Archivos del Mes para Marzo, 2009Pag 2 de 3

Yo parí a Juan Carlos Aragón (VI)

YO QUE TÚ NO LO HARÍA, FORASTERO

Un palo. El día después del cajonazo la depre me tuvo en la cama hasta por la tarde, que llegaron a mi casa el Yuyu y El Libi, que también se habían quedado fuera de la final, con media botella de anís.

Siempre he tenido la consigna de que, para que un tipo tenga éxito -especialmente en chirigotas- debe representar personajes con los que el mayor número posible de personas se sienta de algún modo identificado, por obra u omisión. Y si se hace evocando los grandes mitos de la infancia, mejor. Y eso es lo que me propuse cuando diseñé el tipo de ‘Kadi City, Ciudad sin Ley’. Los duros pistoleros de los clásicos westerns han formado parte de la memoria cinematográfica de casi todo el mundo. Y yo tenía especial predilección por el más duro, noble y legendario de todos: Wyatt Earp. En un principio, como se trataba de una chirigota, pensé en orientar el tipo en la dirección del duro cómico de las versiones “spaghetti”, a lo Terence Hill o Bud Spencer, y la titulé ‘Le disían Trinidad’. Pero como estos personajes eran excesivamente mamarrachos y ya parodiaban a los legendarios, entendí que tendría más efecto parodiar a los propiamente legendarios; y así, el contraste entre el tipo implacable y duro y su versión chirigotera podía resultar más interesante, más si tenemos en cuenta que la mayoría de los miembros de aquel grupo solían llevar siempre tal cara de carajo que daba hasta miedo. Y eso hice y así salió de bien.

Aunque a todo el grupo le gustaba mucho la caracterización del tipo y lo que fui trayendo de repertorio, la verdad es que, hasta bien poco antes del concurso, no estábamos muy animados, precisamente. Una noche, llegó al ensayo por sorpresa una caterva de entendíos, encabezada por El Melli, que nos había grabado el año anterior. La chirigota, en vez de intimidar a los entendíos como Wyatt Earp, se sintió intimidada por los entendíos, y cantó sin confianza. Entonces, los entendíos aconsejaron a El Melli que no nos ofreciera más de dos pesetas por grabar, “que esto no era Los Guiris”. No hubo acuerdo, y nos quedamos con la cara un poco rota. Creo que El Melli se arrepintió más que nosotros de no haber hecho la grabación, y que, a partir de ese año, cambió a su Delegación Carnavalesca de Entendíos.

Pero otra noche, llegaron las cámaras de Canal Sur, con Barragán y Casal, para realizar una previa de la retransmisión de las semifinales. Y se rieron tanto que hasta nos lo creímos (falta nos hacía, la verdad). Entre eso y el pelotazo que dimos en el ensayo general del Club Náutico, que era el termómetro de la parrilla de salida durante aquellos años, llegamos al Falla con la confianza suficiente y necesaria en estos casos.

El pasacalles hacia el Teatro ya olía muy bien. Y solamente con aquella presentación, el público se nos entregó por completo y ya no nos abandonó durante todo el año. El éxito iba siendo tan rotundo que prácticamente nadie dudaba de nuestra presencia en la final, como mínimo. Pero yo, para bien o para mal, siempre he tenido gatitos en la barriga. Y cuando, la noche de los cuchillos largos de aquel 1997, llegamos a la escalera de la Facultad para escuchar los que pasaban a la final, le dije al colega que llevaba el coche que siguiera un poquito más pa’llá, que no nos quedáramos ahí, que no quería que la gente nos viera llorar. Y menos mal. Cuando el jurado dio su veredicto se nos paralizó el cuerpo y alma. No dijimos nada. Ni siquiera el lógico suputamadre. Nos fuimos. Me acosté. Confieso que derramé lágrimas de impotencia, sobre todo porque a mi Wyatt Earp gaditano le había cogido un especial cariño.

El día después fue el primero en que falté al trabajo. La depre me tuvo en la cama hasta bien entrada la tarde, que llegaron a mi casa el Yuyu y el Libi, con media botella de anís y mejor ánimo que yo. Ellos también se habían quedado fuera con ‘De plaza en plaza’ y ‘Sevilla tuvo que ser’. Como los dos son dos tíos con bastante humor y podía compartir con ellos el desconsuelo, me fui tomando el palo de otra forma. Eso no evitó que mis declaraciones a la prensa aquella tarde fueran explosivas, especialmente contra El Bambi, el mismo que dejó fuera a ‘Los tintos’. Con el tiempo comprendí que debía controlar ese tipo de declaraciones porque, aunque fueran sinceras, no son políticamente correctas ni carnavalescamente convenientes. Hay que fingir indiferencia para que tus rivales y enemigos no celebren tu derrota más aún.

