Dicen de los viejos de Cádiz que tienen más secretos que las cortinas del Falla. Mientras se apaga la luz y la garganta, la cortina pesa como si fuera una piedra de once meses. Baja despacio como el trío de los pasodobles bien cantaos, y definitiva como acaban los letristas que siempre se recuerdan. No te das cuenta pero te estás abrazando a ti mismo cada vez que abrazas a uno de los tuyos. El trabajo está hecho. La gente está repleta (aunque nunca llena) de nuevas canciones de carnaval. Hay un instante en que no se oye nada, en que no piensas nada. Debe ser la magia o la visita del Dios Momo que se le adelantó el reloj o se le cayó la ceniza. Después… ya sabéis todos lo que viene después. El carnaval de verdad empieza. La calle es la casa. La calle es el teatro. La calle es el público. La calle es todo. El pueblo, ese montón de gente a los que algunos les molestan sus modales pueblerinos, es el dueño de la fiesta. Y el comparsista – cada vez menos – y el chirigotero son unos privilegiados por poner en la voz del pueblo el son de sus coplas. La gente se empuja por ver las agrupaciones. Hay más ruido que en la final de una eurocopa. Lo que vimos por la tele, o lo que fuimos a ver al Falla, ahora lo tenemos delante de nuestros ojos, disfraz con disfraz. Y todo porque se cerró la cortina.
Cerrar la cortina es el principio y el fin del carnaval. La sentencia del concurso y el chupinazo para la Viña. Estamos a tu merced, cortina. Si me tapas los ojos me voy a la calle, donde no hay cortinas. Y ahí te quedas tú esperando a ver quien viene el próximo año. Masticando secretos que a nadie cuentas sobre un cambio en el repertorio, un arreglo en la puntuación, un fracaso, una decepción, un error, y hasta esos sueños que se tienen cuando estás bajando mientras nadie dice nada por ninguno de los dos lados de la cortina. Eres aliada indecisa del tiempo, emborrachas casi como el vino. Provocas recuerdos del pasado, emociones presentes, falsos futuros sólo imaginados. La semana pasada eras hermana bastarda de la justicia, La semana que viene ya nadie pensará en ti. Nos vamos a la calle. Cierra cortinas.
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José Castillo.
Dicen de los viejos de Cádiz que saben más pasodobles que las cortinas del Falla. Como si una letra fuera, están teñidas de la sangre de los que hacen del miedo de sus tripas una armadura para subir a las tablas a cantar lo que sienten, pero sin cantar lo que pasa antes de abrir las cortinas. Ahora entiendo que la fuerza del latido empieza en el forillo y acaba en las cortinas. Hay un instante en el que pasa por la cabeza todo el año, todo lo que se gana, todo lo que se pierde, de lo que te arrepientes, de lo que te sientes satisfecho, lo que has castigado la garganta que te puede costar un premio, todo lo que se quiere y se escribe, todo lo que se odia y no se puede escribir; es el instante en que se empiezan a abrir las cortinas. El ateo reza, el nervioso se paraliza, carraspean las voces, vibra la caja, con una mano haces temblar las cuerdas y con la otra le tapas la boca, la memoria se hace la sorda, sin querer adelantas con la imaginación el futuro, al menos 20 minutos. El aplauso inicial no se oye, se oirá el triunfo del aplauso final. Todo está perfecto, justo de una manera distinta a como lo habías imaginado. Nadie se calla, alguien da órdenes a destiempo. Abre las cortinas.
La Asociación de Autores llevará su propia propuesta al debate que sobre la fase clasificatoria se desarrollará a finales de este mes y en el que participarán todos los sectores implicados de alguna manera en el Concurso Oficial de Agrupaciones del Gran Teatro Falla. La idea del colectivo que preside Paco Cárdenas es celebrar en el mismo Teatro una criba previa o ‘casting’ anterior a la preselección. En la misma participarían las agrupaciones que no han superado en 2008 una puntuación mínima -que está a la espera de fijarse- y las que no participaron este año y lo harán en 2009. Los autores con un exitoso historial demostrado no tendrían que pasar esta fase. Por ejemplo, Nandi Migueles y su coro de Los Niños, ausentes en 2008, evitarían la criba.
Los héroes son esos personajes que visten de una manera particular que les hace parecer hijos de dioses; una camiseta del ‘mercaillo’ en su heroico cuerpo luce como la armadura del Cid, y nos distancia su mirada, nos paraliza su carcajada, su presencia nos acelera el corazón, el recuerdo de su nombre nos hace mirarnos en el espejo como si fuéramos más parecidos a ellos. En carnaval, un héroe es otra cosa. Es alguien tan cercano que sonríe detrás de las cámaras de fotos, que canta con los zapatos sucios de construir escenarios a la altura de un adoquín, que se emociona más cuando menos lo prepara, que no se cubre con antifaz, que sus armas son coloretes, que se equivoca con la naturalidad con la que te equivocas tú, que canta cuplés mientras se enfría la cerveza y pasodobles mientras se calienta el corazón.

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