Archivos del Mes para marzo, 2009

Yo parí a Juan Carlos Aragón (XI)

LA CONDENA DE SER COMPARSISTA

Estreno. Cuando vi la oportunidad de darle vida a mi ilusión de pequeño, y encima con el grupo que más me había enamorado cantando en los últimos años, decidí aprovecharla al momento.

Ya te dije, querido lector, que mi ilusión gaditana era la de ser comparsista. Y el haber descubierto mi vocación latente de chirigotero, ni mucho menos empañó la otra, que, además, era anterior. Y cuando vi la oportunidad de darle vida a esa, hasta aún, frustrada ilusión, terminé prestándole el sí definitivo a ese grupo que, por otra parte, había sido el que más me había enamorado cantando en los últimos años. Con anterioridad, había tenido otras ofertas de grandes grupos, pero reconozco que éste para mí era algo especial. Y como lo de ser comparsista doy fe que es una condena, pues decidí debutar en comparsas bajo el nombre de ‘Los Condenaos’; tipo que, por otra parte, me parecía muy romántico y despechado, y me daba mucho juego para usar la dilogía que tanto me ha encantado en carnaval.

Había muchísima motivación por ambas partes. Ellos acabaron mal con su antiguo marido -17 años de matrimonio desgastan mucho-; y yo era un niño con zapatos nuevos. Era consciente de la responsabilidad tan delicada que asumía y de lo que me iban a exigir, pero me estimulaba tanto la quimera que sabía que no iba a defraudar. La motivación, al menos para mí, aumentó cuando cambiamos de local; del de ellos de siempre nos fuimos al coqueto salón vacío de la finca del Horno del Laurel, donde sólo encontraba aparcamiento Juan Fernández.

Ellos fueron recibiendo el repertorio con mucho agrado, y yo, por mi parte, me encontré con un grupo de gente mu currante y muy formal, con la que daba gusto trabajar. Y descubrí en Paquito Villanego -el caja- al auténtico motor y secreto de aquella forma distinta de hacer bailar a la gente. Aunque a propósito del repertorio, lo único que me costó fue que vieran el estribillo, que fue el que quedó al final. El día que lo llevé, algunos hasta se rieron como diciendo -”¿qué está haciendo éste?”-. Traje otros, algunos de cachondeo incluso, hasta que finalmente confesaron que se les había quedado el primero. Menos mal (suspiré).

Lo único que no me hacía ni mijita de gracia es que, en ocasiones, los veía excesivamente preocupados por lo que ocurría en la otra comparsa. Yo les insistía en que se centraran sólo en lo nuestro, que se dejaran de mirar para otro lado… pero qué va. Y lo malo es que era mutuo. Una vez dejamos entrar a las novias de algunos componentes de la competencia y, con grabadoras ocultas, nos piratearon el ensayo. Mu bonito, sí señor: primer encontronazo con Antonio (aunque no digo, ni mucho menos, que él tuviera la culpa). Fue la primera vez que empecé a darme cuenta que me había metido en medio de un fuego cruzado.

Poco antes del concurso obtuve una de las mayores satisfacciones culturales que me ha brindado el mundo del carnaval. Llegó hasta nuestro local de ensayo un equipo de reporteros del periódico Liberatión de París, símbolo de las vanguardias estéticas y sociales del periodismo europeo, para hacer un amplio y exquisito estudio sobre mi comparsa. Finalmente fue publicado dos sábados después en la página central del suplemento de cultura. La verdad, vanidades aparte, es que me sentí como un Jean Paul Sartre gaditano.