Ni que decir tiene que el éxito en la calle curó por completo mi herida. Recuerdo el lunes de carnaval que, subiendo Javier de Burgos en dirección Torre Tavira, me dijo Lali: “Quillo, mira patrás”. Nos seguía una marea humana que ni las primeras manifestaciones de Astilleros. Dicen que los premios que te da la calle valen más que los que te dan en el Falla. Yo puedo asegurar que eso es cierto. Pero no debe enterarse nadie, porque si un año el jurado tiene dudas, puede agarrarse a esta confesión y decidir así: “Po entonces, yo le doy el premio a esta gente y la calle que te lo dé a ti, picha”. Y tampoco es eso, que el reconocimiento oficial de la academia también lo queremos todos.

Ese verano fue el primero que nos tiramos de gira casi por entero. Lo pasábamos igual de bien con el éxito de nuestras actuaciones como con el cahondeíto del autobús. Y cuando llegábamos a Cádiz a las tantas de la madrugá, nos íbamos al Telescopio a hartarnos de alitas de pollo y a tomarnos dos o tres vasos más, con lo cual empecé a plantearme que si mi afición al carnaval era real o si mi afición real era más bien escaquearme de mi parienta el mayor tiempo posible.

El único gran parche de aquella temporada fue el final del grupo, aunque me resultó tan chungo que no sé si sacarlo a la luz. Mejor me lo pienso y, si acaso, lo cuento mañana.

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (V)

EL OTRO PEASSO DE CORO

Giro. Decidí tomarme más en serio mi vida y también el Carnaval, así que inauguré oficialmente mis cambios de grupo, me casé y experimenté la sensación de pasar por primera vez a la gran final.

Cuando empecé a tomarme el carnaval más en serio, creí que debí tomarme también mi vida más en serio, porque lo que se hace en carnaval es un reflejo de lo que se hace en la vida personal, y lo de intentar pegarle al Bambi fue un bochorno. Se lo merecía -aún lo sigo pensando-, pero no está bien dar un escándalo por un tío que parecía la versión viñera del de en medio de Los Chichos. Lo malo era que yo no sabía cómo se tomaba la vida en serio. Y opté por lo tradicional. Me casé -qué concepto más cutre de la seriedad-. Y decidí que mis repertorios los debía afinar y dirigir un tío en condiciones, no como er Juaki. Y entonces me acordé del otro peasso de coro, el que formaban Cintado, Lampi, Carlos, Fali… , gente formal: no como Carmelito, Lolo, Calixto, Chico, Moi & company. Y eché mano de uno de los hombres que canta, toca, dirige y manda mejor en Cádiz: Vicente Lázaro (el Lali). Era la inauguración oficial de mis cambios de grupo, pero con una sustancial diferencia. De la poca gente de la que puedo presumir de haber conocido y haber mantenido una amistad real, más allá del carnaval, es de Juaki. Yo creo que incluso le hice un favor, porque Susana es mu buena tía y, lo que vino después, creo que no lo hubiese querido para su marido (ni para ella).

Siempre me llamaron la atención los rubios éstos que vienen en barco de Alemania, como López Romo, pero sin recortes del Diario; sobre todo, porque tenían una rapidísima facilidad para enamorarse de la más castiza de nuestras cosas. Y como los gaditanos siempre nos hemos llevado tela de bien con el primer fulano que viene de afuera, po decidí hacerle un homenaje a Los Guiris. Además, llevaba un grupo que, aunque cantaba bien, era lo suficientemente malage como para parodiar a un grupo de extranjeros.

Lo primero que hice fue engolfar a la gente con el pasodoble. Me lo hizo Paquito Campos (después hablamos de eso). Y luego con el cuplé. El tercero que me salió fue el de los gentilicios; sí, hombre, ese que terminaba con lo de “y los de Sevilla son…”. Al personal le fue gustando mucho el repertorio que fui trayendo (o eso me parecía a mí); y todos los días de ensayo eran como irse de camping: teníamos un local -por llamarlo así-, junto a la Peña Enrique el Mellizo. Hicimos un escote y compramos un campinlú para poder ver cuando cambiábamos la cejilla de traste. Una noche, el temporal inundó de agua y barro todo aquello. Pero, al menos, las ratas dejaron de venir. Cuando, después, te piden que vayas a presentar el carnaval de Cádiz en Madrid, tú dices pa ti: -”esto, más vale que me lo calle y me dedique a cantar, porque este carnaval es más real que el que sale por la tele”.

