Yo parí a Juan Carlos Aragón (VII)

¡AVE… SI CONVIAMOS!

Otro cajonazo. El hecho de llevar unos pasodobles de los mejores que he hecho en mi vida provocó que se nos mirase más como una comparsa que como una chirigota, lo que nos perjudicó bastante.

Al final, he decidido no contar cómo ni por qué se rompió el grupo de ‘Kadi City’, ya que, como dije ayer, me resultó mu chungo contemplar por vez primera hasta dónde puede llegar la neurosis y la histeria que se desata en mucha gente cuando, en una agrupación cualquiera, el director o el autor, decide prescindir de algunos componentes (he dicho, la primera: por desgracia no fue, ni mucho menos, la última).

Pero sí puedo decir que se renovaron bastante las ilusiones con la entrada de gente como Ignacio -fenomenal guitarra y tío gracioso donde los haya-, Pati -una de las voces más estremecedoras de la historia del carnaval-, Juan Fernández -excelente comparsista con el que terminé fraguando una gran amistad-, el Libi -monstruo del humor público y privado- y Javi Bohórquez, -a la postre, director de muchas de mis mejores chirigotas y comparsas-. Formábamos un grupo redondo que sonaba como la mejor comparsa (demasiado bien para ser chirigota, como algunos objetaban con maldad).

A partir de mi devoción por el latín, forjé para el carnaval a otro de mis mitos: el romano. Pero no el romano guapo de la época dorada del imperio, sino al que se quedó en Cádiz dormido bajo sus ruinas, debido a las consecuencias de su desenfrenada vida. Y vi en el latín macarrónico un filón para combinarlo con nuestra particular forma de hablar.

No obstante, aquella chirigota dirigió la mirada del público hacia la letra y la música de los pasodobles que, particularmente, creo que fueron de los mejores que hice en toda mi carrera. Y aunque los cuplés creo que también fueron de los mejores en este sentido, el público no los valoró suficientemente porque se quedó literalmente atrapado con los pasodobles. Este hecho provocó que se nos fuese mirando más como una comparsa que como una chirigota. Para colmo, tuvimos que debutar un lunes a las 5:30 de la tarde, con el Teatro a la mitad y poquita gente de Cádiz, en una función muy desangelada; y así, es difícil pegar fuerte desde el principio. Y si en el Concurso no pegas fuerte desde el principio, luego es muy difícil remontar.

Pero también hubo dos causas más por las que las ‘Ruinas’ no fueron más y mejor reconocidas durante aquel Concurso. Por una parte, la presencia de El Libi provocó una decepción en las expectativas del público, ya que Emilio fue un componente más de la chirigota, y no el showman del cuarteto que la gente esperaba. Y por otra parte, no puedo callar que fue determinante la presencia en el jurado de miembros destacados y simpatizantes del Partido Popular, lo que unido a las fortísimas críticas que disparé contra la ideología y doble moral de algunas cuestiones que, en aquel entonces, se vinculaban a dicho partido, las posibilidades de conseguir un premio en el concurso se tornaron imposibles e impensables, como así fue. En su día, incluso, denuncié haber recibido anónimos a mi domicilio advirtiéndome de esta movida. Los anónimos eran más reales que la vida misma, y procedían de una persona muy próxima al tinglao. Con el tiempo supe quien fue el tío de los anónimos; por cierto, una persona muy seria y que escribe extraordinariamente.

Durante las semifinales, al menos, tuve la suerte de experimentar dos tremendas sensaciones. Una, la ovación recibida por el pasodoble que acompaña a esta entrega (3 minutos seguidos y cerrados; la mayor que he recibido). Otra, el taco que lió el cuplé del pollo y la Blanca Paloma que, además de gracioso, tenía ese punto escandalizador de mentes puritanas que tanto me pone. Son acontecimientos que se graban en tu memoria para toda la vida y que, con el tiempo, alivian la frustración que supuso haber conseguido mucho menos de lo que esperábamos. Yo intuía que la historia devolvería a ‘Las Ruinas Romanas’ a su lugar merecido. Pero la historia es muy lenta y estos reconocimientos suelen llegar cuando ya sirven de poco, o de nada.

La decepción que tanto el grupo como yo nos llevamos, nos complicó el carnaval. Perdimos una gran dosis de ilusión y confianza. A veces, incluso nos sentíamos ridículos con aquella ropa de romano fantoche y aquel trocolón que nunca llegó a cobrar el sentido previsto. Y lo peor fue que estas sensaciones nos ensirocaron y emparanoiaron bastante porque, además, las actuaciones que tuvimos después de carnaval no compensaron el fracaso del Concurso, como ocurrió con creces con ‘Los Tintos’ o con ‘Kadi City’. Por momentos parecía que el jurado había acertado en su veredicto, porque poca gente levantaba un dedo por nosotros.

Durante las semanas posteriores, en parte debido a todo esto, hubo gente del grupo que anunció su retirada para el año siguiente, con lo cual yo empecé a reflexionar seriamente sobre qué tipo de chirigota debía hacer en lo sucesivo, y cómo y con qué tipo de gente quería hacerla -al menos, si me quería comer algo en el concurso: sabía que si cosechaba otro fracaso consecutivo, probablemente el ánimo me condujese a la retirada definitiva-.

Entonces decidí convocar una reunión y anunciar que, si salía al año siguiente, saldría con otra gente y en otro plan. El cabreo de la mayoría del grupo fue tan descomunal que decidieron allí mismo disolver la chirigota y poner el the end a las Ruinas. “Po vale”-, dije yo. Tampoco tenía muchas ganas de seguir con el ambiente de desánimo que había.

Aquel decepcionante año de 1998, también fue el primero en el que colaboré con la comparsa de Rota, ‘El Pícaro’, y no pasaron ni preselección. O sea, que me lucí (y bien). Menos mal que antes de que acabara el siglo XX, el destino me tenía reservada una sorpresita. Mañana os la cuento.

Diario de Cádiz

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