En el concurso, sabíamos que íbamos a gustar -y gustamos bastante-. Lo que pasa es que la comparsa de Antonio, evidentemente, también gustó. Y tras un casual empate técnico, el jurado decidió deshacerlo dándole dos puntos más a ellos. Po vale, po ná. Para el grupo, no sé; pero para mí, el segundo premio no fue ninguna derrota, sino una gran victoria moral: estaba debutando ante el número uno de aquel momento. De niño, jamás soñé que un día ganaría el segundo premio de adultos el primer año que presentaba una comparsa plena de autoría (sin desmerecer la chance de aquel grupo, por supuesto). Y, además, aunque sin cantar, conmigo sobre el escenario (bueno, encima)… ¡la madre que me parió! En qué mala hora se me ocurriría a mí salir ahí prestándome a que me pusieran la soga al cuello (ni tipo ni ná: qué fatiguita, picha). Y lo más gracioso es que, de vez en cuando me encontraba a algún pollo que me decía: “quillo, si yo me creía que a ti al final te colgaban…”. Así. Que se creía que al final me colgaban. -”Eso es lo que tú hubieras querido, mamón”-, pensaba yo pa mí, mientras que le hacía ver que, si me colgaban de verdad, hubiera tenido que venir el 061 y se habría formado un bochorno. En carnaval, hay gente a las que hay que explicarles las cosas así.

Tan contento me quedé, que al día siguiente me colé en la Plaza de San Francisco de Sevilla para el manipulado Festivalito de los cojones. ¡Qué glamour! Yo sabía que en comparsa se ligaba más que en chirigota, pero no tanto. Ya había estado allí con ‘Los Yesterday’, y na más que se nos acercaban angangos ofreciéndonos de su trócola. Pero esto era distinto, era superior. Desde aquel día decidí no dejar la comparsa, por lo que pudiera pasar.

Por el punto acomparsado que llevaron mis últimas chirigotas, muchos aficionados me preguntaban -”y la comparsa, ¿cuándo?”-. Po ya estaba ahí. Ahora me preguntan lo contrario. Como titula Silvio Rodríguez a una de sus más emblemáticas canciones, Debo partirme en dos. Y durante dos años me partí en dos… y bien partío.

Hay algo que nunca sabré. Yo me quedé muy satisfecho con aquella comparsa y aquel segundo premio, pero ¿y el grupo? ¿saboreó aquel éxito, o le supo más bien a derrota, teniendo en cuenta quien había ganado el primero? ¿Y si hubiera sido al contrario? Dicen que es más feliz el que con menos se conforma. Po yo, querido lector, ese año fui feliz: qué quieres que te diga…

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (X)

COMO TE COJA EN MI BARRIO

Doblete. Por primera vez saqué dos agrupaciones y en la chirigota surgieron los celos porque la comparsa pudiera atraer más protagonismo a causa del morbo que despertaba en el Concurso.

Yo reconozco que siempre he tenido un puntazo macarra, por estética, por principios y por rechazo a las formas sociales hipócritas y cínicas. Me gusta que los pavos y los pijos le tengan miedo a los macarras. Aunque cuando hablo de macarras, entiéndase, no estoy haciendo apología de un ladrón, un matón o un drogadicto. Me refiero al vacilón que le falta calle para andar, al que mira de frente a todo y a todos, al que tiene sus particulares y callejeros códigos de honor, y con el que no te puedes columpiar porque se te va al cuello: si te lo montas bien con él, te hace su hermano; pero si le das una puñalá trapera… “como te coja en su barrio, verá”. Y para los de nuestra generación, The Warriors se había convertido en otro mito juvenil que yo sabía que, antes o después, terminaría representando en carnaval.

Curisamente, ese convulso verano estuvimos más cerca de otro tipo: ‘Los carajotes’ (Ricardo Bofill Jr. y compañía, en una fiesta en el yate de papá). Pero teniendo en cuenta las características del grupo que llevaba, terminé viendo más apropiado salir de macarras en vez de salir de carajotes (lo primero era fácil; lo segundo iba a costar demasiado trabajo).