Pero al margen de estas cuestiones extraconsistoriales, la verdad es que yo estaba tó orgulloso de mi chirigota y, especialmente, de mi pasodoble. Y un día hicimos un ensayo general en el Club Náutico. Todo salió mu bien. Pero algo, en mis internos abismos interiores, me decía que no, que sobrevolaba un marrón sobre mi chirigota que no me lo creía ni yo. Y el día después de aquel ensayo, me colé con mi mujer en El Tascón del Chimi, espontánea taberna de semanita de carnaval en diagonal con El Manteca. Recuerdo que me quité el abrigo y pedí dos cervezas. El Chimi parecía que me estaba esperando. Me dijo: -”anoche os escuché en el Náutico; tá güena la chirigotita, lo que yo te diga, eh. Pero, ira, ira, escucha esto”. Y apretó el play de un radiocasete antiguo desde el que empezó a sonar el pasodoble de Los Cristobalitos. ¿Es difícil hundirse en un taburete? Pues yo lo hice, querido lector. No se parecía. El principio, el trío y el final eran idénticos. Si quiero hacer un plagio no lo hago mejor, no se puede. Maldita sea.

Me reuní con mi chirigota, y me comprometí a llevarle un pasodoble y seis textos nuevos (faltaba sólo una semana para el concurso). Ellos dijeron que no, que si yo no lo había hecho con mala intención, que palante. Pero no se trataba de ir palante, sino de ir bien. Había sido un rumor que había comentado todo el mundo. Ya se sabía lo de aquella similitud. Paquito Campos me llamó y me dejó un mensaje en el contestador: -”¿a medias?”-. Es broma. Hay veces que el inconsciente te hace putadas de este tipo. Jamás había oído ese pasodoble. Mi padre sólo trajo a mi casa la Antología de Paco Alba y una cinta de cromo, por una cara ‘Los Golfos’ y por la otra ‘Los Arrabaleros’. Ese día maldije las veces que entré en los chiringos de La Palma y la Rosa, donde, seguramente, una mala noche me grabaron en el alma aquella preciosa melodía.

Pero, para colmo de males, pasamos a la final (la primera de mi vida). Y puedo jurar que, esa tremenda sensación, no se la deseo ni al mejor de mis amigos. También bajo el pórtico de la Facultad, bajo una ininterrumpible lluvia, se oyó el nombre de mi chirigota. Sólo recuerdo que salté sobre el Lali, y que llegué a mi casa borracho y descamisado, algo sólo comparable a, cuando el año de Araka, escuché el nombre de mi comparsa… bajo el arco de San Rafael… y con la misma lluvia… y sin Lali… pero con Catusa…

Yo no sabía lo bonito que era pasar a una Final. Hasta cierto punto, fue casi la última vez que sentí aquella sensación; las finales que vinieron después (que no fueron pocas) ya no me supieron de la misma forma. Tiene que ser algo así como cuando te desvirgan, ¿no?

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (IV)

QUÉ GUAY, PICHA

Idea. En 1995 saqué ‘Los tintos de verano’, una chirigota que llevaba implícito un mensaje subliminal muy borde contra la primera estúpida generación de la degeneración, la del botellón.

Yo tengo un primo surfero que es mú gracioso hablando. Y en un contagio gramatical, de pronto me vi en una noche de Conil, antes de que pusieran las horribles carpas, en un bar de copas, aporreando dos barriles que había en la puerta, con las venas de la garganta henchidas de no poder reír más, y con mi novia mirándome como si yo fuera un higo chumbo; y me gritaba -”pero, quillo, ¿qué te pasa?”.

-”Fuimo a vé un conssierto a puertoreá, sabeloquetedigo, notedigoná…”, le dije. Ni medio me entendió, pero le gustó mucho. No hacía falta ni tipo. Los 12 éramos 12 tintos de verano, cantando un poco menos mal que el año anterior pero con menos vergüenza. Pero, ante todo, ya dispuse ante el gran público mi primera declaración personal de principios, empezando por el pasodoble del barrio, hasta el cuplé del ridículo del cartel del carnaval, pasando por el antimilitarismo de los Cuarteles de Valerita.

Lo que estoy contando no es ninguna tontería. Yo tenía 27 años. Estaba dando clases de Ética y Filosofía a los hijos de los militares del Instituto Wenceslao Benítez de La Carraca. Mientras yo hacía el chorra en el Teatro, los padres de mis alumnos se preguntaban ante la tele ¿er corgao éste es el que le da clase a mi hijo?

