Yo parí a Juan Carlos Aragón (XI)

LA CONDENA DE SER COMPARSISTA

Estreno. Cuando vi la oportunidad de darle vida a mi ilusión de pequeño, y encima con el grupo que más me había enamorado cantando en los últimos años, decidí aprovecharla al momento.

Ya te dije, querido lector, que mi ilusión gaditana era la de ser comparsista. Y el haber descubierto mi vocación latente de chirigotero, ni mucho menos empañó la otra, que, además, era anterior. Y cuando vi la oportunidad de darle vida a esa, hasta aún, frustrada ilusión, terminé prestándole el sí definitivo a ese grupo que, por otra parte, había sido el que más me había enamorado cantando en los últimos años. Con anterioridad, había tenido otras ofertas de grandes grupos, pero reconozco que éste para mí era algo especial. Y como lo de ser comparsista doy fe que es una condena, pues decidí debutar en comparsas bajo el nombre de ‘Los Condenaos’; tipo que, por otra parte, me parecía muy romántico y despechado, y me daba mucho juego para usar la dilogía que tanto me ha encantado en carnaval.

Había muchísima motivación por ambas partes. Ellos acabaron mal con su antiguo marido -17 años de matrimonio desgastan mucho-; y yo era un niño con zapatos nuevos. Era consciente de la responsabilidad tan delicada que asumía y de lo que me iban a exigir, pero me estimulaba tanto la quimera que sabía que no iba a defraudar. La motivación, al menos para mí, aumentó cuando cambiamos de local; del de ellos de siempre nos fuimos al coqueto salón vacío de la finca del Horno del Laurel, donde sólo encontraba aparcamiento Juan Fernández.

Ellos fueron recibiendo el repertorio con mucho agrado, y yo, por mi parte, me encontré con un grupo de gente mu currante y muy formal, con la que daba gusto trabajar. Y descubrí en Paquito Villanego -el caja- al auténtico motor y secreto de aquella forma distinta de hacer bailar a la gente. Aunque a propósito del repertorio, lo único que me costó fue que vieran el estribillo, que fue el que quedó al final. El día que lo llevé, algunos hasta se rieron como diciendo -”¿qué está haciendo éste?”-. Traje otros, algunos de cachondeo incluso, hasta que finalmente confesaron que se les había quedado el primero. Menos mal (suspiré).

Lo único que no me hacía ni mijita de gracia es que, en ocasiones, los veía excesivamente preocupados por lo que ocurría en la otra comparsa. Yo les insistía en que se centraran sólo en lo nuestro, que se dejaran de mirar para otro lado… pero qué va. Y lo malo es que era mutuo. Una vez dejamos entrar a las novias de algunos componentes de la competencia y, con grabadoras ocultas, nos piratearon el ensayo. Mu bonito, sí señor: primer encontronazo con Antonio (aunque no digo, ni mucho menos, que él tuviera la culpa). Fue la primera vez que empecé a darme cuenta que me había metido en medio de un fuego cruzado.

Poco antes del concurso obtuve una de las mayores satisfacciones culturales que me ha brindado el mundo del carnaval. Llegó hasta nuestro local de ensayo un equipo de reporteros del periódico Liberatión de París, símbolo de las vanguardias estéticas y sociales del periodismo europeo, para hacer un amplio y exquisito estudio sobre mi comparsa. Finalmente fue publicado dos sábados después en la página central del suplemento de cultura. La verdad, vanidades aparte, es que me sentí como un Jean Paul Sartre gaditano.

En el concurso, sabíamos que íbamos a gustar -y gustamos bastante-. Lo que pasa es que la comparsa de Antonio, evidentemente, también gustó. Y tras un casual empate técnico, el jurado decidió deshacerlo dándole dos puntos más a ellos. Po vale, po ná. Para el grupo, no sé; pero para mí, el segundo premio no fue ninguna derrota, sino una gran victoria moral: estaba debutando ante el número uno de aquel momento. De niño, jamás soñé que un día ganaría el segundo premio de adultos el primer año que presentaba una comparsa plena de autoría (sin desmerecer la chance de aquel grupo, por supuesto). Y, además, aunque sin cantar, conmigo sobre el escenario (bueno, encima)… ¡la madre que me parió! En qué mala hora se me ocurriría a mí salir ahí prestándome a que me pusieran la soga al cuello (ni tipo ni ná: qué fatiguita, picha). Y lo más gracioso es que, de vez en cuando me encontraba a algún pollo que me decía: “quillo, si yo me creía que a ti al final te colgaban…”. Así. Que se creía que al final me colgaban. -”Eso es lo que tú hubieras querido, mamón”-, pensaba yo pa mí, mientras que le hacía ver que, si me colgaban de verdad, hubiera tenido que venir el 061 y se habría formado un bochorno. En carnaval, hay gente a las que hay que explicarles las cosas así.

Tan contento me quedé, que al día siguiente me colé en la Plaza de San Francisco de Sevilla para el manipulado Festivalito de los cojones. ¡Qué glamour! Yo sabía que en comparsa se ligaba más que en chirigota, pero no tanto. Ya había estado allí con ‘Los Yesterday’, y na más que se nos acercaban angangos ofreciéndonos de su trócola. Pero esto era distinto, era superior. Desde aquel día decidí no dejar la comparsa, por lo que pudiera pasar.

Por el punto acomparsado que llevaron mis últimas chirigotas, muchos aficionados me preguntaban -”y la comparsa, ¿cuándo?”-. Po ya estaba ahí. Ahora me preguntan lo contrario. Como titula Silvio Rodríguez a una de sus más emblemáticas canciones, Debo partirme en dos. Y durante dos años me partí en dos… y bien partío.

Hay algo que nunca sabré. Yo me quedé muy satisfecho con aquella comparsa y aquel segundo premio, pero ¿y el grupo? ¿saboreó aquel éxito, o le supo más bien a derrota, teniendo en cuenta quien había ganado el primero? ¿Y si hubiera sido al contrario? Dicen que es más feliz el que con menos se conforma. Po yo, querido lector, ese año fui feliz: qué quieres que te diga…

Diario de Cádiz

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