Los dos grandes problemas que teníamos ese año eran, por un lado, que yo, al no tener ya dedicación exclusiva con la chirigota, me sentía con menos potestad para imponer mis criterios, aunque los tuviese muy claros; por otro, Javi estaba nervioso porque temía que, el posible éxito de la comparsa, dejara a la chirigota en un segundo plano para los aficionados. Y no andaba muy descaminado. La comparsa había levantado más morbo y expectación. Y a veces notaba que, mi amigo Bohórquez, no sabía bien lo que quería (de hecho, el cuplé de ‘Los Condenaos’ es el que Javi rechazó para ‘Los Panteras’).

Ese año me di la paliza. No sólo tenía que escribir por partida doble intentado dejar contentos a los dos grupos, sin provocar recelos. También me repartía el tiempo de ensayo. Empezaba con la comparsa y en el descanso me iba con la chirigota. Y me sentía ya un poquito puta (honrada, pero puta).

No obstante, el grupo de la chirigota no había perdido su idiosincrasia, y en los ensayos siempre había ambiente de fiesta. Creo que nos metimos demasiado en el tipo (interprétese esto como se quiera). Y al igual que, en ese sentido, el tipo era muy agradecido, para escribir también me permitía muchas licencias: al ir de macarra, podía arremeter a mi forma y manera contra todos los estamentos y escalafones sociales que están desde la mitad hacia arriba. Así que, además de recrear las típicas macarradas juveniles ajenas y propias, también les di la del tigre a jueces, fiscales, políticos y beatos, y me quedé más a gusto que un cochino en un charco.

Es cierto que, durante el concurso, por la novedad, la expectación de mis aficionados se inclinaba ligeramente a favor de la comparsa. Pero la chirigota hizo un concurso muy digno. Aunque temíamos por la final, pasamos y nos dieron el cuarto premio, que nos supo a poco (pero más que por el premio en sí, por haber perdido protagonismo en favor de la comparsa). Y hablando de la final, confieso una anécdota. Si recuerdas, querido lector, yo iba en ‘Los Panteras’ de figurante, recostado sobre el tren, jugando a las cartas con un colega, y bebiendo moderados chupitos de Jack Daniel’s. Pero en la final, esa moderación la perdimos hasta tal punto que, la botella cayó antes de que se abrieran las cortinas, y tuvimos que coger otra de White Label. Para mi colega no había sido ningún problema. El problema era para mí que, a continuación, tenía que subirme en el patíbulo con ‘Los Condenaos’. Qué ratito pasé, primo. Menos mal que la mala cara iba con el guión, y que la impresión de estar ahí me fue quitando el vacilón en poco tiempo, porque si no, en vez de morir ahorcado podía haber muerto de un gran carajazo en lo alto del foso (con lo cual hubiéramos conseguido más puntos en tipo y nos habrían dado el primero, fijo). Pero, vaya, que estas cosas pasan en las mejores familias, sobre todo en carnaval.

Ese año la calle también estuvo muy de nuestro lado, especialmente por los niños, que se ponían pitosos con nuestras formas. Y es que, realmente, ése es un secreto a voces. El mejor termómetro para medir el éxito de una agrupación es la conquista de los enanos. Cuando ellos, con su inocente y rápida sabiduría, te aprueban cum laude, puedes estar convencido de que lo que has hecho merece la pena. Engatusar a los más pequeños es una de las satisfacciones más grandes que puede darte el carnaval.

De aquella chirigota me quedo con la música del pasodoble (para mí, de momento, la mejor que he hecho), con la forma de cantar del grupo (el mejor que he tenido en chirigota), con su forma de interpretar (que tampoco les costó mucho trabajo meterse en el tipo) y, de manera muy particular, con el monumental punteo que hizo Ismael a lo largo de todo el repertorio (para mí, el más completo de la historia). Confieso que en multitud de ocasiones he puesto el disco de ‘Los Panteras’ sólo para deleitarme con ese alarde de talento.

