El Paraiso

Vi inmensas playas blancas ante mi. Aguas cristalinas de un azul como jamás había imaginado. Vi aves que sólo podían pertenecer al paraiso. Vi flores. Vi plantas. Vi animales extraños. Vi humanos de piel morena. Vi la tierra prometida… De repente un grito: -¡Tierra!-, me despertó de mi sueño. El vigía desde la cofa señalaba el horizonte. La tripulación se iba agrupando rápidamente en el castillo de proa. A babor y estribor las cinco carabelas se hacían eco de la noticia, y yo, desperezándome, me sumé a la alegría de mis compañeros. Todavía tenía el recuerdo de ese sueño interrumpido por Diego con su grito alegre, desde ese cubículo en lo alto del palo mayor. El me contó durante la travesía que al final de ese inmenso y tenebroso mar que dejábamos a nuestra popa, estaba el paraiso. El ya lo había presenciado años atrás, cuando se enroló en la segunda expedición de ese genovés que ahora asomaba por la puerta de su camarote. Me contó que para redimir su deuda con la justicia tuvo que alistarse junto a otros muchos más en un presuroso proyecto para evitar la gloria a los portugueses. Y vive Dios que lo consiguieron. Ésta vez era distinto. Ahora él sólo llevaba pasaje de ida. Quería quedarse en esa tierra inmensa que le ofrecía grandes oportunidades y yo, en mi inocencia y juventud, quise ser partícipe de la gloria junto a él.

La fina línea de horizonte que nos indicaba la tierra prometida se hacía cada vez más grande. En este momento me acordé de mi hermano, que partió en La Pinta seis meses antes y que ya estaría disfrutando de ese paraiso. Ya se podía percibir el turquesa de las aguas y veía como mi sueño se hacía realidad. La emoción nos embargó a todos. Felicitaciones, abrazos y deseos de un nueva y próspera vida se mezclaban con las órdenes del almirante. Ante nosotros se mostraba una tierra inmensa, playas como las de mis sueños y un cielo como el que se podía contemplar en mi querida Al-Andalus. De repente me acordé de mis padres que me despedían con lágrimas en los ojos en ese puerto gaditano. Por un momento la tristeza se apoderó de mi. Quise que ellos pudieran estar en la cubierta de esta nao y que fueran testigos de la grandeza de Dios que se mostraba ante nosotros.

El almirante dio la orden de fondear y toda la tripulación, presurosa y nerviosa, se dispuso a preparar el desembarco. Me vi arrastrado por todos mis compañeros hacia las chalupas que ya estaban siendo arriadas hacia ese mar cristalino que nos esperaba. Era presa de la emoción y comprendí que Dios me estaba ofreciendo un trocito de paraiso. Todos mis temores se esfumaron y por un instante vislumbré un futuro prometedor. El tercer viaje de ese genovés, que ya no era un desconocido, fue el cambio en mi vida. Aunque quedara mucho trabajo por hacer y tierras por conquistar, el sueño estaba cumplido. Hoy dormiría en el paraiso.

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