Yo parí a Juan Carlos Aragón (X)

COMO TE COJA EN MI BARRIO

Doblete. Por primera vez saqué dos agrupaciones y en la chirigota surgieron los celos porque la comparsa pudiera atraer más protagonismo a causa del morbo que despertaba en el Concurso.

Yo reconozco que siempre he tenido un puntazo macarra, por estética, por principios y por rechazo a las formas sociales hipócritas y cínicas. Me gusta que los pavos y los pijos le tengan miedo a los macarras. Aunque cuando hablo de macarras, entiéndase, no estoy haciendo apología de un ladrón, un matón o un drogadicto. Me refiero al vacilón que le falta calle para andar, al que mira de frente a todo y a todos, al que tiene sus particulares y callejeros códigos de honor, y con el que no te puedes columpiar porque se te va al cuello: si te lo montas bien con él, te hace su hermano; pero si le das una puñalá trapera… “como te coja en su barrio, verá”. Y para los de nuestra generación, The Warriors se había convertido en otro mito juvenil que yo sabía que, antes o después, terminaría representando en carnaval.

Curisamente, ese convulso verano estuvimos más cerca de otro tipo: ‘Los carajotes’ (Ricardo Bofill Jr. y compañía, en una fiesta en el yate de papá). Pero teniendo en cuenta las características del grupo que llevaba, terminé viendo más apropiado salir de macarras en vez de salir de carajotes (lo primero era fácil; lo segundo iba a costar demasiado trabajo).

Los dos grandes problemas que teníamos ese año eran, por un lado, que yo, al no tener ya dedicación exclusiva con la chirigota, me sentía con menos potestad para imponer mis criterios, aunque los tuviese muy claros; por otro, Javi estaba nervioso porque temía que, el posible éxito de la comparsa, dejara a la chirigota en un segundo plano para los aficionados. Y no andaba muy descaminado. La comparsa había levantado más morbo y expectación. Y a veces notaba que, mi amigo Bohórquez, no sabía bien lo que quería (de hecho, el cuplé de ‘Los Condenaos’ es el que Javi rechazó para ‘Los Panteras’).

Ese año me di la paliza. No sólo tenía que escribir por partida doble intentado dejar contentos a los dos grupos, sin provocar recelos. También me repartía el tiempo de ensayo. Empezaba con la comparsa y en el descanso me iba con la chirigota. Y me sentía ya un poquito puta (honrada, pero puta).

No obstante, el grupo de la chirigota no había perdido su idiosincrasia, y en los ensayos siempre había ambiente de fiesta. Creo que nos metimos demasiado en el tipo (interprétese esto como se quiera). Y al igual que, en ese sentido, el tipo era muy agradecido, para escribir también me permitía muchas licencias: al ir de macarra, podía arremeter a mi forma y manera contra todos los estamentos y escalafones sociales que están desde la mitad hacia arriba. Así que, además de recrear las típicas macarradas juveniles ajenas y propias, también les di la del tigre a jueces, fiscales, políticos y beatos, y me quedé más a gusto que un cochino en un charco.

Es cierto que, durante el concurso, por la novedad, la expectación de mis aficionados se inclinaba ligeramente a favor de la comparsa. Pero la chirigota hizo un concurso muy digno. Aunque temíamos por la final, pasamos y nos dieron el cuarto premio, que nos supo a poco (pero más que por el premio en sí, por haber perdido protagonismo en favor de la comparsa). Y hablando de la final, confieso una anécdota. Si recuerdas, querido lector, yo iba en ‘Los Panteras’ de figurante, recostado sobre el tren, jugando a las cartas con un colega, y bebiendo moderados chupitos de Jack Daniel’s. Pero en la final, esa moderación la perdimos hasta tal punto que, la botella cayó antes de que se abrieran las cortinas, y tuvimos que coger otra de White Label. Para mi colega no había sido ningún problema. El problema era para mí que, a continuación, tenía que subirme en el patíbulo con ‘Los Condenaos’. Qué ratito pasé, primo. Menos mal que la mala cara iba con el guión, y que la impresión de estar ahí me fue quitando el vacilón en poco tiempo, porque si no, en vez de morir ahorcado podía haber muerto de un gran carajazo en lo alto del foso (con lo cual hubiéramos conseguido más puntos en tipo y nos habrían dado el primero, fijo). Pero, vaya, que estas cosas pasan en las mejores familias, sobre todo en carnaval.

Ese año la calle también estuvo muy de nuestro lado, especialmente por los niños, que se ponían pitosos con nuestras formas. Y es que, realmente, ése es un secreto a voces. El mejor termómetro para medir el éxito de una agrupación es la conquista de los enanos. Cuando ellos, con su inocente y rápida sabiduría, te aprueban cum laude, puedes estar convencido de que lo que has hecho merece la pena. Engatusar a los más pequeños es una de las satisfacciones más grandes que puede darte el carnaval.

De aquella chirigota me quedo con la música del pasodoble (para mí, de momento, la mejor que he hecho), con la forma de cantar del grupo (el mejor que he tenido en chirigota), con su forma de interpretar (que tampoco les costó mucho trabajo meterse en el tipo) y, de manera muy particular, con el monumental punteo que hizo Ismael a lo largo de todo el repertorio (para mí, el más completo de la historia). Confieso que en multitud de ocasiones he puesto el disco de ‘Los Panteras’ sólo para deleitarme con ese alarde de talento.

Después del carnaval, evidentemente, acabé muy cansado. El doblete me iba pasando factura (y más que me pasaría). Y yo ya empecé a viajar menos con mis agrupaciones. Tenía que recargar las pilas porque intuía que aún me quedaba mucha faena en carnaval, y que cada vez me iba a costar más trabajo, y que me iban a exigir más, y que tenía que estar fuerte para afrontar los próximos episodios. Y estaba en lo cierto.

Diario de Cádiz

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