Después del carnaval, evidentemente, acabé muy cansado. El doblete me iba pasando factura (y más que me pasaría). Y yo ya empecé a viajar menos con mis agrupaciones. Tenía que recargar las pilas porque intuía que aún me quedaba mucha faena en carnaval, y que cada vez me iba a costar más trabajo, y que me iban a exigir más, y que tenía que estar fuerte para afrontar los próximos episodios. Y estaba en lo cierto.

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (IX)

NI ESTO ES FLAMENKITO NI ESTO ES NÁ

Jurado. A la final de ese año pasaron seis chirigotas y ‘Flamenkito…’ quedó en un extraño cuarto lugar. Y digo extraño porque fuimos séptimos todo el Concurso y nos metimos en la final a lo justo.

Después de la fatiga del año anterior, la verdad es que me costó un poco de trabajo arrancar. A mi favor tenía el estímulo de los benditos Yesterday; en mi contra, la losa de los malditos Yesterday. Sabía que, hiciera lo que hiciera, no competiría con las chirigotas de ese año, sino con los Yesterday. Esto es injusto y absurdo, pero cuando se gana un primer premio así siempre sucede.

Me hubiese gustado mantener el mismo grupo -por primera vez en mi vida-, pero está visto que en ese sentido estoy gafado, y hubo dos bajas. Uno se fue porque era demasiado listo, y el otro vio la tarjeta roja justamente por lo contrario. No obstante, siempre me alegré de que esto pasara porque, en su lugar, entraron dos de las mejores personas que han formado parte de mis agrupaciones. A uno, le deseo larga vida (Bernardi). Al otro ya no puedo (Selu Monzón). Con sus incorporaciones el ambiente del grupo mejoró bastante. Formábamos ya la mejor piña humana con la que he compartido ensayo y escenario: nos sobraba un reojo para entendernos, en todos los sentidos.

Como buen recién y alegre divorciao, me sentía tan libre y tan chulo como para salir de flamenco (otra de mis vocaciones frustradas). Pero escogí la corriente moderna de esta línea neocamaronera que ha terminado confundiendo a los neófitos sobre el auténtico flamenco. Aunque, en verdad reconozco que el tipo era una excusa para alisarme el pelo y menear la melena como Antonio Carmona: si yo hubiera sido una piba de esas de las que van detrás de los carnavaleros, me hubiese intentado enrollar al punta jurado. Y no es porque fuera yo, pero, estaba guapo, ¿que no, querido lector?

Me sentí más desinhibido que nunca componiendo el repertorio. Y la acogida del público fue estupenda desde el principio. Pero pasó algo raro, raro, raro… Era la campaña electoral de las Generales y Autonómicas del 2000. La última función de semifinales -en las que nos tocó actuar- coincidió con la víspera del día de Andalucía, por lo que, para los políticos, asistir esa noche al Teatro era una necesidad electoral. De hecho, los palcos estaban empetaos de soplagaitas de todos los partidos. Sólo faltó… la Teo. Y a su candidatura a la presidencia de la Junta en posible detrimento de la alcaldía que ostentaba, fue dedicado el segundo pasodoble. Y el pasodoble formó un señor revuelo. Contábamos claramente con el pase a la final. La Milagrosa de Martínez Ares, también. Y prefirió dejar su también duro pasodoble a la alcaldesa para cantarlo en la final. Flamenkito pasó y La Milagrosa se quedó fuera. Sigo. A la final de ese año pasaron seis chirigotas, y Flamenkito quedó en un extraño cuarto lugar. Y digo extraño, porque cuando se publicaron las puntuaciones, resultó que Flamenkito fue séptima durante todo el concurso, y el último día se metió en la final a lo justo. Y en la final, cantando peor imposible, escaló dos puestos más (no nos sabíamos ni las letras). Luego, alguien próximo al poder nos chivateó que la consigna era la siguiente: si Flamenkito o la Milagrosa guardan el pasodoble de la alcalda para la final, no pasan, que la final la ve todo el mundo y estamos en plena campaña. Nunca sabré si esto fue real o fue el rumor de un hijoputa malhablao. Pero, lo de Flamenkito y la Milagrosa, ¿no parece toda una obra de ingeniería política? Prefiero seguir pensando que no, y que todo aquello fue producto de esas extrañas casualidades que ocurren de vez en cuando en el Falla. Pero, vamos, de todos modos, ninguna de los dos agrupaciones actuaron ese año en la noche carnavalesca de la Gran Regata Cádiz 2000. Quiero pensar que eso también fue otra puta y extraña casualidad.

