¿Dónde estoy?

El barco llegaba al puerto después de un viaje salado y largo, largo y tortuoso, tortuoso y musical – que es lo mismo que salado para el caso que nos ocupa – y en su aproximación a tierra firme la muralla y los torreones iban tomando entidad y haciéndose nítidos a la vista sin antifaz. Palmeras entre palacios, castillos bañándose en playas públicas. Las conchas de las paredes se confunden con la ropa tendida en los balcones. Un ejército de edificios levanta sus antenas como fusiles en formación para defender la ciudad. El barco se anuncia. La señal sonora acerca la visión de la gente que puebla los muelles del puerto: limpiabotas, pintores, muchachas descalzas de zapatos y amor, poetas descalzos de amor y dinero, chiquillos que ganan una moneda a cambio de una churretosa sonrisa de bienvenida, taxistas ilegales como las chirigotas de sabor añejo, ancianos que cuentan mil veces la misma historia, y un grupo de muchachos de 80 años que cantan a guitarra y percusión.

Buscando el horizonte, adivino los tejados del color del corazón, mal encajados unos contra otros, que muestran sólo la parte superior de algunas fachadas de colores, y que sólo interrumpen las dos torres de la catedral como dos soldados con el reloj parado. Las nubes quitan intensidad a la estampa, cada vez más grande. Los de tierra ya nos vieron, ya nos escucharon, ya nos esperan con la sonrisa blanca y el estómago vacío. Subimos a un coche para buscar alojamiento, y hasta el traqueteo de las ruedas por las calles de piedra lleva un cierto son. Huele a azúcar. Extraño, porque hace un minuto estaba impregnado de sal hasta mis versos. Llegamos a un hotel donde una señora con delantal nos da la bienvenida y un grupo de niños juegan en la calle a ser mayores.

Me asomo al balcón a la misma vez que la luna blanquea la playa más larga. No sé si están cantando o es mi cabeza que se emborrachó de carnavales, pero a mí me parece un ensayo. Al fondo de la calle, en la puerta de la playa, una bandera baila libre como la letra de la canción que cantan. La gente se aprieta dentro del bar que hay justo debajo de mi balcón hasta que se derraman algunos hacia la calle teñida de amarillo pálido por unos pinceles que se encienden cada anochecer, por unas farolas que se apagan cuando se acuesta el último borracho y la última canción.

Me hubiera preguntado dónde estoy si no hubiera conocido a Carlos Cano, pero por suerte le escuché; así que estoy en Cádiz, aunque en la mesita de noche haya un tríptico para turistas que diga: Bienvenidos a La Habana.

http://elantifazz.blogspot.com

José Castillo.

5 Respuestas a “¿Dónde estoy?”


  1. 1 Humareda

    Por si acaso alguien quiere cantarla y no se la sabe, aquí dejo ese estupendo poema de Antonio Burgos.

    Desde que estuve, niña, en La Habana
    no se me puede olvidar
    tanto Cádiz ante mi ventana, Tacita lejana,
    aquella mañana pude contemplar…
    Las olas de la Caleta, que es plata quieta,
    rompían contra las rocas de aquel paseo
    que al bamboleo de aquellas bocas
    allí le llaman El Malecón…
    Había coches de caballos, que era por mayo,
    sonaban por la Alameda, por Puerta Tierra,
    y me traían, ay, tierra mía,
    desde mi Cádiz el mismo son…
    El son de los Puertos, dulzor de guayaba,
    calabazas, huertos…
    Aún pregunto quién me lo cantaba…

    Estribillo
    Que tengo un amor en La Habana
    y el otro en Andalucía,
    no te he visto yo a ti, tierra mía,
    más cerca que la mañana
    que apareció en mi ventana
    de La Habana colonial
    tó Cádiz, la Catedral, La Viña y El Mentidero…
    Y verán que no exagero
    si al cantar la habanera repito:
    La Habana es Cádiz con más negritos,
    Cádiz, La Habana con más salero.

    II
    Verán que tengo mi alma en La Habana
    no se me puede olvidar,
    canto un tango y es una habanera,
    la misma manera
    tan dulce y galana y el mismo compás.
    Por la parte del Caribe así se escribe
    cuando una canción de amores, canción tan rica,
    se la dedican los trovadores
    a una muchacha o a una ciudad…
    Y yo, Cádiz, te dedico y te lo explico
    por qué te canto este tango que sabe a mango,
    de esta manera esta habanera
    de piriñaca y de Carnaval…
    Son de chirigota, sabor de melaza,
    Guantánamo y Rota…
    ¡Que lo canta ya un coro en la plaza!
    Al estribillo y final

  2. 2 erkajita

    Tengo una amiga gaditana que estuvo en Cuba y me enseñó fotos de La Habana donde se veían las similitudes entre esa ciudad y Cádiz. Es impresionante lo que se parecen. Además me contó que ella se sentía el mismo sentimiento que en Cádiz natal.

  3. 3 Tres por cuatro

    Antifaz, ponle música y esto puede ser una habanera o un tango de los buenos …cuánta poesía.

  4. 4 Manuel S

    Si no llega a ser por el folleto para turistas… Mira bien que lo mismo el tríptico era de la Torre Tavira.

  5. 5 erkajita

    Tres por cuatro tienes mucha razón. Preciosas letras. Como dice Manuel S, ¿no será el folleto de la Torre Tavira en vez del Ron Cubano?

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