No obstante, ‘Los Tintos’ llevaban implícito un mensaje subliminal y muy borde contra la que yo vi como primera estúpida generación de la degeneración, la del botellón. Y si repasáis, es una enorme crítica a la forma de tomarse los fines de semana y el verano por la que optó aquella juventud y las que le sucedieron.

Pero como sabíamos de lo que estábamos hablando, montamos una pequeña carpa con tienda de campaña y vespino incluido sobre las tablas del Teatro. Er juaki aporreaba una neverita a modo de timbal, mientras yo punteaba las notas iniciales del “Voy a pintar, las paredes con tu nombre, mi amor”. Con el primer pasodoble, la gente se quedó un poco como así. Pero, cuando cantamos el segundo, dedicado a las horteradas de nombres que ponen los padres a sus hijos, y dijimos lo de “Cristians + cabessa qué”, el teatro rompió en una carcajada de las que te hacen sentirte enormemente orgulloso de ser chirigotero. Por eso, cuando la madre de mi hijo decidió ponerle al niño juancarlos, a palo seco, suspiré (al menos, cuando lo llame, no me mirará la gente).

Lo que vino después fue una orgía de risas y aplausos. Menos el jurado, todo el mundo lo tenía muy claro. Incluso Rafael Izquierdo, volvió a intentar un relanzamiento internacional al mundo de la música con mi chirigota. Pero pasó que, de las mil cintas que nos prometió, una parte importante las editó con el contenido de ‘Los Principiantes’ que, por lo visto, estaban vendiendo menos de lo que él calculó, y las metió dentro de las carátulas de ‘Los Tintos’. Creo que, más bien, fue debido a un fallo de enmaquetación. Nosotros cumplimos con nuestra parte.

La noche de los cuchillos largos, er Juan hace la primera de sus macarradas en el Teatro; todos me vieron, aunque yo sabía que todos me estaban viendo. Yo, como un imberbe aspirante, estaba sentado en la escalinata de la Facultad esperando que nombraran mi nombre… Y no lo nombraron. La, por aquel entonces, mi novia, tuvo la habilidad de darme una palmadita en el hombro y decirme -”tranquilo”. Si El Bambi, llega a salir por la puerta de alante, hoy, probablemente, estaríamos hablando de uno de los bigotes que sirven para echar el cerrojo del Bar Ducal.

Al final tó se pasa. Hicimos otro carnaval memorable en la calle, cantando un poco peor que el año anterior, que ya es difícil, y llenando las esquinas de la Viña y las escaleras de Correos; cuando a aquellas escaleras se subían las buenas chirigotas, no como ahora, que pasa al contrario, joder.

Y ya empecé a darme cuenta de que un exceso de localismo en los repertorios, se agradece en el Teatro pero se paga en verano. Así que, inconscientemente, fui abriendo los libretos de modo que fuesen más inteligibles en la orbe planetaria que en la esquinita de El Manteca. El cuplé del cura y el mangüiti ya no se cantó más, y, antes de interpretar el popurrí, procurábamos que el chorva de los madriles supiese cómo eran los conciertos de Puerto Real y las Barbacoas de nuestro Trofeo, esas que la alcaldesa se ha empeñado en quitar de en medio (que pa lo que son ya, tampoco va a haber una revolución en su defensa).

Nos dieron el Premio Cajonazo, el oficial, el que concedía entonces la Peña de la Tertulia. Yo llegué tarde y me lo recogió er Juaki. Me lo puso en lo alto de un R-5. Yo me lo llevé a mi casa sin saber si me tenía que sentir un héroe o un pringao. Pero cuando el segundo sábado de carnaval, en la Marisquería Baro, ofrecimos el repertorio y el público hizo a coro el consabido “jurado, cabrón”, mi padre le dijo a Alberto Ramos Santana, -”¿has visto?: por eso yo nunca sería jurado”. Alberto, como el que no quiere la cosa le dijo algo así como -”po mira, yo he sío el presidente y a mí nadie me ha dicho ná”. Y mi padre lo remató así: -”No es que no te lo hayan dicho, es que tú no tá querío enterá, que es otra cosa”-.

El Calixto se rompió una pata (qué mala pata) y tuvo que actuar tras un atril que simulaba la barra de un bar de Los Caños. El atril lo hizo mi primo. Mi primo iba a salir en ‘Un Peasso Coro’. ‘Un Peasso Coro’ ensayaba en El Avante. El Avante fue mi primer equipo de fútbol. El fútbol vale mu caro. Caro es un personaje del que ya hablaré. Y hablaré es el futuro imperfecto de lo que voy a decir mañana… Pero qué guay, picha.