Conjuraciones aparte, ese año volvimos a disfrutar de un sinfín de actuaciones repletas de un gran directo y calurosas acogidas. Además, el grupo mejoró porque yo decidí dejar de cantar. Estaba cansao, y encima ya no llevaba la melena lacia. Y cada fin de semana ponía una excusa para no ir a las actuaciones: agmidalitis, gastroenteritis, conjuntivitis, fimosis… de tó. Hasta que decidí ser honesto y dejarle mi sitio al gran Julio Álvarez, y Manolo el Largo se lo dejó a Salvi (que entonces aún tenía algo de pelo).

Nuestra complicidad y amistad con el grupo de la Milagrosa era tanta que hasta planteamos seriamente la posibilidad de hacer un coro entre las dos agrupaciones para el 2001. Y lo que son las cosas. Del fraternal apretaero pasamos a la gran tormenta. Una tarde recibí una llamada de un miembro de La Milagrosa, comunicándome el divorcio del grupo con Antonio, y ofreciéndome la autoría de la comparsa para el año siguiente. Por una parte, me resultó incómodo; por la otra, muy tentador. Siempre me encantaron las voces de aquel grupo. Si decía que sí, podía provocar los celos de mi chirigota y la enemistad de Antonio -con quien no me unía una gran amistad, pero tenía buen rollo-. Si decía que no, podía estar desaprovechando una tentadora oportunidad para darle salida a mi alter ego, el de comparsista. Tardé dos semanas en pensármelo. Si, en vez de un gregario, hubiese sido el propio director quien me lo hubiera propuesto, me habría sido más fácil decidir. Cuando finalmente dije que sí, efectivamente, se encendieron los celos de mi chirigota y mi relación con Antonio empezó a rolar a mal y a cada vez peor. De lo que pasó después ya os contaré. Pero os adelanto que mi chirigota era mi esposa fiel, y la comparsa mi amante. Compartirlas era jugar con fuego, y a mí siempre me había gustado jugar con fuego. Y el que juega con fuego se quema…

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (VIII)

Y MENOS TRABAJO… Y MÁS CARNAVAL

Incertidumbre. En los ensayos, cuando la gente venía a escucharnos no se reía ni aunque le hiciéramos cosquillas. Menos mal que la última semana se produjo un monumental giro de tuerca.

Y la sorpresita que me tenía guardada el final del siglo XX, iba a llegarme con unos mimbres muy humildes, casi de andar por casa, con los que forjé mi mejor canasto.

Recuperé a Carmelito. Llegaron Manolo el Largo y Manolo el punto.com, Ismael, Caro, Carlitos y los dos Antonios -el Guapo y el Caja-. Los otros cuatro veníamos de las Ruinas. Y con la intención de volver al espíritu de los Tintos, fiché otra vez de director ar Juaqui, pero abandonó a las segundas de cambio, y ya tomó el timón Javi Bohórquez.

Corría el verano de 1998 aún y, para que el grupo rodara, montamos una pequeña antología de mis cinco chirigotas anteriores. Empezó sonando así como regular, aunque en el Me río de Janeiro ya tuvo una buena aceptación.

