Yo parí a Juan Carlos Aragón (V)

EL OTRO PEASSO DE CORO

Giro. Decidí tomarme más en serio mi vida y también el Carnaval, así que inauguré oficialmente mis cambios de grupo, me casé y experimenté la sensación de pasar por primera vez a la gran final.

Cuando empecé a tomarme el carnaval más en serio, creí que debí tomarme también mi vida más en serio, porque lo que se hace en carnaval es un reflejo de lo que se hace en la vida personal, y lo de intentar pegarle al Bambi fue un bochorno. Se lo merecía -aún lo sigo pensando-, pero no está bien dar un escándalo por un tío que parecía la versión viñera del de en medio de Los Chichos. Lo malo era que yo no sabía cómo se tomaba la vida en serio. Y opté por lo tradicional. Me casé -qué concepto más cutre de la seriedad-. Y decidí que mis repertorios los debía afinar y dirigir un tío en condiciones, no como er Juaki. Y entonces me acordé del otro peasso de coro, el que formaban Cintado, Lampi, Carlos, Fali… , gente formal: no como Carmelito, Lolo, Calixto, Chico, Moi & company. Y eché mano de uno de los hombres que canta, toca, dirige y manda mejor en Cádiz: Vicente Lázaro (el Lali). Era la inauguración oficial de mis cambios de grupo, pero con una sustancial diferencia. De la poca gente de la que puedo presumir de haber conocido y haber mantenido una amistad real, más allá del carnaval, es de Juaki. Yo creo que incluso le hice un favor, porque Susana es mu buena tía y, lo que vino después, creo que no lo hubiese querido para su marido (ni para ella).

Siempre me llamaron la atención los rubios éstos que vienen en barco de Alemania, como López Romo, pero sin recortes del Diario; sobre todo, porque tenían una rapidísima facilidad para enamorarse de la más castiza de nuestras cosas. Y como los gaditanos siempre nos hemos llevado tela de bien con el primer fulano que viene de afuera, po decidí hacerle un homenaje a Los Guiris. Además, llevaba un grupo que, aunque cantaba bien, era lo suficientemente malage como para parodiar a un grupo de extranjeros.

Lo primero que hice fue engolfar a la gente con el pasodoble. Me lo hizo Paquito Campos (después hablamos de eso). Y luego con el cuplé. El tercero que me salió fue el de los gentilicios; sí, hombre, ese que terminaba con lo de “y los de Sevilla son…”. Al personal le fue gustando mucho el repertorio que fui trayendo (o eso me parecía a mí); y todos los días de ensayo eran como irse de camping: teníamos un local -por llamarlo así-, junto a la Peña Enrique el Mellizo. Hicimos un escote y compramos un campinlú para poder ver cuando cambiábamos la cejilla de traste. Una noche, el temporal inundó de agua y barro todo aquello. Pero, al menos, las ratas dejaron de venir. Cuando, después, te piden que vayas a presentar el carnaval de Cádiz en Madrid, tú dices pa ti: -”esto, más vale que me lo calle y me dedique a cantar, porque este carnaval es más real que el que sale por la tele”.

Pero al margen de estas cuestiones extraconsistoriales, la verdad es que yo estaba tó orgulloso de mi chirigota y, especialmente, de mi pasodoble. Y un día hicimos un ensayo general en el Club Náutico. Todo salió mu bien. Pero algo, en mis internos abismos interiores, me decía que no, que sobrevolaba un marrón sobre mi chirigota que no me lo creía ni yo. Y el día después de aquel ensayo, me colé con mi mujer en El Tascón del Chimi, espontánea taberna de semanita de carnaval en diagonal con El Manteca. Recuerdo que me quité el abrigo y pedí dos cervezas. El Chimi parecía que me estaba esperando. Me dijo: -”anoche os escuché en el Náutico; tá güena la chirigotita, lo que yo te diga, eh. Pero, ira, ira, escucha esto”. Y apretó el play de un radiocasete antiguo desde el que empezó a sonar el pasodoble de Los Cristobalitos. ¿Es difícil hundirse en un taburete? Pues yo lo hice, querido lector. No se parecía. El principio, el trío y el final eran idénticos. Si quiero hacer un plagio no lo hago mejor, no se puede. Maldita sea.

Me reuní con mi chirigota, y me comprometí a llevarle un pasodoble y seis textos nuevos (faltaba sólo una semana para el concurso). Ellos dijeron que no, que si yo no lo había hecho con mala intención, que palante. Pero no se trataba de ir palante, sino de ir bien. Había sido un rumor que había comentado todo el mundo. Ya se sabía lo de aquella similitud. Paquito Campos me llamó y me dejó un mensaje en el contestador: -”¿a medias?”-. Es broma. Hay veces que el inconsciente te hace putadas de este tipo. Jamás había oído ese pasodoble. Mi padre sólo trajo a mi casa la Antología de Paco Alba y una cinta de cromo, por una cara ‘Los Golfos’ y por la otra ‘Los Arrabaleros’. Ese día maldije las veces que entré en los chiringos de La Palma y la Rosa, donde, seguramente, una mala noche me grabaron en el alma aquella preciosa melodía.

Pero, para colmo de males, pasamos a la final (la primera de mi vida). Y puedo jurar que, esa tremenda sensación, no se la deseo ni al mejor de mis amigos. También bajo el pórtico de la Facultad, bajo una ininterrumpible lluvia, se oyó el nombre de mi chirigota. Sólo recuerdo que salté sobre el Lali, y que llegué a mi casa borracho y descamisado, algo sólo comparable a, cuando el año de Araka, escuché el nombre de mi comparsa… bajo el arco de San Rafael… y con la misma lluvia… y sin Lali… pero con Catusa…

Yo no sabía lo bonito que era pasar a una Final. Hasta cierto punto, fue casi la última vez que sentí aquella sensación; las finales que vinieron después (que no fueron pocas) ya no me supieron de la misma forma. Tiene que ser algo así como cuando te desvirgan, ¿no?

Diario de Cádiz

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