Yo parí a Juan Carlos Aragón (II)

DOS PEASSO CORO

De chirigota a coros y viceversa. Tras aparcar el carnaval, o ser apartado por este, me marché a estudiar a Sevilla, pero al volver, parado, me metí en el coro de mi amigo Rafael Llompart.

Pues, la verdad, es que hay veces en la vida en las que merece mucho la pena dar un paso atrás para poder dar luego cuatro adelante. Y eso fue lo que hice. No sé si decir que dejé el carnaval aparcado o, más propiamente, que el carnaval me dejó aparcado a mí. Pero sea como fuere, reanudé mi actividad estudiantil y me enclaustré durante varios años. Y tengo que decir que no me siento especialmente orgulloso de ser licenciado en Filosofía, porque una carrera la saca el más tonto (de hecho, yo conozco a más tontos con carrera que sin ella). Pero estudiar, por el gusto de estudiar, como un fin en sí y nunca como un medio, es una de las actividades más nobles y elevadas que puede realizar el ser humano.

Además, a aquellos años de formación académica, le acompañaron otras formaciones no menos importantes para mi futuro. Me apasioné por la música clásica en general, y por las canciones de Silvio Rodríguez, en particular. Me sumergí en el delirio de los grandes poetas, especialmente en las obras de Neruda y Benedetti. Y, por mi parte, para dar salida a mi excedente de creatividad, me dediqué a escribir y componer cosas que sólo veían la luz en bares malos y veladas privadas con los colegas. Independientemente de su valor, estos trabajos desinteresados me dieron mucho oficio y consistencia para volcarme y volcarlos luego en el mundo del carnaval, al que seguía con la misma pasión, aunque fuera desde Sevilla. Estuve muy atento al despegue de Martínez Ares, que fue devolviéndome la ilusión por la comparsa, por su estilo juvenil, valiente y renovador. Y durante la semana de carnaval, me dedicaba a seguir a mi prima Pili, que salía en la chirigota de Emilio y el Gómez, los dos mejores cupleteros de la historia del carnaval. Y de ellos aprendí (mamé) el logos del cuplé, que luego desarrollé en mis mejores años de chirigota (he dicho de chirigota; en comparsa, el cuplé ni merece la pena intentarlo: los comparsistas se la dan de artistas).

Y cuando acabé la carrera, como estaba parao, po otra vez caí en la tentación de salir en carnaval. Pero, como debido a mi pasado negro, tenía complicado conseguir un grupo propio, no tuve mejor idea que integrarme en un coro recién parido por mi amigo Rafael Llompart, en el que cantaban varios colegas del colegio. Corría el 1992, aquel año en que, para dotar de infraestructura a Sevilla, se inventó el mamarracho de la Expo, dejando hipotecada al resto de Andalucía. Cuando entré, ya había empezado a ensayar. Se llamaba ‘Estamos en Babia’, y nunca supe qué carajo tuvo que ver ese nombre con el tipo de babilónicos galácticos que sacamos. A mí me habían dicho que las pibas se volvían locas con los coristas. Po sería con los del coro de San Francisco, porque yo no me comí ná (el vestuario y las voces también espantaban un poco, todo hay que decirlo). Yo colaboré haciendo la letra, sólo la letra (lo demás no fue responsabilidad mía). Y el balance fue muy positivo: actuamos en semifinales (porque ese año no hubo preselección, claro está) y pasé un carnaval de los mejores que recuerdo.

Y como los mu pringaos nos creíamos con futuro en el mundo del coro (eso es muy común en el mundo del coro), decidimos sacar otro, pero de guapos, de húsares: ‘El Danubio Azul’ (que más que azul debió llamarse Morao). Aparte de no pasar preselección, hicimos una batería de carruseles digna de la retirada de la subvención municipal. Ahora, eso sí: en la carpa no había tíos más borrachos que los 45 de nuestro coro. Eso es carnaval ¿no? Y, encima, ese año sí ligué. Ya iba consiguiendo alguno más de los objetivos que me había marcado en carnaval. Me faltaba el dinero. Y también llegó.

Cuando se nos pasó la resaca del carnaval, y la primavera nos devolvió la cordura, entendimos que era un gesto de honestidad ciudadana disolver el coro y que, en lo sucesivo, cada uno tirara por su lado. Y así se hizo. Y como había fondo (no sé de donde coño salió), repartimos diez talegos para cada uno: una fortuna. Llegué a mi casa, y vacilándole a mi padre con las diez lechugas en la mano, le dije de sopetón: -”lo que yo te diga: cuando yo sea mayó viá viví der cannavá”-. Mi padre, ni me miró. Se lo comía la envidia: él sólo era capaz de ganar dinero trabajando.

Y también tengo que reconocer que el mundo de los coros me abrió los ojos y me alumbró mi auténtica vocación oculta, la de chirigotero. Comparto con mi admirado Selu García Cossío, que los mejores tipos de chirigota son los que parodian a la fauna humana en su estado puro. Y el corista representaba un arquetipo ideal con el que recrear mis más emergentes inquietudes chirigoteras.

Y de esos coros, llenos de gente muy válida e interesante, yo saqué Dos Peasso Coro. Con el primer peasso, hice mis dos primeras chirigotas; y con el segundo peasso, la tercera, la cuarta y parte de la quinta.

En carnaval, algunas veces me he encontrado con gente realmente aficionada y con un punto de altruismo muy considerable. No son muchas pero, las que lo han sido, merecen toda mi admiración y respeto. Son gente que no gana más que disfrutar con su afición y, en ocasiones, aunque ellos queden en el anonimato, hacen posible que otra gente pueda abrirse paso y llegar a todo lo alto que sus capacidades le permitan. Por eso, quiero levantar mi copa por Rafael Llompart, auténtico motor de aquellos dos coros que me abrieron el camino en mi andadura más firme por este mundo del carnaval.

Por cierto, ¿por qué a este mundo del carnaval muchos tíos mamones le llaman simplemente mundillo?

Diario de Cádiz

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