El tipo era otro de mis grandes mitos: el hippie que protagonizó la última revolución espiritual de la historia, y que terminó degenerando en el hijo de papá que se afilió al movimiento buscando sólo sexo, droga y rock&roll del modo más materialista y grosero -de ahí, mi irónico cachondeo con el mismo hippie romántico que reivindicaba-. Por eso sabía que me iba a entregar a tope en aquella chirigota. Era el tipo de mi vida, y no lo hice con más cariño porque no pude. Y cuando las cosas se hacen con tanto cariño suelen salir bien: creo que nunca mimé más un tipo y un repertorio.

Para hacer la presentación y el popurrí versioné varios himnos de la época, intentando así que todo tuviera más realismo. Cuando le llevé los primeros compases del repertorio al grupo, tuvieron una gran acogida. El estribillo me salió solo, sin buscarlo, y a las primeras de cambio (quizá ese fue el único secreto de su gran pegada).

Nosotros, particularmente, estábamos muy contentos con la marcha de los ensayos. Nos sonaba muy bien. Pero el problema era que, cuando la gente venía a escucharnos, no se reía ni aunque le hiciéramos cosquillas: simplemente nos miraban como si fuéramos doce huevos pasados por agua. Menos mal que la última semana, se produjo un monumental giro de tuerca. Y con sólo dos ensayos generales que dimos, pasamos de villanos a héroes y empezamos a prometérnoslas felices, muy felices. No podíamos fallar. Estábamos ante una oportunidad que sólo se les presenta de vez en cuando a unos privilegiados. Además, nos dimos cuenta que los dioses estaban de nuestro lado cuando nos tocó debutar el último sábado, y que el tipo había quedado genial con una inversión de mil duros, aproximadamente.

El debut respondió con creces a nuestras expectativas, y las semifinales las confirmaron con creces. Éramos conscientes -aun sin creérnoslo del todo- de que, si todo iba normal, íbamos a ganar el concurso… y algo más. De hecho, durante el pasacalles a la Final empezamos a ver lo que se nos venía encima. Luego, el Teatro se nos caía en lo alto -estuvimos casi una hora en escena-. Confieso que nos temblaban las piernas y que nos faltaba saliva para cantar. Eran las 7 de la mañana cuando abandonamos el Teatro y nos fuimos a la Peña Celestino Mutis a escuchar el veredicto del jurado. Un poco antes, hasta Don Enrique Villegas, pregonero de aquel año, se acercó a la Peña para felicitarme. Por venir de quien venía, fue un gran honor. Y cuando el jurado nos proclamó vencedores, simplemente echamos a volar.

A la tarde siguiente, yendo en el autobús en dirección a Sevilla, y plenamente consciente de lo que había ocurrido y quedaba por ocurrir, recuerdo que le dije al personal: -”señores, disfrutadlo, que techo más alto ya no vamos a tocar”-. Y creo que no me equivoqué. El paseo triunfal que nos pegamos aquel año por toda nuestra geografía, fue una auténtica sangría de emociones, éxitos, carcajadas, gamberradas y pasiones. Nuestro “disfraz” se convirtió en un símbolo y nuestras canciones en himnos. Y lo mejor de aquel grupo fue que siempre mantuvo la humildad y la entrega en todas y cada una de sus actuaciones, y que a nadie se le subió los humos (esto no es ninguna tontería: yo he visto a muchos que por pasar a una final se han creído John Lennon), aunque reconozco que, a rachas, sufríamos un trasplante de personalidad y nos sentíamos auténticos hippies. Llevábamos el tipo cosido a la piel, y hasta hablábamos entre nosotros como si estuviéramos actuando. No sé si esto fue producto del exceso de trabajo, de la falta de descanso o de “otras cosas”. Pero todo lo que ocurrió aquel año mereció la pena; fue, en toda regla, El año que vivimos peligrosamente.

Para contar anécdotas de actuaciones célebres (como las de Córdoba, Tarifa, Marinaleda o Alicante), episodios del autobús y otras cruzadas nocturnas, necesitaría, por una parte, 200 páginas como ésta y, por otra, el permiso de los que formaron aquella chirigota -y no cuento con ninguna de las dos cosas-.

