancarlosaragón en estado puro que yo parí, el salvaje que con los años intenté refinar. Aun nacido de mí, me fue muy difícil educarlo, porque el cinismo y la hipocresía de nuestro sistema social no terminaron nunca de convencerlo. De hecho, cada vez que me doy la vuelta, aparece el macarra que llevo dentro y que no soy capaz de domar ni yo mismo que lo he parido.
Pues, la verdad, es que hay veces en la vida en las que merece mucho la pena dar un paso atrás para poder dar luego cuatro adelante. Y eso fue lo que hice. No sé si decir que dejé el carnaval aparcado o, más propiamente, que el carnaval me dejó aparcado a mí. Pero sea como fuere, reanudé mi actividad estudiantil y me enclaustré durante varios años. Y tengo que decir que no me siento especialmente orgulloso de ser licenciado en Filosofía, porque una carrera la saca el más tonto (de hecho, yo conozco a más tontos con carrera que sin ella). Pero estudiar, por el gusto de estudiar, como un fin en sí y nunca como un medio, es una de las actividades más nobles y elevadas que puede realizar el ser humano.
Desde que escuché Los Mandingos me di cuenta que yo quería ser comparsista, para desgracia de mis padres, que eran gente de bien y no me enseñaban esas cosas. Pero igual que hay gente que quiere ser militar y defender a España de los moros malos, yo quería ser comparsista, tener el pelo largo, hacer posturitas en un escenario, ligar con pibas de barrio (que entonces eran las que más tragaban) y ganar mucho dinero. La vocación es la vocación.

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