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (III)

COMO LA TORRE DE PREFERENCIA

Poca vergüenza. Muchas veces me han preguntado cuál ha sido mi mejor grupo. Y en ocasiones he respondido que el de ‘Un peasso coro’, porque es muy difícil llegar tan lejos cantando tan mal.

Y aquí aparece ya el juancarlosaragón en estado puro que yo parí, el salvaje que con los años intenté refinar. Aun nacido de mí, me fue muy difícil educarlo, porque el cinismo y la hipocresía de nuestro sistema social no terminaron nunca de convencerlo. De hecho, cada vez que me doy la vuelta, aparece el macarra que llevo dentro y que no soy capaz de domar ni yo mismo que lo he parido.

Con el primer peasso del coro del que os hablé, ya había mantenido conversaciones para sacar una chirigota gamberra que liberara todas las tensiones contenidas en los añitos atrás. Y durante la Semana Santa de 1993, se produce uno de los mayores puntos de inflexión de mi vida. Para variar, me encontraba en el mítico camping del Camaleón, en el corazón de los Caños de Meca, en compañía de mi amigo Marco El Negro. Bajamos a pescar a la playa del Pirata. Lanzamos las cañas el Viernes de Dolores y las recogimos el Miércoles Santo antes de que saliera La Sentencia. Pero al recogerlas habíamos enganchado algo con lo que no podíamos, algo enorme. Y nos preguntamos: “¿Será un moro ajogao?”. Y, de modo repentino, cogí la guitarra e improvisé aquel “Moro, que te viene en patera”, que era un pasodoble solidario en vez de xenófobo, aunque jugara con el humor más negro. Y de ahí surge el repertorio de mi primera chirigota “de verdad”. La dirección correría a cargo del único espécimen carnavalero que podía seguirme en aquellas infantes y terribles gamberradas: Joaquín Revuelta, Er Juaki. Mi sintonía con él era tremenda. De hecho, fue mi Fidel para recuperar nuestra Isla del Carnaval, hasta entonces en manos del imperialismo corista.

Tanto era así, que nuestra primera intención fue salir de macarritas nonainos de Cai. La chirigota iba a llamarse ‘Yo te ví disí mi verdá’. Pero cuando nos enteramos que Selu Cossío sacaba ‘Los Titis de Cai’, entendimos que era un suicidio presentarnos con el mismo tipo que el Fletilla de la época. Y fue el propio Juaki, una noche en la Alameda, quien me susurró: “quillo, los coros”. Y ya lo vi claro. El célebre Carmelo, con su habitual lucidez conceptual, clavó el nombre: ‘Un peasso coro’. Y nos pusimos manos a la obra, entre la ilusión de la mayoría y el escepticismo de otros que abandonaron antes de embarcar.

Teníamos ganitas de parodiar el mundo del que habíamos escapado, pero sin saña ni malos rollos, con el sentido del humor más noble pero, a la vez, intencionado, pues bastante bien sabíamos lo que decíamos.

Y empezamos a ensayar con ganas, aunque sin disciplina (como se hacen las nobles gamberradas). Y recuerdo con especial cariño, aquella mañana en la ducha en la que, hastiado del paro y las pésimas perspectivas laborales que tenía, blandí solemnemente la segunda parte más importante de mi cuerpo y me dije: “Éste no me lo quita nadie, lo voy a hacer famoso”. Y así se inaugura la corriente fálica de mis cuplés, algo que será una constante en mi obra, como mi tierra, mi suegra, mi guitarra, mi hijo, mi particular religiosidad y mi antimilitarismo.

Aparecimos en el Falla con mu poca vergüenza. El tipo era, mitad emprestado de colegas coristas, mitad malcosido por nuestras viejas: en total, doce euros y medio de las futuras pesetas. Y cuando empezamos a cantar la presentación, el Falla empezó a reír tanto que, hasta los que estaban en la barra, dejaron la copa y se volvieron para escucharnos. Además, recuerdo que actuábamos dentro de la franja horaria del 27-E, huelga general; y que el segundo cuplé fue una afortunada y también fálica alusión a la casualidad de actuar aquel día a aquella hora. Entre eso, el popurrí y el simpático descaro que mostramos en escena, caímos tan en gracia (que es más importante que ser gracioso) que, por méritos propios, pasamos a semifinales. Cuando el jurado dio el veredicto, estábamos todos en la Plaza Fragela, y lo celebramos como si hubiésemos ganado Eurovisión. Imaginaos. Para nosotros, entonces, era como tocar el cielo con las manos.