Ganamos todos los premios habidos y por haber. Hasta la Asociación de la Prensa me concedió el Premio de la Crítica (otra inesperada y grata sorpresa). Y, además, le puse punto y final a más de cuatro abejorros que no paraban de joder mi chirigota y mi vida. Después de aquello pude perfectamente haber dejado el carnaval, pues nada de lo que vino detrás fue mejor. Pero fue mayor la gula y seguí.

Ese año también fue el primero en el que respeté y compartí la decisión del jurado, aunque me consta que alguno de sus miembros nos dio el premio sólo por no enfrentarse con el público. Sería por lo del “güen rollo, colega…”.

Diario de Cádiz

Yo parí a Juan Carlos Aragón (VII)

¡AVE… SI CONVIAMOS!

Otro cajonazo. El hecho de llevar unos pasodobles de los mejores que he hecho en mi vida provocó que se nos mirase más como una comparsa que como una chirigota, lo que nos perjudicó bastante.

Al final, he decidido no contar cómo ni por qué se rompió el grupo de ‘Kadi City’, ya que, como dije ayer, me resultó mu chungo contemplar por vez primera hasta dónde puede llegar la neurosis y la histeria que se desata en mucha gente cuando, en una agrupación cualquiera, el director o el autor, decide prescindir de algunos componentes (he dicho, la primera: por desgracia no fue, ni mucho menos, la última).

Pero sí puedo decir que se renovaron bastante las ilusiones con la entrada de gente como Ignacio -fenomenal guitarra y tío gracioso donde los haya-, Pati -una de las voces más estremecedoras de la historia del carnaval-, Juan Fernández -excelente comparsista con el que terminé fraguando una gran amistad-, el Libi -monstruo del humor público y privado- y Javi Bohórquez, -a la postre, director de muchas de mis mejores chirigotas y comparsas-. Formábamos un grupo redondo que sonaba como la mejor comparsa (demasiado bien para ser chirigota, como algunos objetaban con maldad).

A partir de mi devoción por el latín, forjé para el carnaval a otro de mis mitos: el romano. Pero no el romano guapo de la época dorada del imperio, sino al que se quedó en Cádiz dormido bajo sus ruinas, debido a las consecuencias de su desenfrenada vida. Y vi en el latín macarrónico un filón para combinarlo con nuestra particular forma de hablar.

No obstante, aquella chirigota dirigió la mirada del público hacia la letra y la música de los pasodobles que, particularmente, creo que fueron de los mejores que hice en toda mi carrera. Y aunque los cuplés creo que también fueron de los mejores en este sentido, el público no los valoró suficientemente porque se quedó literalmente atrapado con los pasodobles. Este hecho provocó que se nos fuese mirando más como una comparsa que como una chirigota. Para colmo, tuvimos que debutar un lunes a las 5:30 de la tarde, con el Teatro a la mitad y poquita gente de Cádiz, en una función muy desangelada; y así, es difícil pegar fuerte desde el principio. Y si en el Concurso no pegas fuerte desde el principio, luego es muy difícil remontar.

Pero también hubo dos causas más por las que las ‘Ruinas’ no fueron más y mejor reconocidas durante aquel Concurso. Por una parte, la presencia de El Libi provocó una decepción en las expectativas del público, ya que Emilio fue un componente más de la chirigota, y no el showman del cuarteto que la gente esperaba. Y por otra parte, no puedo callar que fue determinante la presencia en el jurado de miembros destacados y simpatizantes del Partido Popular, lo que unido a las fortísimas críticas que disparé contra la ideología y doble moral de algunas cuestiones que, en aquel entonces, se vinculaban a dicho partido, las posibilidades de conseguir un premio en el concurso se tornaron imposibles e impensables, como así fue. En su día, incluso, denuncié haber recibido anónimos a mi domicilio advirtiéndome de esta movida. Los anónimos eran más reales que la vida misma, y procedían de una persona muy próxima al tinglao. Con el tiempo supe quien fue el tío de los anónimos; por cierto, una persona muy seria y que escribe extraordinariamente.

