Yo parí a Juan Carlos Aragón (IX)

NI ESTO ES FLAMENKITO NI ESTO ES NÁ

Jurado. A la final de ese año pasaron seis chirigotas y ‘Flamenkito…’ quedó en un extraño cuarto lugar. Y digo extraño porque fuimos séptimos todo el Concurso y nos metimos en la final a lo justo.

Después de la fatiga del año anterior, la verdad es que me costó un poco de trabajo arrancar. A mi favor tenía el estímulo de los benditos Yesterday; en mi contra, la losa de los malditos Yesterday. Sabía que, hiciera lo que hiciera, no competiría con las chirigotas de ese año, sino con los Yesterday. Esto es injusto y absurdo, pero cuando se gana un primer premio así siempre sucede.

Me hubiese gustado mantener el mismo grupo -por primera vez en mi vida-, pero está visto que en ese sentido estoy gafado, y hubo dos bajas. Uno se fue porque era demasiado listo, y el otro vio la tarjeta roja justamente por lo contrario. No obstante, siempre me alegré de que esto pasara porque, en su lugar, entraron dos de las mejores personas que han formado parte de mis agrupaciones. A uno, le deseo larga vida (Bernardi). Al otro ya no puedo (Selu Monzón). Con sus incorporaciones el ambiente del grupo mejoró bastante. Formábamos ya la mejor piña humana con la que he compartido ensayo y escenario: nos sobraba un reojo para entendernos, en todos los sentidos.

Como buen recién y alegre divorciao, me sentía tan libre y tan chulo como para salir de flamenco (otra de mis vocaciones frustradas). Pero escogí la corriente moderna de esta línea neocamaronera que ha terminado confundiendo a los neófitos sobre el auténtico flamenco. Aunque, en verdad reconozco que el tipo era una excusa para alisarme el pelo y menear la melena como Antonio Carmona: si yo hubiera sido una piba de esas de las que van detrás de los carnavaleros, me hubiese intentado enrollar al punta jurado. Y no es porque fuera yo, pero, estaba guapo, ¿que no, querido lector?

Me sentí más desinhibido que nunca componiendo el repertorio. Y la acogida del público fue estupenda desde el principio. Pero pasó algo raro, raro, raro… Era la campaña electoral de las Generales y Autonómicas del 2000. La última función de semifinales -en las que nos tocó actuar- coincidió con la víspera del día de Andalucía, por lo que, para los políticos, asistir esa noche al Teatro era una necesidad electoral. De hecho, los palcos estaban empetaos de soplagaitas de todos los partidos. Sólo faltó… la Teo. Y a su candidatura a la presidencia de la Junta en posible detrimento de la alcaldía que ostentaba, fue dedicado el segundo pasodoble. Y el pasodoble formó un señor revuelo. Contábamos claramente con el pase a la final. La Milagrosa de Martínez Ares, también. Y prefirió dejar su también duro pasodoble a la alcaldesa para cantarlo en la final. Flamenkito pasó y La Milagrosa se quedó fuera. Sigo. A la final de ese año pasaron seis chirigotas, y Flamenkito quedó en un extraño cuarto lugar. Y digo extraño, porque cuando se publicaron las puntuaciones, resultó que Flamenkito fue séptima durante todo el concurso, y el último día se metió en la final a lo justo. Y en la final, cantando peor imposible, escaló dos puestos más (no nos sabíamos ni las letras). Luego, alguien próximo al poder nos chivateó que la consigna era la siguiente: si Flamenkito o la Milagrosa guardan el pasodoble de la alcalda para la final, no pasan, que la final la ve todo el mundo y estamos en plena campaña. Nunca sabré si esto fue real o fue el rumor de un hijoputa malhablao. Pero, lo de Flamenkito y la Milagrosa, ¿no parece toda una obra de ingeniería política? Prefiero seguir pensando que no, y que todo aquello fue producto de esas extrañas casualidades que ocurren de vez en cuando en el Falla. Pero, vamos, de todos modos, ninguna de los dos agrupaciones actuaron ese año en la noche carnavalesca de la Gran Regata Cádiz 2000. Quiero pensar que eso también fue otra puta y extraña casualidad.

Conjuraciones aparte, ese año volvimos a disfrutar de un sinfín de actuaciones repletas de un gran directo y calurosas acogidas. Además, el grupo mejoró porque yo decidí dejar de cantar. Estaba cansao, y encima ya no llevaba la melena lacia. Y cada fin de semana ponía una excusa para no ir a las actuaciones: agmidalitis, gastroenteritis, conjuntivitis, fimosis… de tó. Hasta que decidí ser honesto y dejarle mi sitio al gran Julio Álvarez, y Manolo el Largo se lo dejó a Salvi (que entonces aún tenía algo de pelo).

Nuestra complicidad y amistad con el grupo de la Milagrosa era tanta que hasta planteamos seriamente la posibilidad de hacer un coro entre las dos agrupaciones para el 2001. Y lo que son las cosas. Del fraternal apretaero pasamos a la gran tormenta. Una tarde recibí una llamada de un miembro de La Milagrosa, comunicándome el divorcio del grupo con Antonio, y ofreciéndome la autoría de la comparsa para el año siguiente. Por una parte, me resultó incómodo; por la otra, muy tentador. Siempre me encantaron las voces de aquel grupo. Si decía que sí, podía provocar los celos de mi chirigota y la enemistad de Antonio -con quien no me unía una gran amistad, pero tenía buen rollo-. Si decía que no, podía estar desaprovechando una tentadora oportunidad para darle salida a mi alter ego, el de comparsista. Tardé dos semanas en pensármelo. Si, en vez de un gregario, hubiese sido el propio director quien me lo hubiera propuesto, me habría sido más fácil decidir. Cuando finalmente dije que sí, efectivamente, se encendieron los celos de mi chirigota y mi relación con Antonio empezó a rolar a mal y a cada vez peor. De lo que pasó después ya os contaré. Pero os adelanto que mi chirigota era mi esposa fiel, y la comparsa mi amante. Compartirlas era jugar con fuego, y a mí siempre me había gustado jugar con fuego. Y el que juega con fuego se quema…

Diario de Cádiz

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