Las semifinales ya las hicimos con más confianza, y fuimos a más por actuación; tanto, que hasta se especuló con la posibilidad de que entrásemos en la final. Por eso, la mañana de la noche de los cuchillos largos, fuimos a la calle Zorrilla a preguntarle por nuestras posibilidades a Julio Pardo, porque nos habían dicho que este tío era un mafioso y que sabía tela del rollo. Él, simplemente nos dijo: “La chirigota ha caío mu bien; lo mismo estáis, lo mismo no”. De su sabia sentencia, yo recogí la última parte. Y no me hice ilusiones. No hacía falta. Había salido todo mejor que si lo hubiésemos pintado nosotros. La calle después fue nuestra, muy nuestra, y la semana de carnaval también. Quién me iba a decir a mí que eran mis primeros años de carnaval y a la vez los últimos (el carnaval para mí era la calle, la puta calle de ‘Los Parias’).

Muchas veces me han preguntado cuál ha sido mi mejor grupo. Y en ocasiones he respondido que el de ‘Un peasso coro’, porque es muy difícil llegar tan lejos cantando tan mal. Pero en carnaval, aunque no se premian, también se valoran actitudes como la que nosotros mostramos aquel año.

La guinda la puso el fetichismo de la canción grabada. A cambio de 500 cintas -la mitad grabadas sólo por una cara- Don Rafael Izquierdo nos lanzó al mercado discográfico internacional. La pena fue que, como este hombre no declaró un puto duro en la SGAE, le cerraron el chiringuito por orden judicial, y las chirigotas modestas nos quedamos a expensas de otros como él.

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (II)

DOS PEASSO CORO

De chirigota a coros y viceversa. Tras aparcar el carnaval, o ser apartado por este, me marché a estudiar a Sevilla, pero al volver, parado, me metí en el coro de mi amigo Rafael Llompart.

Pues, la verdad, es que hay veces en la vida en las que merece mucho la pena dar un paso atrás para poder dar luego cuatro adelante. Y eso fue lo que hice. No sé si decir que dejé el carnaval aparcado o, más propiamente, que el carnaval me dejó aparcado a mí. Pero sea como fuere, reanudé mi actividad estudiantil y me enclaustré durante varios años. Y tengo que decir que no me siento especialmente orgulloso de ser licenciado en Filosofía, porque una carrera la saca el más tonto (de hecho, yo conozco a más tontos con carrera que sin ella). Pero estudiar, por el gusto de estudiar, como un fin en sí y nunca como un medio, es una de las actividades más nobles y elevadas que puede realizar el ser humano.

Además, a aquellos años de formación académica, le acompañaron otras formaciones no menos importantes para mi futuro. Me apasioné por la música clásica en general, y por las canciones de Silvio Rodríguez, en particular. Me sumergí en el delirio de los grandes poetas, especialmente en las obras de Neruda y Benedetti. Y, por mi parte, para dar salida a mi excedente de creatividad, me dediqué a escribir y componer cosas que sólo veían la luz en bares malos y veladas privadas con los colegas. Independientemente de su valor, estos trabajos desinteresados me dieron mucho oficio y consistencia para volcarme y volcarlos luego en el mundo del carnaval, al que seguía con la misma pasión, aunque fuera desde Sevilla. Estuve muy atento al despegue de Martínez Ares, que fue devolviéndome la ilusión por la comparsa, por su estilo juvenil, valiente y renovador. Y durante la semana de carnaval, me dedicaba a seguir a mi prima Pili, que salía en la chirigota de Emilio y el Gómez, los dos mejores cupleteros de la historia del carnaval. Y de ellos aprendí (mamé) el logos del cuplé, que luego desarrollé en mis mejores años de chirigota (he dicho de chirigota; en comparsa, el cuplé ni merece la pena intentarlo: los comparsistas se la dan de artistas).

Y cuando acabé la carrera, como estaba parao, po otra vez caí en la tentación de salir en carnaval. Pero, como debido a mi pasado negro, tenía complicado conseguir un grupo propio, no tuve mejor idea que integrarme en un coro recién parido por mi amigo Rafael Llompart, en el que cantaban varios colegas del colegio. Corría el 1992, aquel año en que, para dotar de infraestructura a Sevilla, se inventó el mamarracho de la Expo, dejando hipotecada al resto de Andalucía. Cuando entré, ya había empezado a ensayar. Se llamaba ‘Estamos en Babia’, y nunca supe qué carajo tuvo que ver ese nombre con el tipo de babilónicos galácticos que sacamos. A mí me habían dicho que las pibas se volvían locas con los coristas. Po sería con los del coro de San Francisco, porque yo no me comí ná (el vestuario y las voces también espantaban un poco, todo hay que decirlo). Yo colaboré haciendo la letra, sólo la letra (lo demás no fue responsabilidad mía). Y el balance fue muy positivo: actuamos en semifinales (porque ese año no hubo preselección, claro está) y pasé un carnaval de los mejores que recuerdo.