Durante las semifinales, al menos, tuve la suerte de experimentar dos tremendas sensaciones. Una, la ovación recibida por el pasodoble que acompaña a esta entrega (3 minutos seguidos y cerrados; la mayor que he recibido). Otra, el taco que lió el cuplé del pollo y la Blanca Paloma que, además de gracioso, tenía ese punto escandalizador de mentes puritanas que tanto me pone. Son acontecimientos que se graban en tu memoria para toda la vida y que, con el tiempo, alivian la frustración que supuso haber conseguido mucho menos de lo que esperábamos. Yo intuía que la historia devolvería a ‘Las Ruinas Romanas’ a su lugar merecido. Pero la historia es muy lenta y estos reconocimientos suelen llegar cuando ya sirven de poco, o de nada.

La decepción que tanto el grupo como yo nos llevamos, nos complicó el carnaval. Perdimos una gran dosis de ilusión y confianza. A veces, incluso nos sentíamos ridículos con aquella ropa de romano fantoche y aquel trocolón que nunca llegó a cobrar el sentido previsto. Y lo peor fue que estas sensaciones nos ensirocaron y emparanoiaron bastante porque, además, las actuaciones que tuvimos después de carnaval no compensaron el fracaso del Concurso, como ocurrió con creces con ‘Los Tintos’ o con ‘Kadi City’. Por momentos parecía que el jurado había acertado en su veredicto, porque poca gente levantaba un dedo por nosotros.

Durante las semanas posteriores, en parte debido a todo esto, hubo gente del grupo que anunció su retirada para el año siguiente, con lo cual yo empecé a reflexionar seriamente sobre qué tipo de chirigota debía hacer en lo sucesivo, y cómo y con qué tipo de gente quería hacerla -al menos, si me quería comer algo en el concurso: sabía que si cosechaba otro fracaso consecutivo, probablemente el ánimo me condujese a la retirada definitiva-.

Entonces decidí convocar una reunión y anunciar que, si salía al año siguiente, saldría con otra gente y en otro plan. El cabreo de la mayoría del grupo fue tan descomunal que decidieron allí mismo disolver la chirigota y poner el the end a las Ruinas. “Po vale”-, dije yo. Tampoco tenía muchas ganas de seguir con el ambiente de desánimo que había.

Aquel decepcionante año de 1998, también fue el primero en el que colaboré con la comparsa de Rota, ‘El Pícaro’, y no pasaron ni preselección. O sea, que me lucí (y bien). Menos mal que antes de que acabara el siglo XX, el destino me tenía reservada una sorpresita. Mañana os la cuento.

Diario de Cádiz

Rumores Carnaval de Cádiz 2010

Visto el panorama carnavalero gaditano y las noticias que van llegando pues no hay más remedio que subirse al carro del rumor para ir comentando todo lo que acontece.

Por ahora ya está confirmado, según el Diario de Cádiz, que Juan Fernández, autor este año de “La fábrica de los sueños”, el próximo carnaval dejará de lado la faceta de autor y pasará a dirigir la comparsa de Juan Carlos Aragón, el cual formará un nuevo grupo, quedando sólo cuatro componentes del grupo de “Los comparsistas se la dan de artistas” (caja, bombo y dos guitarras).

Parece ser que Javier Bohórquez, director del coro a pie y excomponente de agrupaciones de Juan Carlos, volverá a la comparsa a la vez que Salvi y “El Pellejo”.

Por otro lado, y esto son todavía rumores, se habla de que Ramoni va a formar parte de la comparsa de El Puerto de Santa María. También se comenta que Carli y Zubiela se retiran este año y que Tino Tovar se tomará un descanso en 2010 al igual que Jesús Bienvenido.

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