Hace tres carnavales, el antifaz dijo lo que dijo. Hace tres carnavales que el antifaz recuerda sus palabras. Hoy, para vosotros, para el “tatachín” que da ritmo a vuestro corazón, el antifaz recuerda y repite sus palabras, válidas por muchos años que pasen. Gracias otra vez.
En la historia de nuestro país hay un capítulo que me resulta parecido a un túnel, largo y oscuro; la eternidad de esa época esta plagada de cacerías y pantanos, de NO-DO’s y copas de Europa, de escondidos y detenidos. Don Carnal fue uno de tantos que se refugiaron en el exilio porque no había otro remedio si se quería seguir viviendo libremente. La pena fue que mientras Don Carnal se iba, su novia, la copla, que tantas veces había puesto un vestido de gala a las letras de murgas y comparsas, se quedaba a vivir bajo el régimen del dictador ante la atenta mirada de su institutriz la censura. Qué pena de novia sin su amor. Qué pena de Carlos Cano.
Pero como no hay mal que cien años dure, aunque algunas veces lo parezca, llegó un día en que los enamorados volvieron a abrazarse y a salir a pasear de la mano cada vez que Febrero les invitaba. Y a partir de ese momento la copla, falsamente identificada con la dictadura, volvió a pertenecer a su original dueño: el pueblo. A la vuelta de unos años los marteños nos enteramos de todas estas noticias gracias a un grupo de gente coplera que hizo soplar el levante gaditano por la Plaza – ya de la Constitución – y por la Fuente Nueva. Juan Torres, contagiado de la alegría y la tristeza (verdades al fin y al cabo) que nos brinda la copla, nos regaló su “Raíces del ayer” que pasó a ser el himno de Martos, a pesar del glorioso y altivo de los Calvos Morillos y Pulidos Moulets. Los antíguos jornaleros dieron paso a otras agrupaciones que nos enseñaron a admirar y a querer al pasodoble y al cuplé, a cambiar el ritmo de nuestro corazón por el de un tanguillo, y a conseguir con sus coplas a Andalucía que ese corazón bombease sangre blanca y verde: ¿imposible? Jajaja.
Sus voces flamencas dejaron constancia del compromiso de la agrupación con Martos, y consiguieron que las letras de carnaval pasaran de ser “coplillas” a elevarse a la categoría de copla, que es como siempre debieron llamarse. Además vimos como no sólo hay gracias y bromas dentro de un disfraz sino también denuncia, crítica y un reflejo de la realidad que vivíamos. Una auténtica revolución. Juan Torres y su grupo son ya eternos, como el relleno de carnaval. Son una parte de nuestra historia y una enciclopedia donde se aprende a querer a la copla.
José Castillo.


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