Y como los mu pringaos nos creíamos con futuro en el mundo del coro (eso es muy común en el mundo del coro), decidimos sacar otro, pero de guapos, de húsares: ‘El Danubio Azul’ (que más que azul debió llamarse Morao). Aparte de no pasar preselección, hicimos una batería de carruseles digna de la retirada de la subvención municipal. Ahora, eso sí: en la carpa no había tíos más borrachos que los 45 de nuestro coro. Eso es carnaval ¿no? Y, encima, ese año sí ligué. Ya iba consiguiendo alguno más de los objetivos que me había marcado en carnaval. Me faltaba el dinero. Y también llegó.

Cuando se nos pasó la resaca del carnaval, y la primavera nos devolvió la cordura, entendimos que era un gesto de honestidad ciudadana disolver el coro y que, en lo sucesivo, cada uno tirara por su lado. Y así se hizo. Y como había fondo (no sé de donde coño salió), repartimos diez talegos para cada uno: una fortuna. Llegué a mi casa, y vacilándole a mi padre con las diez lechugas en la mano, le dije de sopetón: -”lo que yo te diga: cuando yo sea mayó viá viví der cannavá”-. Mi padre, ni me miró. Se lo comía la envidia: él sólo era capaz de ganar dinero trabajando.

Y también tengo que reconocer que el mundo de los coros me abrió los ojos y me alumbró mi auténtica vocación oculta, la de chirigotero. Comparto con mi admirado Selu García Cossío, que los mejores tipos de chirigota son los que parodian a la fauna humana en su estado puro. Y el corista representaba un arquetipo ideal con el que recrear mis más emergentes inquietudes chirigoteras.

Y de esos coros, llenos de gente muy válida e interesante, yo saqué Dos Peasso Coro. Con el primer peasso, hice mis dos primeras chirigotas; y con el segundo peasso, la tercera, la cuarta y parte de la quinta.

En carnaval, algunas veces me he encontrado con gente realmente aficionada y con un punto de altruismo muy considerable. No son muchas pero, las que lo han sido, merecen toda mi admiración y respeto. Son gente que no gana más que disfrutar con su afición y, en ocasiones, aunque ellos queden en el anonimato, hacen posible que otra gente pueda abrirse paso y llegar a todo lo alto que sus capacidades le permitan. Por eso, quiero levantar mi copa por Rafael Llompart, auténtico motor de aquellos dos coros que me abrieron el camino en mi andadura más firme por este mundo del carnaval.

Por cierto, ¿por qué a este mundo del carnaval muchos tíos mamones le llaman simplemente mundillo?

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (I)

CON LA ILUSIÓN DE SIEMPRE…

Primeros pasos. Después de escuchar a ‘Los mandingos’ me di cuenta de que quería ser comparsista. Y en el año 1983 escribí mi primera comparsa juvenil, ‘Los contrabandistas’

..comparsa. Con este verso -por llamarlo de algún modo- empezaba el primer pasodoble que escribí para la, también, primera comparsa que llevé al Falla.

Desde que escuché Los Mandingos me di cuenta que yo quería ser comparsista, para desgracia de mis padres, que eran gente de bien y no me enseñaban esas cosas. Pero igual que hay gente que quiere ser militar y defender a España de los moros malos, yo quería ser comparsista, tener el pelo largo, hacer posturitas en un escenario, ligar con pibas de barrio (que entonces eran las que más tragaban) y ganar mucho dinero. La vocación es la vocación.

En 1981, por mediación de mi tío Antonio y de Aurelio del Real, escribí por encargo un pasodoble dedicado a Félix Rodríguez de la Fuente, para la comparsa Gallos de Pelea. Pero me dijo mi tío que no escribiera más, que el letrista le había cambiado dos frases y lo había presentado como suyo. Yo lloré como lo que era, como un niño, como Pedrosa pero sin moto; y exclamé: “¡po dile al letrista ése, que cuando yo sea mayó le viá hasé unos cuplé que se va a enterá!”. Aquel letrista resultó ser Joaquín Quiñones, y aunque lo de los cuplés parezca la venganza del Conde de Montecristo, la verdad es que fue sucediendo cada año por pura casualidad. No soy rencoroso. Y, además, en carnaval es muy normal que determinados autores firmen obras que hacen otros. Así que, desde antes de empezar, ya empecé a darme cuenta de cómo se movía esto.

Y corría el año 1983, cuando me lié la manta a la cabeza y escribí mi primera comparsa, juvenil por supuesto: Los contrabandistas (suscohoneahí). No era buena, pero sí graciosa. ¿No os habéis fijado nunca en algunas comparsas que vienen de vez en cuando de un pueblo de la sierra, y hay un tal Ambrocito que hace la letra, la música, la dirección, el contralto, va en el centro y se pega un solo en el popurrí? Po ahí estaba er tío, yo, el Ambrocito de Cai. Fue muy fuerte. No pasamos a la final, en el Falla sólo aplaudieron mis padres, no nos contrató nadie, no vendimos ni un libreto… pero me eché novia. Y, además, tuve el honor de debutar justo delante de Agua Clara, el día de la famosa descomposición de la célebre burra. Antonio Martín, que además de mi gran ídolo era amigo de mis padres, me vio nervioso y me animó diciéndome: “ánimo, pibe, igual que en un ensayo”. Y eso fue lo malo, que lo hicimos igual que en un ensayo… y así salió. Pero vaya, de tó se aprende en esta vida. Lo mejor es que yo, en el colegio, tenía fama de empollón y nunca había sacado ningún cate. Y en esa evaluación saqué cinco de una tacá. Y digo “lo mejor” porque gracias a esa comparsa me quité la fama de empollón. Los buenos comparsistas no pueden ser empollones. Y yo quería ser comparsista, ea.

Lo del año siguiente fue peor. 1984. Comparsa juvenil Juerga. Bueno, lo de juvenil era como cuando en los mundiales sub’16, los chavales de Camerún vienen ya con los nietos y tó, po igual. Cambié a más de medio grupo (eso ya lo llevaba en la sangre desde chico), y creo que hice una de las peores comparsas juveniles de los años 80. No había por donde cogerla. Para colmo, Pepito Berenguer nos dio la ropa una hora antes de actuar, y al contralto lo arrestaron en la mili ese mismo día. Quedamos los últimos y fue la primera vez que insulté al jurado (encima, echando cojones). Lo de Los contrabandistas podía perdonárseme porque fue la novatada; pero en Juerga ya sabía algo del rollo, y no había perdón que valiese. Nunca comprenderé como hay autores que, ni con el tiempo, reconocen que también han sacado grandes mojones, así, con m. Se admite y no pasa nada, que no todo el mundo puede ser Julio Pardo.

Pero como no me quedé contento con estos dos añitos, me dije: “enga, Juan, que a la tercera va la vencida”. Y, efectivamente, a la tercera… me di por vencido. Yo no admitía lo expuesto en el párrafo anterior. Pensaba que había sido mala suerte, que una mano negra nos perseguía, que si el jurado cabrón, que si la Reina Sofía y los muertos de Panini. Entonces, volví a cambiar de grupo y me hice de un personal que cantaba como los ángeles. El repertorio, esta vez sí, apuntaba alto. El Memi, que era uno de esos chavales, hoy aún recuerda y canta el pasodoble de aquellos Mercaderes de Venecia que nunca llegaron a salir. No se llevaban bien. Se pelearon entre ellos, se deshizo la comparsa y la mayoría se fue con Filibusteros, a la postre primer premio de aquel año.

Para rematar el gusanillo, decidí, con la gente del barrio, hacer una chirigotita, pero de adultos. 1985, Los Tartajas Tajarinas, que tenía feo hasta el nombre. Fue apoteósico. No nos abuchearon porque, por aquel entonces, cuando llegaba una chirigota como esa, te permitían irte al bar a fumar y a anestesiarte; si no, nos tiran algo. Evidentemente, no pasamos preselección y quedamos cuartos por la cola (no entiendo cómo hubo ese año tres chirigotas todavía peores).

Había perdido a mi novia. Había tirado el curso por la borda. Me habían expulsado una semana del colegio. Cuando hablaba de carnaval en mi casa, todo el mundo cambiaba de tema. Mis vecinos procuraban no coincidir en el ascensor conmigo. Llegué a cuestionar mi sexualidad, incluso. Una catástrofe descomunal en plena adolescencia. Menos mal que una tarde en la playa se me apareció San Juan Bosco y me dijo: “Juan, con lo que tú vales pa los estudios, ¿por qué no vuelves a coger los libros y deja de momento los libretos para el que los sepa hacer mejor que tú, en, picha? Mañana sigo.

Diario de Cádiz